La historia viva y comprometida: el 24 de marzo en Argentina

El término historia puede entenderse en dos sentidos fundamentales: como realidad pretérita, es decir, como aquello que sucedió en el pasado (reciente o remoto), y como la disciplina que estudia esa realidad. Así, hablamos de la historia o el pasado de un lugar (como por ejemplo la historia de la Península ibérica a lo largo de los últimos siglos) y de la historia o estudio del pasado de ese lugar (normalmente con mayúsculas, como cuando nos referimos a la Historia moderna y contemporánea de la Península ibérica). Hoy vamos a ver brevemente cómo ambas acepciones pueden matizarse y ampliarse, con motivo de la celebración de una fecha muy señalada en la Argentina, el 24 de marzo, que nos permite entender el pasado como algo vivo y la tarea de su estudio como un proceso de compromiso político (en la línea de lo que hemos defendido en unas y otras ocasiones).

Librería Rayuela (La Plata, marzo de 2017)

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Incógnitas de la historia: símbolos republicanos en Madrid

Fuente de 1934 (con la inscripción mutilada) en la plaza de Cabestreros (Lavapiés, Madrid) (junio 2015)

Fuente de 1934 (con la inscripción mutilada) en la plaza de Cabestreros (Lavapiés, Madrid) (junio 2015)

La Historia, como otras ciencias (del tipo que sean), no se construye con certezas y afirmaciones, o al menos no en primera instancia, sino con todo lo contrario: se elabora a partir de dudas. La interrogación es el punto de partida de toda investigación. A través de la pregunta se desencadena un proceso que lleva a proponer una respuesta (o varias), en función de un marco teórico específico, y al análisis de testimonios, siguiendo unos métodos particulares. Es más, una vez arrancado este proceso se plantean nuevas preguntas que matizan la propuesta inicial y desencadenan nuevas dudas que conducen a su vez a nuevas investigaciones y a nuevos interrogantes, y así sucesivamente. Quien cree que el saber proviene de las afirmaciones tajantes se queda sólo en la antesala de la investigación científica.

Hoy vamos a dar forma a una pregunta, aunque, como quizás viene siendo habitual en este y otros foros, no nos extenderemos en responderla; si alguien quiere aportar datos o ideas, o incluso se anima a escribir algo coherente para hacerlo, no tiene más que remitirnos un correo. La pregunta es la siguiente: ¿Por qué han sobrevivido una serie de símbolos republicanos en la ciudad de Madrid después de la sucesión de regímenes políticos de muy diverso (y en cierto modo opuesto) signo, como una dictadura y una monarquía parlamentaria?

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El ominoso arte de la guerra: Fogwill y sus “pichiciegos”

Portada de Gente (Buenos Aires), 20 de mayo de 1982

Portada de la revista Gente (Buenos Aires), difusora de la moralidad militar durante la dictadura, el 20 de mayo de 1982 (fuente: http://www.no-retornable.com.ar)

Ominoso significa abominable, despreciable, horrible, abyecto. Pese a las imágenes positivas, idealizadas que se derivan de la representación romántica de la guerra (y de muchas otras representaciones), que han llevado a considerarla como un arte, el enfrentamiento bélico no merece otro adjetivo. Serían dignos de análisis los modos en los que tanto en nuestra sociedad como en otras se ha ido construyendo esa imagen positiva de la guerra; el militarismo es un valor, y no sólo entre los poderes establecidos, del tipo que sean, sino en amplios sectores de la población, que pasan de jugar a la guerra cuando son pequeños hasta hacerla (o más bien, mandar hacerla, o -en el mejor de los casos- a beneficiarse de que otrxs la hagan) cuando son mayores… Asimismo sería genial y apasionante bucear en los distintos movimientos antibélicos, antimilitaristas y pacifistas, que son en verdad una misma cosa (por eso se dice que “ningún ejército defiende la paz”) (pienso en los insumisos de España o en las Mujeres de Negro), y específicamente en las obras culturales que han contribuido a ellos (me viene a la mente, por ejemplo, la inigualable Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, de 1939). Son temas todos ellos con los que puede comprometerse un/a historiador/a crítico/a, y un/a profe de historia, dado que las guerras y las batallas son uno de los campos más cultivados y ensalzados por la historia oficial, y deben ser sometidos a revisión.

