Picando piedra, o cómo el mundo lo levanta la clase obrera

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?

En los libros aparecen los nombres de los reyes.

¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?

Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir?

¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?

¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?

La gran Roma está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?

¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?

¿Es que Bizancio, la tan cantada, sólo tenía palacios para sus habitantes?

Hasta en la legendaria Atlántida, la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían, gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él solo?

César derrotó a los galos.

¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años

¿Quién venció además de él?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.

Tantas preguntas.

 

Bertolt Brecht: “Preguntas de un obrero que lee”

(procede de kaosenlared.net, sin referencia)

 

En nuestras clases de Historia lo habitual es formular frases del estilo “La Plaza de San Pedro del Vaticano fue construida por Bernini” y atribuir determinadas campañas militares, como la conquista del Perú, por ejemplo, a un solo personaje, como Francisco Pizarro, o incluso designar como autor de las obras de arte, como los grandes lienzos barrocos, a una sola persona, tipo Rubens o Velázquez… Con ello, no sólo se oculta el carácter colectivo de toda creación y elaboración, sino que se niega la contribución del trabajo manual, del proceso de manufactura, de la creación material. Y esto, lejos de constituir un mero detalle del proceso de aprendizaje, un mero desliz o imprecisión a la hora de explicar la formación de la realidad tangible, es una contribución extremadamente relevante a los modos de visión y división del mundo de los futuros ciudadanos, porque organiza los esquemas de comprensión de la realidad que conllevarán, a su vez, determinados comportamientos: configura una parte del poco aprecio al mundo obrero y apuntala, por ello, su posición subordinada.

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El dentro y el afuera, y las puertas de entrada a la impunidad

Hay una cuestión fundamental cuando estudiamos la violencia política del siglo XX, y especialmente los regímenes fascistas y nazis clásicos, y también las dictaduras de las que nos ocupábamos recientemente al hablar de los golpes de estado: ¿cómo fue posible que exisitieran y se mantuvieran? Las respuestas son claramente complejas pero hay una pequeña historia que para iluminarnos algo vamos a extraer de un libro importante que, por lo demás, debería proponerse para ser leído, analizado y discutido en la escuela, en el marco de la enseñanza de la historia, de la filosofía, de la educación ciudadana y otras materias: El largo viaje, de Jorge Semprún (1963). Con ello, además, podremos contribuir a responder una pregunta que abunda en este problema: ¿a qué te puedes acostumbrar?

Intervención en dependencias de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) en alusión a la segunda desaparición (secuestro y asesinato) en 2006 de Jorge Julio López, testigo clave en el juicio que acabaría condenando al genocida Miguel Etchecolatz, represor, como tantos, durante la dictadura de 1976-1983 (foto del autor)

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Golpe a golpe, cuerpo a cuerpo

Militares argentinos en 1981. Foto Eduardo Longoni (fuente: http://www.eduardolongoni.com.ar/)

En Ciencias políticas la propuesta de Hobbes sobre el origen del estado es quizás la que más ha influido a la hora de explicar las relaciones de poder en las sociedades humanas. Este filósofo inglés del siglo XVII plantea, en resumidas cuentas, que el estado moderno aparece en un momento dado para poner fin al enfrentamiento natural entre los seres humanos (véase en este sentido su célebre obra Leviatán). Lo que él entiende por estado es una organización política absolutista, en la que la figura del monarca secular ejerce su poder férreamente frente a cualquier otro ente o persona (paradigmáticamente la Iglesia), pero pone de relieve una idea que va a permanecer en los pensadores posteriores que irán dando forma al liberalismo político, como John Locke (1632-1704) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Y esa idea es que la sociedad sólo encuentra su paz gracias a una organización política centralizada, en favor de la cual sus miembros ceden parte de su soberanía para que equilibre sus dispares y antagónicos intereses y evite así el caos y el enfrentamiento eterno; se trata del tantas veces mentado contrato social. Todo esto es muy bonito, pero el estudio de la historia, desde ciertos puntos de vista, nos revela un panorama bien distinto que pienso que hay que tener en cuenta a la hora de hablar de política.

