Golpe a golpe, cuerpo a cuerpo

Militares argentinos en 1981. Foto Eduardo Longoni (fuente: http://www.eduardolongoni.com.ar/)

En Ciencias políticas la propuesta de Hobbes sobre el origen del estado es quizás la que más ha influido a la hora de explicar las relaciones de poder en las sociedades humanas. Este filósofo inglés del siglo XVII plantea, en resumidas cuentas, que el estado moderno aparece en un momento dado para poner fin al enfrentamiento natural entre los seres humanos (véase en este sentido su célebre obra Leviatán). Lo que él entiende por estado es una organización política absolutista, en la que la figura del monarca secular ejerce su poder férreamente frente a cualquier otro ente o persona (paradigmáticamente la Iglesia), pero pone de relieve una idea que va a permanecer en los pensadores posteriores que irán dando forma al liberalismo político, como John Locke (1632-1704) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778). Y esa idea es que la sociedad sólo encuentra su paz gracias a una organización política centralizada, en favor de la cual sus miembros ceden parte de su soberanía para que equilibre sus dispares y antagónicos intereses y evite así el caos y el enfrentamiento eterno; se trata del tantas veces mentado contrato social. Todo esto es muy bonito, pero el estudio de la historia, desde ciertos puntos de vista, nos revela un panorama bien distinto que pienso que hay que tener en cuenta a la hora de hablar de política.

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La historia viva y comprometida: el 24 de marzo en Argentina

El término historia puede entenderse en dos sentidos fundamentales: como realidad pretérita, es decir, como aquello que sucedió en el pasado (reciente o remoto), y como la disciplina que estudia esa realidad. Así, hablamos de la historia o el pasado de un lugar (como por ejemplo la historia de la Península ibérica a lo largo de los últimos siglos) y de la historia o estudio del pasado de ese lugar (normalmente con mayúsculas, como cuando nos referimos a la Historia moderna y contemporánea de la Península ibérica). Hoy vamos a ver brevemente cómo ambas acepciones pueden matizarse y ampliarse, con motivo de la celebración de una fecha muy señalada en la Argentina, el 24 de marzo, que nos permite entender el pasado como algo vivo y la tarea de su estudio como un proceso de compromiso político (en la línea de lo que hemos defendido en unas y otras ocasiones).

Librería Rayuela (La Plata, marzo de 2017)

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Cuando el pasado duele, ¿qué dice la escuela?

Hace unos días estuve en la Universidad Autónoma de Madrid presentando una clase sobre didáctica de la Guerra civil y el franquismo, invitado por el profesor Mario Carretero (UAM y FLACSO). Lxs asistentes eran estudiantes del Grado de Psicología (perfil de Psicología de la educación) y el marco era la asignatura de “Aprendizaje y Formación”, dedicada a la enseñanza de la historia. Ha sido una oportunidad para aclarar y organizar algunos aspectos sobre este tema complejo. Veámoslos.

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Incógnitas de la historia: símbolos republicanos en Madrid

Fuente de 1934 (con la inscripción mutilada) en la plaza de Cabestreros (Lavapiés, Madrid) (junio 2015)

Fuente de 1934 (con la inscripción mutilada) en la plaza de Cabestreros (Lavapiés, Madrid) (junio 2015)

La Historia, como otras ciencias (del tipo que sean), no se construye con certezas y afirmaciones, o al menos no en primera instancia, sino con todo lo contrario: se elabora a partir de dudas. La interrogación es el punto de partida de toda investigación. A través de la pregunta se desencadena un proceso que lleva a proponer una respuesta (o varias), en función de un marco teórico específico, y al análisis de testimonios, siguiendo unos métodos particulares. Es más, una vez arrancado este proceso se plantean nuevas preguntas que matizan la propuesta inicial y desencadenan nuevas dudas que conducen a su vez a nuevas investigaciones y a nuevos interrogantes, y así sucesivamente. Quien cree que el saber proviene de las afirmaciones tajantes se queda sólo en la antesala de la investigación científica.

Hoy vamos a dar forma a una pregunta, aunque, como quizás viene siendo habitual en este y otros foros, no nos extenderemos en responderla; si alguien quiere aportar datos o ideas, o incluso se anima a escribir algo coherente para hacerlo, no tiene más que remitirnos un correo. La pregunta es la siguiente: ¿Por qué han sobrevivido una serie de símbolos republicanos en la ciudad de Madrid después de la sucesión de regímenes políticos de muy diverso (y en cierto modo opuesto) signo, como una dictadura y una monarquía parlamentaria?

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La clase que tenía pendiente sobre Marx

image3Hace unos días un amigo le regaló a mi hija un libro en el que se explica una de las ideas centrales del pensamiento económico de Karl Marx, autor y luchador político del siglo XIX sobre el que ya hablamos en una ocasión, al referirnos a su concepción de la historia, que se suele denominar materialismo histórico.