Pero ahora no se trata de eso, o no de tanto. Vamos a centrarnos en una guerra concreta, como fue la de las islas Malvinas o Falkland, y a limitarnos a una sola obra que retrata, de un modo muy peculiar, la abyección de la guerra; se trata de Los pichiciegos, de Rodolfo Enrique Fogwill. Esta novela fue escrita en una semana de junio de 1982, por uno de los escritores más irreverentes de las últimas décadas en Argentina. No es una historia real, en cuanto que haya sucedido, ya que es una novela, pero como tal contiene elementos verídicos. Quizá Fogwill no la escribió buscando representar la crueldad de la guerra; quizás sólo pretendía denunciar las malas condiciones en las que lucharon los argentinos, como si unas buenas condiciones hubieran podido cambiar la experiencia profundamente aberrante de la guerra. No lo sabemos, aunque sería interesante investigarlo. Lo importante hoy aquí es recoger sus palabras para apoyar esta interpretación que propongo sobre el carácter de la guerra, de cualquier guerra. Reproduzco amplios pasajes para que cualquier actividad de análisis de la novela de Fogwill en clase esté bien fundamentada. Sigue leyendo

Migrar eternamente: el caso de “los alemanes del Volga” en Argentina

Quizás lo más característico de los humanos, como de otros animales, son las migraciones, los desplazamientos de poblaciones de un lugar a otro de la geografía. Estas migraciones pueden ser en una escala relativamente reducida, como cuando con cada estación se trasladan lxs pastores de las partes bajas a las partes altas de los valles (trasterminancia), en una escala mayor, cuando la gente (normalmente también pastores) se mueve de una región a otra (trashumancia), o en una escala mucho más amplia y sin seguir un patrón tan regular (temporal y espacialmente), en cuyo caso hablamos más propiamente de migración, y aquí habría que distinguir migraciones muy diversas (por unas razones económicas u otras, por razones culturales, ideológicas, políticas…). También encontramos a menudo, por supuesto, movimientos de expansión de determinadas potencias sobre otros territorios, poblaciones o países; entonces nos referimos al colonialismo e imperialismo, aunque esta peculiar variante se mezcla en algunas ocasiones con las migraciones de personas o grupos (sobre todo cuando se habla de las colonias de poblamiento).

El caso ahora no es hacer una tipología, sino subrayar que lo raro en la historia de la humanidad (y de otras especies y géneros animales) es precisamante permanecer en un lugar. El movimiento es una constante y la procedencia de cada uno (considerado individual o colectivamente) es, en verdad, un entramado de idas y venidas repetidas, una superposición, siempre provisional, de distintos orígenes. No hay más que rastrear de dónde vienen nuestros padres y madres, y los padres de cada uno de nuestros padres, y los padres de cada unx de nuestrxs abuelxs…

Por supuesto con ello no queremos dar alas al neoliberalismo, sustentado en la movilidad de mercancías, capitales y trabajadores, y tan amigo en consecuencia de la fluidez y liquidez de las identidades, los valores, los rasgos culturales…, constitutivos de un mundo cosmopolita entendido como “aldea global”, falsamente universal, en el que rigen en verdad la racionalidad capitalista y el sometimiento a sus dictados. Pero tampoco queremos comulgar con las rígidas nociones, tan usadas por los nacionalismos de diverso signo, sobre la identidad nacional, que suelen tener como punto de apoyo crucial y justificativo el discurso en torno a la estabilidad de las poblaciones en los territorios y su arraigo temporal de largo alcance.