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La historia viva y comprometida: el 24 de marzo en Argentina

El término historia puede entenderse en dos sentidos fundamentales: como realidad pretérita, es decir, como aquello que sucedió en el pasado (reciente o remoto), y como la disciplina que estudia esa realidad. Así, hablamos de la historia o el pasado de un lugar (como por ejemplo la historia de la Península ibérica a lo largo de los últimos siglos) y de la historia o estudio del pasado de ese lugar (normalmente con mayúsculas, como cuando nos referimos a la Historia moderna y contemporánea de la Península ibérica). Hoy vamos a ver brevemente cómo ambas acepciones pueden matizarse y ampliarse, con motivo de la celebración de una fecha muy señalada en la Argentina, el 24 de marzo, que nos permite entender el pasado como algo vivo y la tarea de su estudio como un proceso de compromiso político (en la línea de lo que hemos defendido en unas y otras ocasiones).

Librería Rayuela (La Plata, marzo de 2017)

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El ominoso arte de la guerra: Fogwill y sus “pichiciegos”

Portada de Gente (Buenos Aires), 20 de mayo de 1982

Portada de la revista Gente (Buenos Aires), difusora de la moralidad militar durante la dictadura, el 20 de mayo de 1982 (fuente: http://www.no-retornable.com.ar)

Ominoso significa abominable, despreciable, horrible, abyecto. Pese a las imágenes positivas, idealizadas que se derivan de la representación romántica de la guerra (y de muchas otras representaciones), que han llevado a considerarla como un arte, el enfrentamiento bélico no merece otro adjetivo. Serían dignos de análisis los modos en los que tanto en nuestra sociedad como en otras se ha ido construyendo esa imagen positiva de la guerra; el militarismo es un valor, y no sólo entre los poderes establecidos, del tipo que sean, sino en amplios sectores de la población, que pasan de jugar a la guerra cuando son pequeños hasta hacerla (o más bien, mandar hacerla, o -en el mejor de los casos- a beneficiarse de que otrxs la hagan) cuando son mayores… Asimismo sería genial y apasionante bucear en los distintos movimientos antibélicos, antimilitaristas y pacifistas, que son en verdad una misma cosa (por eso se dice que “ningún ejército defiende la paz”) (pienso en los insumisos de España o en las Mujeres de Negro), y específicamente en las obras culturales que han contribuido a ellos (me viene a la mente, por ejemplo, la inigualable Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, de 1939). Son temas todos ellos con los que puede comprometerse un/a historiador/a crítico/a, y un/a profe de historia, dado que las guerras y las batallas son uno de los campos más cultivados y ensalzados por la historia oficial, y deben ser sometidos a revisión.

Pero ahora no se trata de eso, o no de tanto. Vamos a centrarnos en una guerra concreta, como fue la de las islas Malvinas o Falkland, y a limitarnos a una sola obra que retrata, de un modo muy peculiar, la abyección de la guerra; se trata de Los pichiciegos, de Rodolfo Enrique Fogwill. Esta novela fue escrita en una semana de junio de 1982, por uno de los escritores más irreverentes de las últimas décadas en Argentina. No es una historia real, en cuanto que haya sucedido, ya que es una novela, pero como tal contiene elementos verídicos. Quizá Fogwill no la escribió buscando representar la crueldad de la guerra; quizás sólo pretendía denunciar las malas condiciones en las que lucharon los argentinos, como si unas buenas condiciones hubieran podido cambiar la experiencia profundamente aberrante de la guerra. No lo sabemos, aunque sería interesante investigarlo. Lo importante hoy aquí es recoger sus palabras para apoyar esta interpretación que propongo sobre el carácter de la guerra, de cualquier guerra. Reproduzco amplios pasajes para que cualquier actividad de análisis de la novela de Fogwill en clase esté bien fundamentada. Sigue leyendo

