13.2. Transformaciones sociales del siglo XIX y primer tercio del XX

13.2. Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico. De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España

INTRODUCCIÓN

El siglo XIX en España (como en otros lugares de Europa y del mundo) es un momento fundamental de la Historia. Marca el inicio de la llamada Edad Contemporánea. En cuanto a la sociedad, supone un cambio clave (sobre todo desde mediados de siglo): el nacimiento de la sociedad de clases y el crecimiento de muchas ciudades, aunque la sociedad rural seguirá teniendo un papel muy destacado. Esta situación se relaciona estrechamente con la realidad económica, caracterizada por el desarrollo (desigual) del capitalismo y de las industrias, así como por el papel destacado que sigue teniendo la agricultura. A su vez la realidad social del XIX se vincula con los numerosos cambios políticos que hemos estudiado y con otros propios de la cultura y las mentalidades.

1. DEMOGRAFÍA

La población del siglo XIX muestra una tendencia general al crecimiento y numerosos movimientos migratorios (tanto dentro como fuera del país).

El crecimiento se cifra en un 80%: de 10,5 (en 1797) a 18,5 (en 1900), aunque se produce a partir de 1840, es menor que en otros países europeos y se produce a costa de picos de elevada mortalidad (“mortalidad catastrófica”), debida en gran parte a las malas condiciones de vida y trabajo de gran parte de la población (esperanza de vida de hasta 35 años en 1900 -hoy es de casi 80). Este último aspecto nos indica que se trata de un crecimiento en el marco de un “régimen demográfico antiguo” (alta mortalidad -30 por mil- y alta natalidad -35 por mil).

Las migraciones, por su parte, son tanto al extranjero (migración exterior) como en el interior (migración interior). En ambos casos supone un primer abandono (en muchos casos, masivo) del campo o “éxodo rural” (el más importante, sin embargo, corresponde al siglo XX). La migración exterior se produce por razones económicas (de Canarias, Galicia y Andalucía con destino a Argentina, Brasil, México y Venezuela) y políticas (fundamentalmente a países europeos). La migración interior se produce hacia la periferia (costas mediterránea, suratlántica y cantábrica) y Madrid. Esta migración desencadena un crecimiento urbano importante, aunque relativo (ciudades de 0,5 m.h. frente a las europeas, de más de 1 m.h.; en torno a 34% de la población) y desigual (más en la periferia y Madrid que en las zonas interiores).

 2. SOCIEDAD

En el siglo XIX arranca la formación de una sociedad de clases en España, como en otras partes de Europa y del resto del mundo. Se produce a raíz de las transformaciones económicas y especialmente del paso de la propiedad amortizada, típica del Antigua Régimen, a la propiedad mercantilizada, típica de los estados liberales. Con ello la sociedad va dejando de organizarse en función de los estamentos y va estableciendo una nueva distinción fundamental en función de la clase social. La pertenencia a las dos clases principales (la burguesía y el proletariado) se define en función de si se tiene o no la propiedad de medios de producción (tierra, fábricas); los propietarios (burguesía) obtienen la riqueza (el capital) al poner en funcionamiento esos medios de producción con el trabajo asalariado de los no propietarios (que producen un excedente o plusvalía, base del capital). A estas clases básicas se van incorporando miembros de los antiguos estamentos. Se formarán también clases medias.

Las clases altas constituyen un grupo muy heterogéneo en el que se encuentran la aristocracia, nobleza y   burguesía (ca. 16% de la población).

La aristocracia del Antiguo Régimen consiguió, en su mayoría, incorporarse al régimen liberal, como grupo prestigioso e influyente. Mantuvo (e incluso aumentó) su patrimonio tras las desamortizaciones (casas de Alba, de Medinaceli…). Aunque en su mayoría dominó en ella la mentalidad rentista (cobro de arriendos y alquileres), una parte invirtió en actividades especulativas (bolsa, deuda pública) y productivas (industria, agricultura).

A esta vieja aristocracia se suma una nueva nobleza titulada, es decir, un conjunto de personas que acceden a la nobleza por la compra de títulos (400 nuevos dados en el reinado de Isabel II, más de 800 en toda la Restauración); son en muchos casos terratenientes, profesionales liberales, políticos, financieros e industriales.

Las burguesías estaban integradas por hombres de negocios con mentalidad capitalista. Conformaban un grupo muy variado, con banqueros, industriales, grandes comerciantes, terratenientes y altos cargos del estado de Madrid, Barcelona, Cádiz y Bilbao. Podemos distinguir varios subgrupos: burguesía comercial e industrial (en general proteccionista y conservadora), burguesía financiera y burguesía agraria (grandes caciques).

Las burguesías y la nobleza trataron de aproximarse unas a otras con el fin de obtener de unas aquello de lo que carecían las otras (el prestigio en el caso de la burguesía y el capital en el caso de la nobleza).

Las clases medias (“productoras”) eran un grupo reducido (aunque en aumento) de difícil demarcación (ca. 10% de la población). En el campo eran los labradores propietarios medianos y en las ciudades, los funcionarios, militares y clérigos de nivel medio, abogados, ingenieros, arquitectos, profesores y dueños de talleres y fábricas. En general, tuvieron un alto compromiso político (en la defensa de los derechos individuales, principalmente).

Las clases bajas o populares (“trabajadoras”) integran a la masa de las personas que no poseen medios de producción o los pocos medios (tierras, ganado) que poseen apenas les rentan (ca. 71% de la población).

