La historia que suena

Nuestro acercamiento a la historia suele ser predominantemente visual. Detrás de lo que relatamos a nuestros conocidos y alumnxs, de lo que leemos en las fuentes, de lo que analizamos en las obras de arte, de lo que interpretamos en cualquier yacimiento, hay un conjunto de imágenes trazado para dar sentido al pasado. De ahí que sea tan importante encontrar una foto, dibujar una estampa, contornear la figura de los personajes, esbozar los trazos que componen físicamente la forma de un paisaje. El propio verbo imaginar entraña la representación precisamente de una imagen, una figura, un retrato, entendidos como copia de la realidad. ¿Por qué la imagen desempeña un papel tan importante en el conocimiento que tenemos de la realidad pretérita? ¿Es la imagen realmente un reflejo, un trasunto de lo que existe y existió (material, físicamente)? Para resolver estos interrogantes requeriríamos una larga discusión que hoy no podemos abordar. Constatemos simplemente el hecho y utilicémoslo como punto de partida para sondear otras vías de llegada al pasado. Porque, al menos desde el punto de vista del paradigma filosófico occidental de aprehensión sensorial del mundo, la historia no sólo se ve, sino que también se escucha.

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¿Es esto un hombre?

Hace unos años, una noche de sábado como otra cualquiera, fui a ver a unos amigos. Tenía muchas ganas de recomendarles unas películas. Pero el adjetivo que había escogido para calificarlas no era el más adecuado, al parecer. Las películas conformaban la trilogía de Apu, del cineasta indio Satyajit Ray, realizadas entre 1955 y 1959; narran la vida de un niño nacido en el antiguo territorio colonial británico de Bengala, que posteriormente emigra a Benarés, donde forma una familia y prosigue su vida. No se me ocurría otra cosa que definirlas como humanas. El rechazo de estos amigos a este término (que no, a la postre, a las películas) no provenía más que de su repulsa por una humanidad que, desde su perspectiva, ha ido trazando una trayectoria abyecta, en la que la crueldad y la violencia de múltiples tesituras han ido superando, en cantidad y calidad, a las de los momentos previos, como habían aprendido en la licenciatura de Historia (y no precisamente por lo que les enseñaron lxs profesores). Yo no sé qué es ser humano; creía adivinarlo en las cintas de Ray, en los gestos de los intérpretes de sus personajes, en los ecos de sus historias, en la bondad de sus gestos, en la humildad de sus miradas, en su digna determinación. Pero después de zambullirme en otra de las grandes (y desde luego más conmovedoras) obras del siglo XX, Si esto es un hombre, de Primo Levi, creo estar más cerca de saber lo que es no ser humano, lo que no es ser humano.

Fotograma de la película Apu Sansar (El mundo de Apu) (fuente: http://www.circulobellasartes.com/ciclos-cine/satyajit-ray-trilogia-apu/)

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Denia: un puerto abierto al mundo

Hay sitios que de alguna manera representan o concentran la historia de territorios más amplios; podrían considerarse puertas al mundo. Este enfoque dado al estudio de lugares y tiempos concretos es una de las aportaciones de la llamada microhistoria, cultivada, entre otrxs muchxs, por el italiano Carlo Ginzburg en el señero libro El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, publicado originariamente en 1976 y que ya mencionamos en una ocasión en este blog. Y es algo que vamos a ver ilustrado de un modo muy somero con el caso de Denia (Alicante, Valencia), cuya evolución económica, al menos en lo que toca a los momentos decisivos de la segunda mitad del siglo XIX, resume algunas características generales de la economía española, o del modelo que se va a aplicar en muchas de sus regiones.

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Picando piedra, o cómo el mundo lo levanta la clase obrera

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?

En los libros aparecen los nombres de los reyes.

¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?

Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir?

¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?

¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?

La gran Roma está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?

¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?

¿Es que Bizancio, la tan cantada, sólo tenía palacios para sus habitantes?

Hasta en la legendaria Atlántida, la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían, gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él solo?

César derrotó a los galos.

¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años

¿Quién venció además de él?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.

Tantas preguntas.

