¿Es esto un hombre?

Hace unos años, una noche de sábado como otra cualquiera, fui a ver a unos amigos. Tenía muchas ganas de recomendarles unas películas. Pero el adjetivo que había escogido para calificarlas no era el más adecuado, al parecer. Las películas conformaban la trilogía de Apu, del cineasta indio Satyajit Ray, realizadas entre 1955 y 1959; narran la vida de un niño nacido en el antiguo territorio colonial británico de Bengala, que posteriormente emigra a Benarés, donde forma una familia y prosigue su vida. No se me ocurría otra cosa que definirlas como humanas. El rechazo de estos amigos a este término (que no, a la postre, a las películas) no provenía más que de su repulsa por una humanidad que, desde su perspectiva, ha ido trazando una trayectoria abyecta, en la que la crueldad y la violencia de múltiples tesituras han ido superando, en cantidad y calidad, a las de los momentos previos, como habían aprendido en la licenciatura de Historia (y no precisamente por lo que les enseñaron lxs profesores). Yo no sé qué es ser humano; creía adivinarlo en las cintas de Ray, en los gestos de los intérpretes de sus personajes, en los ecos de sus historias, en la bondad de sus gestos, en la humildad de sus miradas, en su digna determinación. Pero después de zambullirme en otra de las grandes (y desde luego más conmovedoras) obras del siglo XX, Si esto es un hombre, de Primo Levi, creo estar más cerca de saber lo que es no ser humano, lo que no es ser humano.

Fotograma de la película Apu Sansar (El mundo de Apu) (fuente: http://www.circulobellasartes.com/ciclos-cine/satyajit-ray-trilogia-apu/)

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Hablar para callar: la violencia política en las clases de Historia

En el marco del seminario internacional sobre Educación ciudadana y conocimiento social que hemos organizado desde la Maestría en Psicología cognitiva y aprenizaje de FLACSO y la Universidad Autónoma de Madrid en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, se han debatido numerosas y jugosas cuestiones en torno a las relaciones entre ciudadanía, conocimiento social y educación. Uno de los asuntos más recurrentes, por la trayectoria de los integrantes de la maestría y la forma que le han dado en su origen al encuentro, ha sido el de las relaciones de la historia escolar (la historia que enseñamos en las escuelas) y la educación cívica. A raíz de la conferencia de Ángela Bermúdez, profesora de la Universidad de Deusto (Bilbao), vamos a vertir hoy aquí unas pocas reflexiones sobre la presentación y el tratamiento de la violencia política en nuestras clases. El núcleo del uso dado a la enseñanza de este tema define un curioso movimiento: explicitar algo para ocultarlo.

Columna de vecinos detenidos por la Guardia civil en Asturias en octubre de 1934 (sin referencia) (fuente: https://libcom.org/history/1934-asturias-revolt)

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El jugo de un acontecimiento: la batalla de Alcazarquivir y la construcción de la memoria

Escena de la batalla de Alcazarquivir, representada por Miguel Leitão de Andrade en su Miscellanea (1629) (fuente: Wikicommons)

Uno de los esfuerzos fundamentales de la renovación del pensamiento histórico que supuso la llamada escuela de los Annales, que ya mencionamos en alguna ocasión, fue relativizar la importancia de los acontecimientos (y, por supuesto, de las batallas). Frente a ellos, los historiadores de Annales reivindicaron los procesos, los tiempos largos, las corrientes subterráneas de la historia, que determinan desde las profundidades los sucesos de la historia.

Sin embargo, los acontecimientos puntuales, sin que tengan que ser el objetivo principal de la labor historiográfica, deben ser atendidos en dos sentidos al menos: por un lado, como manifestaciones concretas de la historia, momentos específicos (materiales, podríamos decir) en los que se produce la historia, y, por otro lado, como parte de una cadena (de un proceso, en efecto) que hay que saber identificar, definir, formalizar. De este modo, la labor de la investigación histórica se nutre de analizar cuestiones concretas (que no tienen por qué ser sólo acontecimientos, claro está) y de trazar la relación entre los fragmentos dispersos que representan esas cuestiones. Nada de lo que sucede en el devenir de los grupos humanos ocurre aisladamente, sin relación con lo que vino antes y lo que vendrá después, sin los vínculos con los procesos de fondo que en verdad rigen sus regularidades. 

La célebre batalla de Alcazarquivir (o de Qsar el-Kebir, de Wad al-Makhazin o de los Tres Reyes, según sus diversas denominaciones) nos proporciona una buena oportunidad para apreciar esto. Y para ir un poco más allá y sacarle todo su jugo, veremos cómo lo que nos revela este acontecimiento no es sólo su relación con determinados aspectos tradicionalmente vinculados con el estudio histórico (la política de los reinos cristianos de la Edad Moderna), sino su uso por parte de personas, grupos y entidades políticas que vinieron después, mucho después, o sea, los ecos que ha tenido en la posterioridad, los modos en los que el pasado se hace presente.