El predominio de las clases trabajadoras rurales (campesinado) es muy claro; son campesinos sin tierras que o bien trabajan a jornal (jornaleros) o consiguen dinero suficiente para alquilar terrenos (o ganado) y trabajarlos (arrendatarios, pastores…). Muchos de sus integrantes protagonizan el éxodo rural, expulsados por la privatización del suelo y la descomposición del régimen señorial.

Las clases trabajadoras urbanas van creciendo a lo largo del siglo, como trabajadores de industrias y de servicios, a partir de la llegada de trabajadores del campo o de los antiguos artesanos expulsados de los gremios. Se concentran en ciudades como Barcelona, Madrid, Bilbao y Málaga.

Excluidos del mundo del trabajo se encuentran los grupos marginales, que viven de la caridad, delincuencia o trabajos esporádicos (ejército, obras públicas…) (ca. 3% de la población).

3. MOVIMIENTO OBRERO

Las condiciones en las que vivía y trabajaba la mayor parte de la clase trabajadora, tanto en el campo como en la ciudad, condujeron al surgimiento de numerosos movimientos de protesta. El caso del de los trabajadores urbanos, especialmente de fábricas y minas, se conoce con el nombre de movimiento obrero.

Las condiciones de vida y de trabajo de los obreros (hombres, mujeres y niños), así como de sus familiares, eran realmente penosas; de hecho, la riqueza de las clases altas dependía en aquella época de la pobreza y precariedad de las clases bajas. La esperanza de vida llegaba en Cataluña a finales de siglo a los 19 años entre la clase obrera (frente a los 40 de las clases altas). La situación se caracterizaba por lo siguiente:

Barrios obreros desbordados, formados por distintos tipos de viviendas (barracas, chabolas, corralas), sin servicios ni infraestructuras, donde proliferaban las enfermedades (cólera, tuberculosis…).

Por otro lado, condiciones de trabajo muy precarias: jornadas de 12-14 horas, un día de descanso (oficial desde 1904), intensos ruidos, ambiente contaminado (polvo de algodón, partículas de metal…), falta de luz y salarios muy bajos. Los accidentes y despidos eran muy habituales, y no existía, en principio, ninguna cobertura pública para hacerles frente.

Finalmente, analfabetismo masivo: 69% en los hombres y 92% en las mujeres.

Ante estas condiciones (y -no hay que olvidarlo- la introducción progresiva de maquinaria) se desarrolla el movimiento obrero en tres grandes fases en torno al Sexenio:

Antes del Sexenio (ppios. s. XIX – 1868): se producen protestas espontáneas de obreros industriales (o de grandes talleres) contra la introducción de máquinas que permiten aumentar la producción reduciendo el número de trabajadores; se trata del ludismo. Destaca el incendio de la fábrica textil de Bonaplata (Barcelona, 1835). Por otro lado, pronto se organizan agrupaciones de trabajadores para protegerse y socorrerse (en caso de enfermedad, despido): las sociedades de socorros mutuos (p.ej. Asociación de Protección Mutua de Tejedores de Algodón), legales desde 1839. A partir de los años 50 se extiende la huelga como medio de presión (huelga general de 1855).

Durante el Sexenio (1868-1874): tanto durante los años previos como durante los primeros del Sexenio, gran parte de la clase obrera se desengaña con el estado liberal, que no atiende sus demandas ni soluciona sus problemas. Así, el movimiento se politiza y se alimenta de las dos grandes corrientes de la época: el anarquismo y el socialismo. Esto supone una apuesta por la transformación social y económica global (revolucionaria) a través de organizaciones propias, al margen de los partidos “burgueses”. Éstas van a vivir un importante desarrollo con el reconocimiento del derecho de asociación en la Constitución de 1869, pero serán perseguidas constantemente, acusadas de estar integradas por “agentes extranjeros” (especialmente a raíz de la experiencia revolucionaria de La Comuna de París de marzo a mayo de 1871). En general, tienen una planteamiento internacionalista: la lucha debe aspirar a la unión de la clase obrera y la defensa de sus intereses frente a la clase empresarial y los estados nacionales. Por mediación de un anarquista, Giuseppe Fannelli, la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), fundada en 1864, ayuda a la fundación de una sección española, la Federación Regional Española (FRE), en 1870, de clara tendencia anarquista y secundada en Madrid, Cataluña, Andalucía y Levante especialmente. Algunos de sus miembros, de hecho, participan en el movimiento cantonalista (1973). Por otro lado, un poco antes, en 1872, llega a España otro emisario, el yerno de Marx, Paul Lafargue, que anima a la creación de una rama socialista de la FRE, la Nueva Federación Madrileña (origen del PSOE y la UGT).

Después del Sexenio (1874 en adelante): aumenta la conflictividad social por el desarrollo industrial basado en la precariedad obrera y la falta de regulación de las relaciones laborales (sólo desde 1900). A ello se añade la prohibición de partidos y sindicatos por parte de Cánovas (hasta al menos 1882), de modo que parte de la actividad se hace en la clandestinidad. La AIT se disuelve y la FRE da paso en 1881 a la Federación de Trabajadores de la Región Española, de corte anarquista (58 mil afiliados en 1882). Se impulsa la acción directa (ocupaciones de tierras y fábricas), a veces violenta (atentados, sabotajes…). El movimiento socialista crece a raíz de la NFM, con la creación del PSOE en 1879 y del sindicato UGT en 1888, que participan en la segunda AIT desde 1889, de carácter socialdemócrata (lucha parlamentaria y sindical). La UGT cuenta con 30 mil afiliados en 1901.

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