 

Bertolt Brecht: “Preguntas de un obrero que lee”

(procede de kaosenlared.net, sin referencia)

 

En nuestras clases de Historia lo habitual es formular frases del estilo “La Plaza de San Pedro del Vaticano fue construida por Bernini” y atribuir determinadas campañas militares, como la conquista del Perú, por ejemplo, a un solo personaje, como Francisco Pizarro, o incluso designar como autor de las obras de arte, como los grandes lienzos barrocos, a una sola persona, tipo Rubens o Velázquez… Con ello, no sólo se oculta el carácter colectivo de toda creación y elaboración, sino que se niega la contribución del trabajo manual, del proceso de manufactura, de la creación material. Y esto, lejos de constituir un mero detalle del proceso de aprendizaje, un mero desliz o imprecisión a la hora de explicar la formación de la realidad tangible, es una contribución extremadamente relevante a los modos de visión y división del mundo de los futuros ciudadanos, porque organiza los esquemas de comprensión de la realidad que conllevarán, a su vez, determinados comportamientos: configura una parte del poco aprecio al mundo obrero y apuntala, por ello, su posición subordinada.

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El dentro y el afuera, y las puertas de entrada a la impunidad

Hay una cuestión fundamental cuando estudiamos la violencia política del siglo XX, y especialmente los regímenes fascistas y nazis clásicos, y también las dictaduras de las que nos ocupábamos recientemente al hablar de los golpes de estado: ¿cómo fue posible que exisitieran y se mantuvieran? Las respuestas son claramente complejas pero hay una pequeña historia que para iluminarnos algo vamos a extraer de un libro importante que, por lo demás, debería proponerse para ser leído, analizado y discutido en la escuela, en el marco de la enseñanza de la historia, de la filosofía, de la educación ciudadana y otras materias: El largo viaje, de Jorge Semprún (1963). Con ello, además, podremos contribuir a responder una pregunta que abunda en este problema: ¿a qué te puedes acostumbrar?

Intervención en dependencias de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) en alusión a la segunda desaparición (secuestro y asesinato) en 2006 de Jorge Julio López, testigo clave en el juicio que acabaría condenando al genocida Miguel Etchecolatz, represor, como tantos, durante la dictadura de 1976-1983 (foto del autor). El mural fue realizado por una agrupación de colectivos populares (Surcos, Praxis, Mesa de Escrache Popular, Espacio de Memoria, Independientes) el 18 de septiembre de 2008 sobre el edificio de Sergio Karakachoff en la calle 7 con 48, y desde entonces se renueva todos los años

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Golpe a golpe, cuerpo a cuerpo

Militares argentinos en 1981. Foto Eduardo Longoni (fuente: http://www.eduardolongoni.com.ar/)

En Ciencias políticas la propuesta de Hobbes sobre el origen del estado es quizás la que más ha influido a la hora de explicar las relaciones de poder en las sociedades humanas. Este filósofo inglés del siglo XVII plantea, en resumidas cuentas, que el estado moderno aparece en un momento dado para poner fin al enfrentamiento natural entre los seres humanos (véase en este sentido su célebre obra Leviatán). Lo que él entiende por estado es una organización política absolutista, en la que la figura del monarca secular ejerce su poder férreamente frente a cualquier otro ente o persona (paradigmáticamente la Iglesia), pero pone de relieve una idea que va a permanecer en los pensadores posteriores que irán dando forma al liberalismo político, como John Locke (1632-1704) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Y esa idea es que la sociedad sólo encuentra su paz gracias a una organización política centralizada, en favor de la cual sus miembros ceden parte de su soberanía para que equilibre sus dispares y antagónicos intereses y evite así el caos y el enfrentamiento eterno; se trata del tantas veces mentado contrato social. Todo esto es muy bonito, pero el estudio de la historia, desde ciertos puntos de vista, nos revela un panorama bien distinto que pienso que hay que tener en cuenta a la hora de hablar de política.

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La historia viva y comprometida: el 24 de marzo en Argentina

El término historia puede entenderse en dos sentidos fundamentales: como realidad pretérita, es decir, como aquello que sucedió en el pasado (reciente o remoto), y como la disciplina que estudia esa realidad. Así, hablamos de la historia o el pasado de un lugar (como por ejemplo la historia de la Península ibérica a lo largo de los últimos siglos) y de la historia o estudio del pasado de ese lugar (normalmente con mayúsculas, como cuando nos referimos a la Historia moderna y contemporánea de la Península ibérica). Hoy vamos a ver brevemente cómo ambas acepciones pueden matizarse y ampliarse, con motivo de la celebración de una fecha muy señalada en la Argentina, el 24 de marzo, que nos permite entender el pasado como algo vivo y la tarea de su estudio como un proceso de compromiso político (en la línea de lo que hemos defendido en unas y otras ocasiones).

Librería Rayuela (La Plata, marzo de 2017)

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