2.3. Conquista y romanización: la pervivencia del legado cultural romano en la cultura hispánica

La conquista romana fue el proceso histórico de dominio y control militar del territorio de la Península Ibérica por parte de Roma para su explotación económica. Fue un proceso largo, entre el s. III y I a.C. Forma parte del proceso de expansión de Roma en torno al Mediterráneo, iniciado durante la etapa de la República. Tiene como resultado el sometimiento de toda la Península a una autoridad centralizada y la transformación profunda de sus poblaciones; así, marca el final de la Protohistoria.

La 1ª fase de conquista se desarrolla en toda la costa oriental y meridional, entre 218 y 197 a.C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, que enfrentó a romanos y cartagineses (dirigidos por Aníbal) por el control del Mediterráneo occidental. Se desencadena por el ataque de los cartagineses a las poblaciones del norte (Sagunto y ciertas poblaciones al norte del Ebro), protegidas por los romanos, lo que es aprovechado por éstos para invadir el litoral mediterráneo de la Península y las zonas interiores de algunos valles (Ebro y Guadalquivir). La 2ª fase se caracterizó por el interés romano en la conquista del centro y oeste de la península (mediados s. II). Supuso enfrentamientos violentos y largos con los indígenas (por ejemplo los lusitanos dirigidos por Viriato y los celtíberos de la ciudad de Numancia). Entre esta fase y la siguiente destacan la caída de Baleares en 122 a.C. y la sucesión de enfrentamientos entre las grandes facciones del poder romano (las “guerras civiles” entre los partidarios de Pompeyo y los de César). La 3ª fase corresponde con las guerras cántabras (conquista del norte) y se produce durante el gobierno de Augusto (29-19 a.C.).

Esta conquista dio paso a una reorganización de los pueblos de la Península asumiendo las formas de vida romana (romanización). Aún así se dio la mezcla con elementos indígenas (sincretismo). Esta reoganización supuso, primero, la creación de divisiones administrativas: en la época republicana Hispania Citerior y Ulterior y durante el Alto Imperio la Tarraconense, Lusitania y Bética, a las que se añaden durante el Bajo Imperio la Galaecia y Cartaginense. Además se produce una urbanización del territorio, por la que éste se organiza en torno a las ciudades. Éstas disponen su barrios en torno al cardo y decumano, y se dotan de infraestructuras (murallas, acueductos, alcantarillado, calzadas, foro) y monumentos (arcos, teatros…); destacan obras como el acueducto de Segovia, arco de Medinaceli, teatro de Mérida, murallas de Lugo… En segundo lugar, se lleva a cabo un cambio cultural: se impone el latín, el derecho romano y la religión del imperio (primero el paganismo y, desde el siglo IV, el cristianismo). La romanización fue tan efectiva que hubo importantes personajes de esta época de origen hispano (los emperadores Trajano y Adriano, y el filósofo Séneca). La romanización fue un proceso trascendental porque dio lugar a muchas ciudades actuales, redes de caminos muy utilizadas, sentó las bases del derecho moderno y sentó las bases de una parte importante de la cultura de la Península (lengua y religión).

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