La historia que suena

Nuestro acercamiento a la historia suele ser predominantemente visual. Detrás de lo que relatamos a nuestros conocidos y alumnxs, de lo que leemos en las fuentes, de lo que analizamos en las obras de arte, de lo que interpretamos en cualquier yacimiento, hay un conjunto de imágenes trazado para dar sentido al pasado. De ahí que sea tan importante encontrar una foto, dibujar una estampa, contornear la figura de los personajes, esbozar los trazos que componen físicamente la forma de un paisaje. El propio verbo imaginar entraña la representación precisamente de una imagen, una figura, un retrato, entendidos como copia de la realidad. ¿Por qué la imagen desempeña un papel tan importante en el conocimiento que tenemos de la realidad pretérita? ¿Es la imagen realmente un reflejo, un trasunto de lo que existe y existió (material, físicamente)? Para resolver estos interrogantes requeriríamos una larga discusión que hoy no podemos abordar. Constatemos simplemente el hecho y utilicémoslo como punto de partida para sondear otras vías de llegada al pasado. Porque, al menos desde el punto de vista del paradigma filosófico occidental de aprehensión sensorial del mundo, la historia no sólo se ve, sino que también se escucha.

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Hablar para callar: la violencia política en las clases de Historia

En el marco del seminario internacional sobre Educación ciudadana y conocimiento social que hemos organizado desde la Maestría en Psicología cognitiva y aprenizaje de FLACSO y la Universidad Autónoma de Madrid en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, se han debatido numerosas y jugosas cuestiones en torno a las relaciones entre ciudadanía, conocimiento social y educación. Uno de los asuntos más recurrentes, por la trayectoria de los integrantes de la maestría y la forma que le han dado en su origen al encuentro, ha sido el de las relaciones de la historia escolar (la historia que enseñamos en las escuelas) y la educación cívica. A raíz de la conferencia de Ángela Bermúdez, profesora de la Universidad de Deusto (Bilbao), vamos a vertir hoy aquí unas pocas reflexiones sobre la presentación y el tratamiento de la violencia política en nuestras clases. El núcleo del uso dado a la enseñanza de este tema define un curioso movimiento: explicitar algo para ocultarlo.

Columna de vecinos detenidos por la Guardia civil en Asturias en octubre de 1934 (sin referencia) (fuente: https://libcom.org/history/1934-asturias-revolt)

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El jugo de un acontecimiento: la batalla de Alcazarquivir y la construcción de la memoria

Escena de la batalla de Alcazarquivir, representada por Miguel Leitão de Andrade en su Miscellanea (1629) (fuente: Wikicommons)

Uno de los esfuerzos fundamentales de la renovación del pensamiento histórico que supuso la llamada escuela de los Annales, que ya mencionamos en alguna ocasión, fue relativizar la importancia de los acontecimientos (y, por supuesto, de las batallas). Frente a ellos, los historiadores de Annales reivindicaron los procesos, los tiempos largos, las corrientes subterráneas de la historia, que determinan desde las profundidades los sucesos de la historia.

Sin embargo, los acontecimientos puntuales, sin que tengan que ser el objetivo principal de la labor historiográfica, deben ser atendidos en dos sentidos al menos: por un lado, como manifestaciones concretas de la historia, momentos específicos (materiales, podríamos decir) en los que se produce la historia, y, por otro lado, como parte de una cadena (de un proceso, en efecto) que hay que saber identificar, definir, formalizar. De este modo, la labor de la investigación histórica se nutre de analizar cuestiones concretas (que no tienen por qué ser sólo acontecimientos, claro está) y de trazar la relación entre los fragmentos dispersos que representan esas cuestiones. Nada de lo que sucede en el devenir de los grupos humanos ocurre aisladamente, sin relación con lo que vino antes y lo que vendrá después, sin los vínculos con los procesos de fondo que en verdad rigen sus regularidades. 

La célebre batalla de Alcazarquivir (o de Qsar el-Kebir, de Wad al-Makhazin o de los Tres Reyes, según sus diversas denominaciones) nos proporciona una buena oportunidad para apreciar esto. Y para ir un poco más allá y sacarle todo su jugo, veremos cómo lo que nos revela este acontecimiento no es sólo su relación con determinados aspectos tradicionalmente vinculados con el estudio histórico (la política de los reinos cristianos de la Edad Moderna), sino su uso por parte de personas, grupos y entidades políticas que vinieron después, mucho después, o sea, los ecos que ha tenido en la posterioridad, los modos en los que el pasado se hace presente.