Veremos, pues, un caso revelador de lo que comentamos, el de los alemanes del Volga y sus descendientes, instalados a orillas de este gran río euroasiático y de algunos de sus cursos tributarios a finales del siglo XVIII (como hicieron otros europeos también). Muchos retomarían más tarde el camino de la migración y acabarían en América. Y otros permanecerían hasta las deportaciones de Stalin, de modo que hoy se les encuentra en distintos lugares de Siberia. Esta es parte de su historia, una historia de migraciones repetidas a lo largo del tiempo, que, como no podía ser de otra manera, nos va a llevar lejos…

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El nacimiento de América: la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1865-1870)

Cándido López (1889): La batlla de Tuyutí. Lugar de conservación indeterminado (fuente Wikicommons)

Cándido López (1889): La batalla de Tuyutí (detalle). Museo Histórico Nacional de Argentina (Buenos Aires) (fuente Wikicommons)

Hay episodios de la historia que pasan desapercibidos en ciertos lugares, aunque son cruciales. Esta contradicción no es tal, porque en realidad lo que sucede es que han sido omitidos, relegados. En otras ocasiones, esos episodios sí están presentes pero son enfocados de un modo muy parcial, incluso tendencioso. Uno de ellos es la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1865-1870), ignorada sistemáticamente en las clases de Historia que impartimos en España al hablar de América, o manipulada hasta el absurdo para ensalzar a uno de los bandos en países americanos como Argentina y justificar su expansionismo territorial. Un análisis de las representaciones de este proceso en las escuelas de distintos países requeriría más tiempo y nos conduciría a apreciar la función que desempeñan los vacíos o los enfoques parciales en el relato histórico sobre la América independiente de los imperios ibéricos. Pero, dado que en la enseñanza secundaria de España ni siquiera se menciona, nos vamos a conformar simplemente con llamar la atención sobre este conflicto bélico y con sondear algunas de sus características. Apreciaremos cómo es un episodio de una relevancia tremenda en la historia de América y cómo, por tanto, debería ocupar un momento clave en la enseñanza de su evolución.

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Revoluciones: esquema de un proceso histórico crucial

Portada de Animal Farm (ed. 1966, diseñada por Paul Hogarth) (foto: www.pinterest.com)

Portada de Animal Farm (ed. 1966, diseñada por Paul Hogarth) (foto: http://www.pinterest.com)

En su libro Revoluciones del mundo moderno, que hemos utilizado varias veces en clase (por ejemplo a propósito de la Revolución inglesa, la Revolución francesa y la Comuna de París), Alfonso Lazo dedica un capítulo introductorio al significado de las revoluciones en la historia. Nos explica que para numerosos investigadores, con diversas maneras de ver el pasado (es decir, de distintas escuelas historiográficas), las revoluciones son momentos cruciales en el devenir histórico; algunos de los historiadores que más insisten en ello, aunque no los únicos, son los materialistas históricos o marxistas. Las revoluciones son de muchos tipos, en función del ámbito del que tratemos; las más vistosas son las revoluciones económicas, como la Revolución neolítica o la Revolución industrial, o las revoluciones políticas, como la Revolución francesa o la Revolución rusa. (También hay culturales, como la que provocan las llamadas “vanguardias artísticas”.) Sin embargo, el tema da para mucho más que para una tipología. Podemos discutir cómo suceden, cómo tienen lugar, qué esquema básico parecen definir, qué aspectos tienen en común pese a su tremenda variedad. Y eso es lo que vamos a hacer hoy, aunque sólo respecto a las revoluciones políticas y en un sentido más o menos general. Para ello seguiremos con el texto de Alfonso Lazo, pero también nos meteremos en un libro maravilloso que se tradujo en su momento como Rebelión en la granja (Animal Farm, en su versión original), de George Orwell, e iremos repasando algunos casos históricos para ilustrar lo que veamos. Con ello, por cierto, os encontraréis, presentado de un modo distinto, algunos de los episodios que habéis estudiado o estudiaréis en clase, y que quizás nunca pensasteis contemplar en este sentido.

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Paseo a orillas del Manzanares

Las excursiones de muchos centros educativos se han convertido en un mero pasatiempo. Y no me refiero a como las ven lxs alumnxs, que, como sabemos, tienen múltiples y complejas maneras de percibir y entender las actividades educativas. Me preocupa cómo las planteamos los docentes y los centros educativos habitualmente, desprovistas de un enfoque y contenido pedagógico real. Hoy vamos a reflexionar sobre este tema, y lo haremos paseando a orillas del Manzanares a su paso por Madrid.

Baile a orillas del Manzanares, de Francisco de Goya (1776-1777). Museo del Prado (Madrid)

Baile a orillas del Manzanares, de Francisco de Goya (1776-1777). Museo del Prado (Madrid)

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