15.1. La dictadura franquista [hasta el gobierno que se nombra el 25 de febrero de 1957]

La creación del Estado franquista: fundamentos ideológicos y apoyos sociales. Evolución política y coyuntura exterior. Del aislamiento al reconocimiento internacional. El exilio

El estado franquista nace propiamente durante la guerra civil, en las zonas controladas por los ejércitos sublevados desde 1936. Tiene su origen en el nombramiento de Franco como “generalísimo” y jefe del gobierno español el 1 de octubre de 1936. Desde entonces, Franco y sus apoyos sientan las bases de un nuevo estado dictatorial a través de la unificación de las fuerzas políticas afines, la creación del Movimiento Nacional y la promulgación de una serie de leyes fundamentales (especialmente desde 1938). Conforme el bando sublevado va conquistando terreno a la República, el estado franquista se va extendiendo hasta que es reconocido por Inglaterra y Francia en febrero de 1939 y se da por finalizada oficialmente la guerra el 1 de abril de 1939, cuando se hace hegemónico hasta 1975.

En primer lugar, podemos distinguir una serie de fundamentos ideológicos y diversos apoyos sociales y políticos del estado franquista (aunque irán cambiando durante sus cuatro décadas de existencia). Entre los fundamentos ideológicos destaca el culto a la figura y personalidad de Franco (como “Caudillo de España por la gracia de Dios”), el militarismo (predominio de los símbolos, prácticas y personajes militares en la vida pública), el fascismo (atenuado tras la derrota de las potencias del Eje en 1945), el anticomunismo (resaltado tras la guerra mundial para ser aceptado en el bloque occidental), el catolicismo y clericalismo (la Iglesia como gran legitimadora de la dictadura), el antiparlamentarismo y antiliberalismo (asociados con la corrupción y los desórdenes), el tradicionalismo (crítica de la modernidad y rechazo de la secularización) y el nacionalismo (exaltación de la patria y su pasado para realzar el orgullo). Los apoyos sociales fueron la oligarquía terrateniente y financiera, y muchas clases medias rurales del Norte y de Castilla; a partir de los años sesenta, con el desarrollismo, gran parte de las clases medias y trabajadoras urbanas se suman al apoyo del régimen (aunque, al mismo tiempo, algunos engrosan la oposición). El apoyo de estos grupos sociales se concretaba a través de las corporaciones y sus representantes.

Por otro lado, el régimen cuenta con el apoyo de distintos grupos políticos o “familias políticas” (dado el carácter fascista del régimen y la prohibición de los partidos): los falangistas (subordinados al control de Franco a raíz de la unificación de la FET y de las JONS y encargados del control de la vida social y económica a través de diversas instituciones como el Auxilio Social, la Sección Femenina y la Organización Sindical), los militares (responsables de parte de la justicia y el gobierno), la Iglesia católica (sobre todo desde la Asociación Católica Nacional de Propagandistas-ACNP y el Opus dei) y los monárquicos alfonsinos y carlistas (a pesar de que Franco sólo aceptó el restablecimiento de la monarquía cuando muriera). Muchos de ellos compitieron entre sí y Franco los manejó con gran habilidad. Algunos de sus integrantes dejarán de sostener a Franco e incluso engrosarán las filas de la oposición (falangistas de Ridruejo, carlistas de Fal Conde, católicos del Concilio Vaticano II, monárquicos de don Juan de Borbón y militares de la Unión Militar Democrática).

En segundo lugar, el estado franquista se organiza desde el principio como una dictadura personal, pese a que se presentaba como una “democracia orgánica”. Su objetivo fue llevar a cabo el proyecto de regeneración del país de la mayoría de los sublevados frente a la 2ª República en julio de 1936. Este nuevo estado acentúa la división de los españoles iniciada en la guerra civil (la verdadera y “nueva España” frente a la “anti-España”) y se sostiene sobre la revancha y represión despiadadas contra los oponentes (a través del encarcelamiento de cerca de 500 mil personas y la ejecución de entre 150 y 200 mil entre 1939 y 1945, además de la reclusión en campos de concentración y de trabajos forzados); a esto se añadía un fuerte sistema de control social a través de la propaganda y exaltación (de la figura de Franco, los logros del Movimiento y los “valores nacionales”), la censura, el adoctrinamiento (a través de organizaciones falangistas como el Frente de Juventudes y la Sección Femenina), la fascistización social (canto del Cara al Sol, presencia permanente de los emblemas fascistas o franquistas) y la acción moralizante de la Iglesia (educación y censura).

Aunque va cambiando a propósito de la situación interior y exterior, es desde el principio un estado en manos de Franco. Al ser “generalísimo” de los ejércitos y jefe del estado, del gobierno y del partido único, ejerce los tres poderes básicos de un estado: nombra y controla los ministerios y a los gobernadores civiles (poder ejecutivo), el Consejo Nacional del Movimiento, las Cortes y el Consejo del Reino (legislativo), y el Tribunal Supremo y las audiencias territoriales y provinciales (judicial). No estaba sometido a ningún control; sólo respondía “ante Dios y la Historia”.

