9.4. Evolución económica y social [de la España del siglo XVII]

El siglo XVII suele ser presentado como el siglo de la crisis en toda Europa y, especialmente, en la Península ibérica. El agotamiento económico es evidente, provocado en gran medida por la ingente inversión necesaria para mantener el imperio colonial de la Monarquía hispánica desde el siglo XVI. A ello se unió un agudo descenso del número de habitantes. Como hemos visto en otros temas, el siglo XVII fue también un siglo de crisis política de la Monarquía hispánica, tanto dentro de sus fronteras (por la debilidad de los reyes y la corrupción) como fuera (por la competencia con otras potencias, como Francia).

En cuanto a la demografía, la población española (principalmente de la Corona de Castilla) se reduce notablemente hasta mediados de siglo (de 8,5 a 7 m.h.), aunque desde entonces comienza a crecer (sin llegar en todo el XVII al nivel de partida). Las causas de este descenso y estancamiento fueron, entre otras, las epidemias (p.e. las pestes del norte peninsular entre 1598 y 1602, y de Sevilla en 1647), la situación económica (que produjo hambrunas), las guerras (en Europa, Portugal y Cataluña), las migraciones (a América) y la expulsión de los moriscos (1609).

En cuanto a la economía, se documenta un descenso de la producción agrícola, provocado en parte por el descenso demográfico (falta de mano de obra), la presión fiscal de la Corona y los señores, y un ciclo de malas cosechas (relacionado a su vez con la falta de desarrollo tecnológico). Este descenso llevó en muchos casos a un aumento de los precios de los productos agrarios y, en consecuencia, a hambrunas generalizadas. También se produjo un descenso en la producción de ganado lanar por la guerra contra Holanda e Inglaterra, que paralizó las exportaciones. Sólo se aprecian signos de recuperación a fines de siglo en aquellos territorios especializados en cultivos (normalmente americanos, como el maíz en la costa cantábrica, u otros, como la vid y el olivo, en Cataluña y Andalucía), destinados a la exportación.

La decadencia de la producción de paños (especialmente en la Meseta) continúa en el siglo XVII, por la falta de poder adquisitivo de grandes masas de la población y por la competencia de los productos extranjeros. La industria minera, metalúrgica y naval se mantienen durante la primera mitad del XVII gracias  a la demanda militar y el comercio colonial, pero acaba decayendo (especialmente en el norte) por la falta de innovaciones técnicas y la competencia extranjera.

El comercio sigue siendo una actividad muy restringida; tan sólo el 10% de la producción se destinaba al comercio. Las trabas principales eran la mala red de caminos, el reducido poder adquisitivo de la población y las múltiples aduanas de los distintos territorios peninsulares de la Monarquía hispánica. El comercio más próspero fue el de las grandes ciudades y el marítimo (en el Mediterráneo y el Atlántico). Sin embargo, se resintió a lo largo del XVII por la inseguridad provocada por las guerras y los desafíos al monopolio español sobre el de América (por parte de corsarios o piratas). También influyó el agotamiento del metal americano y el subsiguiente envilecimiento de la moneda o “crisis del vellón”, que supuso una reducción de la cantidad de plata en las monedas de vellón, devaluando la moneda española (que tenía en consecuencia menos plata de la que se suponía). Además, la economía americana comenzó a crecer al margen del control de la Monarquía: allí se formaron las haciendas y plantaciones, y se entablaron relaciones con distintos comerciantes del mundo, con lo que España empezó a dejar de controlar toda la producción y distribución con y desde América.

En términos generales, se aprecia un estancamiento hasta finales de siglo, cuando se aprecian ciertos síntomas de recuperación, gracias a una reducción de impuestos, el aumento de inversiones y la protección de algunas industrias a manos de la monarquía. Aparecieron los arbitristas, o expertos en política económica, que contribuyeron a esa relativa recuperación con medidas proteccionistas (más conocidas como mercantilistas).

La sociedad siguió siendo estamental, es decir, se basaba en los privilegios de nobles y eclesiásticos. Era, por tanto, muy desigual y mantenía a amplias capas de la población en una situación muy precaria y de dependencia. Estos privilegios se consolidaron con el sistema de los validos. Por otro lado, predominaba un profundo desinterés hacia las actividades económicas, es decir, lo que se ha llamado una mentalidad rentista: dada la estructura estamental, que proporcionaba rentas y cargos a los privilegiados por el mero hecho de serlo, no existía un incentivo especial para continuar actividades productivas y comerciales una vez se alcanzaba un nivel económico suficiente para comprar títulos o acceder al clero y comenzar, por tanto, a disfrutar de esos privilegios.

La Iglesia católica tenía un enorme poder, gracias principalmente a sus propiedades (1/6 de las tierras cultivables y hasta 1/2 de los inmuebles urbanos), a través de las que recibía rentas, diezmos, ingresos de los oficios religiosos y donaciones.

Entre los que siguieron formando parte del estado llano, la vida estuvo marcada por el incremento de la presión fiscal y señorial, las levas masivas y en definitiva la pobreza y en muchos casos la migración. Hubo, no obstante, algunas reacciones, bajo forma de revueltas espontáneas (motines de subsistencia) y bandolerismo endémico.

Elaboración propia a partir de J.A. Hernández y otros: Historia de España. 2º Bachillerato. Madrid: Akal, 2007, pags. 170-179.

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Si quieres puedes descargarte este tema aquí y preparártelo con este guión, u hojear estas páginas de A. Alcoberro y otros (2003): Historia de España de 2º Bachillerato. Ed. Teide (pags. 162-3).

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