8.4. Economía y sociedad en la España del siglo XVI

La España del siglo XVI vivió, en general, un gran desarrollo económico, aunque la sociedad mantuvo aspectos muy tradicionales. El desarrollo económico estuvo limitado por varios aspectos que hay que tener en cuenta. Primero, no se reparte homogéneamente: es más acusado en Castilla (especialmente en las zonas costeras) y menor en Aragón. Segundo, la tierra sigue siendo la base de la economía y la sociedad: los grupos privilegiados consiguen sus riquezas de ella, la mayor parte de la población es campesina y hay muy pocas ciudades (salvo en el sur y en las costas). Además, la población sufre cada cierto tiempo las crisis de subsistencias, es decir, momentos en los que coinciden malas cosechas, subidas de precios, guerras, hambrunas y epidemias. Finalmente, se produce una emigración apreciable (150 mil personas, especialmente jóvenes), que afectó a la fecundidad del país.

La base de la economía eran la agricultura y ganadería. Se cultivaron nuevos campos y se introdujeron algunos cultivos americanos y asiáticos, lo que permitió globalmente aumentar la producción. Sin embargo, las características tradicionales permanecían: desigual reparto de la riqueza (marcado por la organización social), baja productividad (por el escaso desarrollo técnico y de los transportes), influencia destacada del clima y privilegios a la industria maderera y a la Mesta. La industria logra un cierto desarrollo, tanto para el mercado interno como, sobre todo, para el mercado externo o colonial (que proporciona mercancías a los colonos en los dominios americanos y asiáticos), aunque, de nuevo, se ve limitado (por la derrota de Comunidades y Germanías y por la competencia de Flandes). El comercio es el sector más dinámico. En principio es un monopolio de la Corona y permite exportar mercancías (españolas y europeas) a América y Asia e importar de éstas materias primas y metales.

Este comercio permite un crecimiento económico global durante gran parte del siglo: crecen ciudades y puertos como Sevilla y Cádiz, se enriquecen ciertos grupos y aumenta la población (de 6,5 m.h. a principios de siglo a 8 m.h. a finales). Sin embargo, desde el último tercio del siglo se manifiesta un grave desequilibrio financiero (por ejemplo, las tres bancarrotas de Felipe II), es decir, hay muchos más gastos que ingresos, y arranca una crisis que se desarrolla en el XVII. Por un lado, los precios aumentan, sobre todo por la especulación y por el abundante metal circulante, y esa inflación (o “revolución de los precios”) se mantiene en la segunda mitad del siglo, por lo que los productos españoles se hacen menos competitivos y la industria decae. Por otro lado, la monarquía hispánica se endeuda profundamente (con banqueros alemanes, como los Fugger, y genoveses) para financiar las diversas campañas en Europa y el mercado colonial; se entregan, por ejemplo, los llamados asientos o garantías de pago basadas en numerosos impuestos y en la explotación de minas y otros recursos.

En cuanto a la sociedad, sigue siendo marcadamente estamental. Nobleza y clero disfrutan del privilegio jurídico, es decir, exención fiscal, leyes y tribunales propios y cargos públicos, por el mero hecho de pertenecer a esos estamentos. Se añade, desde finales del siglo XV, otro elemento de diferenciación: la “limpieza de sangre”. La movilidad social es muy reducida, salvo en casos excepcionales por “armas, letras o clero”. Las grandes propiedades agrícolas se mantienen (y con ellas el régimen señorial), principalmente gracias a la proliferación de mayorazgos.

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