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Picando piedra, o cómo el mundo lo levanta la clase obrera

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?

En los libros aparecen los nombres de los reyes.

¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?

Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir?

¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores?

¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?

La gran Roma está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?

¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?

¿Es que Bizancio, la tan cantada, sólo tenía palacios para sus habitantes?

Hasta en la legendaria Atlántida, la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían, gritaban llamando a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.

¿Él solo?

César derrotó a los galos.

¿No llevaba siquiera cocinero?

Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los Siete Años

¿Quién venció además de él?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó el banquete de la victoria?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó los gastos?

Tantas historias.

Tantas preguntas.

 

Bertolt Brecht: “Preguntas de un obrero que lee”

(procede de kaosenlared.net, sin referencia)

 

En nuestras clases de Historia lo habitual es formular frases del estilo “La Plaza de San Pedro del Vaticano fue construida por Bernini” y atribuir determinadas campañas militares, como la conquista del Perú, por ejemplo, a un solo personaje, como Francisco Pizarro, o incluso designar como autor de las obras de arte, como los grandes lienzos barrocos, a una sola persona, tipo Rubens o Velázquez… Con ello, no sólo se oculta el carácter colectivo de toda creación y elaboración, sino que se niega la contribución del trabajo manual, del proceso de manufactura, de la creación material. Y esto, lejos de constituir un mero detalle del proceso de aprendizaje, un mero desliz o imprecisión a la hora de explicar la formación de la realidad tangible, es una contribución extremadamente relevante a los modos de visión y división del mundo de los futuros ciudadanos, porque organiza los esquemas de comprensión de la realidad que conllevarán, a su vez, determinados comportamientos: configura una parte del poco aprecio al mundo obrero y apuntala, por ello, su posición subordinada.

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Tras la senda de Eduardo

En una apasionante y lucidísima etnografía sobre una escuela del conurbano bonaerense, Diana Milstein (2009: especialmente pags. 37-8) señala que una de las formas en las que la institución escolar se legitima ante la sociedad es ocultando las relaciones políticas que se dan en su seno y para ello, entre otras cosas, se dedica incensantemente, con todas sus fuerzas, a subrayar una artificiosa separación simbólica entre el dentro y el afuera de la escuela. Está claro que, en principio, no es la construcción de la que hablábamos en la entrada anterior, pero tiene un efecto igualmente estructurador de las relaciones sociales. Esa división pretende representar el espacio escolar (el adentro) como un mundo aséptico, a salvo y separado del resto de la sociedad (el afuera) y de todos sus elementos constitutivos, incluida la política:

El “adentro” (…) es la concreción de un modelo ejemplar, una “pequeña sociedad” despojada de las imperfecciones y vicios de la sociedad real, un “segundo hogar” sin los particularismos de la vida doméstica. Así, se ha podido situar en el “afuera” a la sociedad real, a las familias reales, con sus malos ejemplos o con ejemplos que la naturaleza infantil podría malinterpretar al conocer “antes de tiempo”, entre ellos el mundo de las disensiones políticas (Milstein 2009: 38)

Y es que el término política parece como que suena mal (y no sólo en la escuela). Todos quieren alejarse de él y desmarcarse de cualquier calificativo que se vincule con él. Sin embargo, la política no es otra cosa que las relaciones de poder que se establecen entre personas, grupos e instituciones. Es un elemento constitutivo de nuestro ser social. Negarse a abordarlo no es una cosa simplemente de pacatería ideológica, sino de contribución al orden establecido. La escuela es una institución fundamental de reproducción social (si bien también lo es de muchas otras cosas), y negarlo (o simplemente ocultar la forma en que la política se desenvuelve cotidianamente en nuestras aulas, patios, pasillos, comedores…) no sólo legitima el reparto de cartas sino que nos hace partícipes del juego político. Así que, ya que estamos en el ajo, asumámoslo y tomemos cartas en el asunto.