Mucho se puede decir sobre Marx, obviamente. Pero para mí, clarificar lo que señala sobre la plusvalía es una tarea pendiente desde hace tiempo. Y lo es por dos motivos: por un lado, nunca encuentro en clase el momento para que tratemos el tema calmadamente y, por otro lado, el de la plusvalía es un concepto que no está muy claro ni en su definición ni en la consideración de su importancia en el sistema económico capitalista para muchxs pensadorxs. Buena prueba de esto último es el libro del que hablaba, por no remitirnos a toda una corriente que ha simplificado (por distintos motivos) el pensamiento de Marx, como nos contaba Montserrat Galcerán en su libro La invención del marxismo y yo traté de analizar en lo tocante al mundo de la arqueología. Sigue leyendo

El ominoso arte de la guerra: Fogwill y sus “pichiciegos”

Portada de Gente (Buenos Aires), 20 de mayo de 1982

Portada de la revista Gente (Buenos Aires), difusora de la moralidad militar durante la dictadura, el 20 de mayo de 1982 (fuente: http://www.no-retornable.com.ar)

Ominoso significa abominable, despreciable, horrible, abyecto. Pese a las imágenes positivas, idealizadas que se derivan de la representación romántica de la guerra (y de muchas otras representaciones), que han llevado a considerarla como un arte, el enfrentamiento bélico no merece otro adjetivo. Serían dignos de análisis los modos en los que tanto en nuestra sociedad como en otras se ha ido construyendo esa imagen positiva de la guerra; el militarismo es un valor, y no sólo entre los poderes establecidos, del tipo que sean, sino en amplios sectores de la población, que pasan de jugar a la guerra cuando son pequeños hasta hacerla (o más bien, mandar hacerla, o -en el mejor de los casos- a beneficiarse de que otrxs la hagan) cuando son mayores… Asimismo sería genial y apasionante bucear en los distintos movimientos antibélicos, antimilitaristas y pacifistas, que son en verdad una misma cosa (por eso se dice que “ningún ejército defiende la paz”) (pienso en los insumisos de España o en las Mujeres de Negro), y específicamente en las obras culturales que han contribuido a ellos (me viene a la mente, por ejemplo, la inigualable Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, de 1939). Son temas todos ellos con los que puede comprometerse un/a historiador/a crítico/a, y un/a profe de historia, dado que las guerras y las batallas son uno de los campos más cultivados y ensalzados por la historia oficial, y deben ser sometidos a revisión.

Pero ahora no se trata de eso, o no de tanto. Vamos a centrarnos en una guerra concreta, como fue la de las islas Malvinas o Falkland, y a limitarnos a una sola obra que retrata, de un modo muy peculiar, la abyección de la guerra; se trata de Los pichiciegos, de Rodolfo Enrique Fogwill. Esta novela fue escrita en una semana de junio de 1982, por uno de los escritores más irreverentes de las últimas décadas en Argentina. No es una historia real, en cuanto que haya sucedido, ya que es una novela, pero como tal contiene elementos verídicos. Quizá Fogwill no la escribió buscando representar la crueldad de la guerra; quizás sólo pretendía denunciar las malas condiciones en las que lucharon los argentinos, como si unas buenas condiciones hubieran podido cambiar la experiencia profundamente aberrante de la guerra. No lo sabemos, aunque sería interesante investigarlo. Lo importante hoy aquí es recoger sus palabras para apoyar esta interpretación que propongo sobre el carácter de la guerra, de cualquier guerra. Reproduzco amplios pasajes para que cualquier actividad de análisis de la novela de Fogwill en clase esté bien fundamentada. Sigue leyendo

El oficio del historiador

Hay muchas maneras de entender el trabajo que realizamos las y los historiadores. Esos modos diversos, junto con los múltiples abordajes de la propia historia (ontología), del proceso por el que se aprehende y conoce (epistemología) y de las herramientas y técnicas de generación del conocimiento histórico (metodología), han sido agrupadas por los historiadores de la ciencia (en este caso, de la historia) en escuelas historiográficas, paradigmas, formaciones discursivas… Esta enorme variedad es lo que nos ha llevado en varias ocasiones a afirmar que el pasado, o lo que decimos sobre él, es algo muy vivo y que por tanto cambia, no sólo en el tiempo sino también en el espacio, es decir, en unos lugares y otros, entre unas tradiciones y otras, en unos equipos de investigación y otros.

Esto lleva a muchxs a considerar que la historia, como otras ciencias sociales, no es una ciencia, o al menos no es una ciencia confiable, pero no hay más que repasar, como han hecho S.J.Gould o Th. Kuhn, la evolución de disciplinas como la geología y la física para apreciar la contraposición de distintas maneras de ver la realidad tratada en disciplinas plenamente legitimadas.

Sin embargo, más allá de este debate y ante las distintas maneras de entender la historia y todo lo que conlleva, hay tres aspectos que me parece que son definitorios del oficio del historiador/a, entendido como un proceso complejo de construcción del conocimiento. Veámoslos someramente. Aludiremos a distintos investigadores que comparten esta perspectiva, aunque su núcleo se encuentra en los trabajos de Marc Bloch (1866-1944) y Lucien Febvre (1878-1956).

Algarrobo de 700 años de edad y, al fondo, el Cerro de los siete colores (Purmamarca, prov. Jujuy, Argentina) (foto JRC, ag. 2014)

Algarrobo de 700 años de edad y, al fondo, el cerro de “los siete colores” (Purmamarca, prov. Jujuy, Argentina) (foto JRC, ag. 2014). Son testigos, en sus anillos de crecimiento y en sus estratos, del paso del tiempo…

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