Durante la primera fase (1939-1959), el estado franquista se dota de una serie de leyes para organizarse, y por ello se denominan “leyes fundamentales”. Se añaden a las promulgadas durante la guerra: Ley de Administración Central del Estado, Fuero del Trabajo, Ley de Prensa e Imprenta y Ley de Responsabilidades Políticas. Estas leyes fundamentales fueron la Ley Constitutiva de las Cortes de 1942 (para formar un parlamento consultivo integrado por diputados elegidos por sufragio indirecto según las corporaciones), el Fuero de los Españoles de 1945 (teórica declaración de derechos y deberes impregnada de la mentalidad tradicionalista y católica, sujeta a la obediencia a los principios del régimen), la Ley de Referéndum Nacional de 1945 (para realizar plebiscitos) y la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 1946 (que declaraba a España como “reino” –con un rey que sería designado posteriormente por Franco–, sujeto a los principios del “Movimiento nacional del 18 de julio”). Las relaciones laborales se rigieron por el Fuero del Trabajo (1938), la Ley sobre Utilidad Sindical y la Ley de Constitución de Sindicatos (1940); establecían un sindicato único de afiliación obligatoria, prohibían la huelga y el despido libre, y sometían globalmente la economía al control férreo del estado, en la línea del nacionalsocialismo de las potencias fascistas.

En tercer lugar, el estado franquista no puede entenderse sin tener en cuenta la coyuntura exterior y la habilidad que muestra para adaptarse a ella y pasar del aislamiento al reconocimiento internacional. Después de haber sido reconocida por Inglaterra y Francia en febrero de 1939, la España franquista se adhiere al Pacto antikomintern en abril de 1939. Con el estallido de la 2ª Guerra Mundial, se declara oficialmente neutral, pero se plantea un pacto a la Alemania nazi por la mediación de Serrano Súñer, los apoyos recibidos durante la guerra civil y distintos intereses económicos y estratégicos: participación en la guerra a cambio de armas, alimentos, materias primas y concesiones coloniales (sobre todo del imperio francés en Marruecos). La oferta es rechazada en el encuentro de Hendaya (1940). Posteriormente, por presión de Mussolini, Franco pasa de la neutralidad a la no beligerancia (1941), que supone un apoyo logístico a barcos, aviones y submarinos del Eje; esto conduce, por ejemplo, a la participación española en la invasión nazi de la URSS con los supuestos voluntarios de la División Azul. Sin embargo, desde 1943 la ofensiva de los aliados y el progresivo acorralamiento de las potencias del Eje hicieron que cambiara la actitud de Franco y los suyos: se pasa de nuevo a la neutralidad y se retira la División Azul, aunque se mantiene la ayuda logística a Alemania (exportación de wolframio para la industria armamentística). Desde entonces el estado franquista disimula cada vez más sus rasgos fascistas (desplaza a la Falange, sustituye a Serrano Súñer por el ultracatólico Martín Artajo y suprime el saludo fascista y el uso de la camisa azul).

Tras el final de la II Guerra Mundial y la derrota de las potencias del Eje, el régimen de Franco queda aislado prácticamente del resto del mundo (exceptuando el Portugal de Salazar y la Argentina de Perón). Las críticas y presiones al régimen se multiplican: el gobierno republicano en el exilio (primero en México y después en París), la denuncia del propio don Juan de Borbón (en el famoso manifiesto de Lausana de 1945) y la condena internacional (primero en la Conferencia de San Francisco de 1945 y después en la ONU en 1946). El estado franquista por un lado calificó la situación como una “conspiración judeo-masónica”, pero por otro se reforma: prosigue el disimulo de los rasgos fascistas, se presenta como líder del anticomunismo en el contexto del inicio de la Guerra Fría (Franco como el “centinela de Occidente”) y se declara defensor del nacional-catolicismo, e introduce a lo largo de los años 50 cambios en el gobierno y en las familias políticas (desplazamiento de falangistas en favor de católicos propagandistas de la ACNP como Ruiz Giménez, militares jóvenes como Carrero Blanco y miembros del Opus dei como López Rodó, Navarro Rubio y Ullastres). Estas medidas le permiten al estado franquista ir saliendo progresivamente de su aislamiento internacional, lo que le va permitir consolidarse y supone un duro golpe para la lucha antifranquista. Primero, la ONU revoca en 1950 la condena al régimen y permite su participación en distintos organismos (FAO, UNESCO) hasta que es admitida como estado miembro en 1955. Segundo, EEUU restablece relaciones diplomáticas (embajador en Madrid), económicas (créditos e intercambios) y militares (establecimiento de bases en Torrejón, Morón, Rota y Zaragoza), que se concretan en los Pactos de Madrid de 1953. Y, tercero, se firma con el Vaticano un nuevo Concordato, también en 1953.

El último gran aspecto del primer franquismo fue el exilio. Conforme fue avanzando el ejército sublevado, se producía la marcha de parte de la población (por rechazo o miedo). Se calcula que en la parte final de la guerra civil abandonan el país unas 500.000 personas, con destino al norte de África, la URSS, Francia y América Latina. Antes del inicio de la II Guerra Mundial, se calcula que 200.000 volvieron a España como consecuencia de un indulto limitado. Los que se mantienen en el exilio sufrirán, en Francia y en otras zonas de Europa, el confinamiento en campos de concentración, en condiciones humillantes e infrahumanas. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, sufren la represión (de la Francia de Vichy y la Alemania nazi) o la violencia; en algunos casos, se suman al combate antifascista, como en la liberación de París de agosto de 1944, donde destacan como la Nueve compañía de la Divisón Leclerc. Desde el exilio posterior a la 2ª Guerra Mundial prosigue en muchos casos una actividad de oposición, colaborando con la oposición en el interior de España. Destacan los focos de Toulouse, París y Ciudad de México.

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Clase 18

Bloque 2

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