Esto puede tener formas muy diversas, y no es ésta la ocasión de discutirlas. El caso de nuestro eterno compañero Eduardo Magallón nos ha servido, como ya dijimos, para plantear este tema y denunciar no sólo un proceso absolutamente irregular y despótico (y por supuesto difamador), sino manipulador y tendencioso al descalificar la politización del caso y de la actuación de estudiantes, docentes y familias, decantados en favor de Eduardo y su inocencia (representados en esas manzanas verdes convertidas en emblema) y conscientes, o al menos recelosos, de la existencia de un entramado de intereses antagónicos en torno a cuestiones económicas/empresariales, clientelares y psicológicas (por cierto, ninguna relacionada con la pedagogía).

Ahora, justo la semana pasada, el miércoles 5 de julio, la Dirección del centro ha reconocido ante el juez la improcedencia del despido de Eduardo. La historia va a continuar previsiblemente por diversas razones, entre otras que el honor de Eduardo debe quedar reparado públicamente. Pero lo importante es, primero, que se ha avanzado en la lucha contra la injusticia cometida contra Eduardo y, segundo, que estamos un poco más cerca de borrar las fronteras entre el interior y el exterior simbólicos de la escuela, con el fin de construir una pedagogía más realista y realmente formativa (para todxs, por cierto) y transformadora. De nuevo, gracias a ti, Eduardo.

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Milstein, Diana (2009): La Nación en la escuela. Viejas y nuevas tensiones políticas. Buenos Aires: IDES y Miño y Dávila. 190 pags.

El dentro y el afuera, y las puertas de entrada a la impunidad

Hay una cuestión fundamental cuando estudiamos la violencia política del siglo XX, y especialmente los regímenes fascistas y nazis clásicos, y también las dictaduras de las que nos ocupábamos recientemente al hablar de los golpes de estado: ¿cómo fue posible que exisitieran y se mantuvieran? Las respuestas son claramente complejas pero hay una pequeña historia que para iluminarnos algo vamos a extraer de un libro importante que, por lo demás, debería proponerse para ser leído, analizado y discutido en la escuela, en el marco de la enseñanza de la historia, de la filosofía, de la educación ciudadana y otras materias: El largo viaje, de Jorge Semprún (1963). Con ello, además, podremos contribuir a responder una pregunta que abunda en este problema: ¿a qué te puedes acostumbrar?

Intervención en dependencias de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) en alusión a la segunda desaparición (secuestro y asesinato) en 2006 de Jorge Julio López, testigo clave en el juicio que acabaría condenando al genocida Miguel Etchecolatz, represor, como tantos, durante la dictadura de 1976-1983 (foto del autor). El mural fue realizado por una agrupación de colectivos populares (Surcos, Praxis, Mesa de Escrache Popular, Espacio de Memoria, Independientes) el 18 de septiembre de 2008 sobre el edificio de Sergio Karakachoff en la calle 7 con 48, y desde entonces se renueva todos los años

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Rehabilitación de Eduardo Magallón, nuestro compañero

Eduardo Magallón es profesor de Física y Química en el Colegio Estudio de Madrid. Ha sido despedido fulminantemente por la dirección del centro en un proceso que es todo menos regular. Y nosotros exigimos su rehabilitación, o sea, su readmisión y la restitución pública de su honor.

Las relaciones laborales forman una parte integral de la vida escolar. Para comprender cómo se enseña cualquier materia, incluida la historia, de hecho para analizar bien cómo es y cómo funciona la escuela, resulta muy pertinente considerar las diversas maneras en que se desempeña el oficio en su nivel material: condiciones laborales, salarios, tipos de contratos, organización gremial o sindical… Y como parte de ello, desde luego son muy importantes los conflictos. Todo influye y contribuye a la conformación de maneras específicas de dar clase, individual o colectivamente, directa o indirectamente.

Eduardo se ha visto envuelto en un proceso de pesadilla. El pasado mes de febrero se constata, mediante un sistema de aviso informático, que se ha producido una descarga de datos reservados sobre padres de alumnxs del colegio (y otras personas vinculadas con él) desde alguno de los ordenadores del centro. Arranca una investigación para determinar las características del acto ilícito; la dirección denuncia el hecho a la policía pero contrata a una empresa privada para esclarecer lo sucedido e identificar al responsable. Y es a raíz de ello como, junto con la gerencia, va a decidir unas semanas después que el autor es nuestro compañero. Las razones son sólo indicios, que en ningún caso constituyen pruebas, y mucho menos pruebas concluyentes y contrastables, y se anteponen a lo que pueda determinar una investigación judicial con plenas garantías de imparcialidad y justicia.

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