Migrar eternamente: el caso de “los alemanes del Volga” en Argentina

Quizás lo más característico de los humanos, como de otros animales, son las migraciones, los desplazamientos de poblaciones de un lugar a otro de la geografía. Estas migraciones pueden ser en una escala relativamente reducida, como cuando con cada estación se trasladan lxs pastores de las partes bajas a las partes altas de los valles (trasterminancia), en una escala mayor, cuando la gente (normalmente también pastores) se mueve de una región a otra (trashumancia), o en una escala mucho más amplia y sin seguir un patrón tan regular (temporal y espacialmente), en cuyo caso hablamos más propiamente de migración, y aquí habría que distinguir migraciones muy diversas (por unas razones económicas u otras, por razones culturales, ideológicas, políticas…). También encontramos a menudo, por supuesto, movimientos de expansión de determinadas potencias sobre otros territorios, poblaciones o países; entonces nos referimos al colonialismo e imperialismo, aunque esta peculiar variante se mezcla en algunas ocasiones con las migraciones de personas o grupos (sobre todo cuando se habla de las colonias de poblamiento).

El caso ahora no es hacer una tipología, sino subrayar que lo raro en la historia de la humanidad (y de otras especies y géneros animales) es precisamante permanecer en un lugar. El movimiento es una constante y la procedencia de cada uno (considerado individual o colectivamente) es, en verdad, un entramado de idas y venidas repetidas, una superposición, siempre provisional, de distintos orígenes. No hay más que rastrear de dónde vienen nuestros padres y madres, y los padres de cada uno de nuestros padres, y los padres de cada unx de nuestrxs abuelxs…

Por supuesto con ello no queremos dar alas al neoliberalismo, sustentado en la movilidad de mercancías, capitales y trabajadores, y tan amigo en consecuencia de la fluidez y liquidez de las identidades, los valores, los rasgos culturales…, constitutivos de un mundo cosmopolita entendido como “aldea global”, falsamente universal, en el que rigen en verdad la racionalidad capitalista y el sometimiento a sus dictados. Pero tampoco queremos comulgar con las rígidas nociones, tan usadas por los nacionalismos de diverso signo, sobre la identidad nacional, que suelen tener como punto de apoyo crucial y justificativo el discurso en torno a la estabilidad de las poblaciones en los territorios y su arraigo temporal de largo alcance.

Veremos, pues, un caso revelador de lo que comentamos, el de los alemanes del Volga y sus descendientes, instalados a orillas de este gran río euroasiático y de algunos de sus cursos tributarios a finales del siglo XVIII (como hicieron otros europeos también). Muchos retomarían más tarde el camino de la migración y acabarían en América. Y otros permanecerían hasta las deportaciones de Stalin, de modo que hoy se les encuentra en distintos lugares de Siberia. Esta es parte de su historia, una historia de migraciones repetidas a lo largo del tiempo, que, como no podía ser de otra manera, nos va a llevar lejos…

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El nacimiento de América: la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1865-1870)

Cándido López (1889): La batlla de Tuyutí. Lugar de conservación indeterminado (fuente Wikicommons)

Cándido López (1889): La batalla de Tuyutí (detalle). Museo Histórico Nacional de Argentina (Buenos Aires) (fuente Wikicommons)

Hay episodios de la historia que pasan desapercibidos en ciertos lugares, aunque son cruciales. Esta contradicción no es tal, porque en realidad lo que sucede es que han sido omitidos, relegados. En otras ocasiones, esos episodios sí están presentes pero son enfocados de un modo muy parcial, incluso tendencioso. Uno de ellos es la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1865-1870), ignorada sistemáticamente en las clases de Historia que impartimos en España al hablar de América, o manipulada hasta el absurdo para ensalzar a uno de los bandos en países americanos como Argentina y justificar su expansionismo territorial. Un análisis de las representaciones de este proceso en las escuelas de distintos países requeriría más tiempo y nos conduciría a apreciar la función que desempeñan los vacíos o los enfoques parciales en el relato histórico sobre la América independiente de los imperios ibéricos. Pero, dado que en la enseñanza secundaria de España ni siquiera se menciona, nos vamos a conformar simplemente con llamar la atención sobre este conflicto bélico y con sondear algunas de sus características. Apreciaremos cómo es un episodio de una relevancia tremenda en la historia de América y cómo, por tanto, debería ocupar un momento clave en la enseñanza de su evolución.

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