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El dentro y el afuera, y las puertas de entrada a la impunidad

Hay una cuestión fundamental cuando estudiamos la violencia política del siglo XX, y especialmente los regímenes fascistas y nazis clásicos, y también las dictaduras de las que nos ocupábamos recientemente al hablar de los golpes de estado: ¿cómo fue posible que exisitieran y se mantuvieran? Las respuestas son claramente complejas pero hay una pequeña historia que para iluminarnos algo vamos a extraer de un libro importante que, por lo demás, debería proponerse para ser leído, analizado y discutido en la escuela, en el marco de la enseñanza de la historia, de la filosofía, de la educación ciudadana y otras materias: El largo viaje, de Jorge Semprún (1963). Con ello, además, podremos contribuir a responder una pregunta que abunda en este problema: ¿a qué te puedes acostumbrar?

Intervención en dependencias de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) en alusión a la segunda desaparición (secuestro y asesinato) en 2006 de Jorge Julio López, testigo clave en el juicio que acabaría condenando al genocida Miguel Etchecolatz, represor, como tantos, durante la dictadura de 1976-1983 (foto del autor). El mural fue realizado por una agrupación de colectivos populares (Surcos, Praxis, Mesa de Escrache Popular, Espacio de Memoria, Independientes) el 18 de septiembre de 2008 sobre el edificio de Sergio Karakachoff en la calle 7 con 48, y desde entonces se renueva todos los años

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Golpe a golpe, cuerpo a cuerpo

Militares argentinos en 1981. Foto Eduardo Longoni (fuente: http://www.eduardolongoni.com.ar/)

En Ciencias políticas la propuesta de Hobbes sobre el origen del estado es quizás la que más ha influido a la hora de explicar las relaciones de poder en las sociedades humanas. Este filósofo inglés del siglo XVII plantea, en resumidas cuentas, que el estado moderno aparece en un momento dado para poner fin al enfrentamiento natural entre los seres humanos (véase en este sentido su célebre obra Leviatán). Lo que él entiende por estado es una organización política absolutista, en la que la figura del monarca secular ejerce su poder férreamente frente a cualquier otro ente o persona (paradigmáticamente la Iglesia), pero pone de relieve una idea que va a permanecer en los pensadores posteriores que irán dando forma al liberalismo político, como John Locke (1632-1704) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Y esa idea es que la sociedad sólo encuentra su paz gracias a una organización política centralizada, en favor de la cual sus miembros ceden parte de su soberanía para que equilibre sus dispares y antagónicos intereses y evite así el caos y el enfrentamiento eterno; se trata del tantas veces mentado contrato social. Todo esto es muy bonito, pero el estudio de la historia, desde ciertos puntos de vista, nos revela un panorama bien distinto que pienso que hay que tener en cuenta a la hora de hablar de política.

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La historia viva y comprometida: el 24 de marzo en Argentina

El término historia puede entenderse en dos sentidos fundamentales: como realidad pretérita, es decir, como aquello que sucedió en el pasado (reciente o remoto), y como la disciplina que estudia esa realidad. Así, hablamos de la historia o el pasado de un lugar (como por ejemplo la historia de la Península ibérica a lo largo de los últimos siglos) y de la historia o estudio del pasado de ese lugar (normalmente con mayúsculas, como cuando nos referimos a la Historia moderna y contemporánea de la Península ibérica). Hoy vamos a ver brevemente cómo ambas acepciones pueden matizarse y ampliarse, con motivo de la celebración de una fecha muy señalada en la Argentina, el 24 de marzo, que nos permite entender el pasado como algo vivo y la tarea de su estudio como un proceso de compromiso político (en la línea de lo que hemos defendido en unas y otras ocasiones).

Librería Rayuela (La Plata, marzo de 2017)

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Cuando el pasado duele, ¿qué dice la escuela?

Hace unos días estuve en la Universidad Autónoma de Madrid presentando una clase sobre didáctica de la Guerra civil y el franquismo, invitado por el profesor Mario Carretero (UAM y FLACSO). Lxs asistentes eran estudiantes del Grado de Psicología (perfil de Psicología de la educación) y el marco era la asignatura de “Aprendizaje y Formación”, dedicada a la enseñanza de la historia. Ha sido una oportunidad para aclarar y organizar algunos aspectos sobre este tema complejo. Veámoslos.

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