Acerca de Jorge Rolland

History teacher and researcher on History teaching (Madrid, Spain) Website: cronosytopoi.wordpress.com

Ábrete sésamo: la cuestión de los archivos históricos a través del caso de la DIPPBA

La quintaesencia de la investigación histórica es la búsqueda en los archivos, palabra de profundas resonancias donde las haya. Los archivos son, básicamente, lugares donde se almacenan y conservan, y en principio se ordenan y se estudian también, documentos del pasado. He aquí el otro gran marcador de la historiografía: los documentos, o sea, los fragmentos que han quedado del pasado en distintos formatos (tradicionalmente escritos y gráficos). Cualquier explicación que ofrezcamos sobre lo que hacemos los y las historiadoras pasa por hablar del análisis y la interpretación de documentos reunidos en archivos. Ahí están lxs estudiosxs zambuyéndose en el Archivo General de Indias (Sevilla, España), en el Archivo Secreto Vaticano (Roma, Italia), en los archivos del Instituto Internacional de Historia Social (Amsterdam, Holanda), en archivos municipales como el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires (La Plata, Argentina), en el Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca). En ellos y en una lista casi infinita de archivos, hurgamos en sus legajos, recorremos los laberintos de sus estanterías, nos impregnamos de su polvo, nos maravillamos con los sorprendentes hallazgos que esconden.

Ahora bien. Como ya hemos visto a propósito de los archivos digitales, no hay nada natural en este proceso de investigación ni nada autoevidente en la realidad de los archivos. Quien controla los archivos, controla la historia. Quien determina qué queda del pasado para ser investigado, determina qué se va a decir sobre él. Y con ello, aquellas personas, instituciones, corporaciones, gobiernos, administraciones y entidades que dan forma a los archivos y los gestionan, condicionan irremediablemente cómo se conforma la memoria colectiva en un momento dado. Por supuesto, el tipo de control sobre ellos y de influencia sobre las representaciones colectivas del pasado no es el mismo en unos casos y en otros; el poder y la desigualdad los atraviesan.

Pero, de cualquier modo, el tema de los archivos pone sobre la mesa una cuestión ineludible a la hora de entender en qué consiste la investigación histórica: la propia fuente de nuestros conocimientos está sometida a un proceso de selección que no se explica sólo por los avatares sufridos por los documentos desde su producción en el pasado (deterioro, destrucción, abandono), sino también por un conjunto muy variado de factores del presente (las motivaciones políticas, los límites y posibilidades económicas, los medios técnicos para procesarlos y difundirlos…). Esto, a su vez, conecta con un aspecto (epistemológico) más profundo: las relaciones entre pasado y presente no son inmediatas, sino que están afectadas por una compleja trama que siempre es importante considerar. Esto lo vamos a ver hoy aquí muy brevemente a propósito de los archivos, específicamente a través del caso de la DIPPBA.

Ceremonia de entrega de legajos de la DIPPBA en su antigua sede (calle 54, num. 487, La Plata, Buenos Aires, Argentina), el 24 de marzo de 2018. Foto JRC

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Nunca hablarán de vosotrxs los historiadores

Estampa de domingo primaveral en Punta Lara, lugar de peregrinaje lúdico popular por antonomasia en La Plata (prov. Buenos Aires, Argentina) (foto JRC, nov. 2017)

No saldréis en un libro de historia jamás. Los historiadores, así: en genérico masculino, con todo el dominio que representa la expresión, aunque les pese a los señores académicos de la lengua (o lo nieguen), no se rebajarán a escribir sobre vosotrxs.

Pero la arqueología, desde su rama contemporánea, sí lo hará. Y con ello, claro que se rebajará, pero no en ese ámbito del campo social que, proyectado simbólicamente al espacio físico, nos hace creer que hay unos arriba y otros abajo (cuando en verdad todxs sangramos cuando nos cortan y todxs tenemos el corazón a la izquierda, y todxs pisamos el suelo, de un modo u otro, y no volamos por nosotrxs mismxs), sino que lo hará en la tierra para encontrarse con vosotrxs.

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La gran transformación

Con este título aparece en 1944 uno de los libros más importantes de las ciencias sociales del siglo XX. Se trata de The Great Transformation. The Political and Economic Origins of our Time, escrito por Karl Polanyi. Da cuenta de algunos de los aspectos fundamentales que permiten hablar del surgimiento del capitalismo y de una nueva era en el mundo que se materializará a partir de finales del siglo XIX y principios del XX (con el fin del patrón oro como símbolo destacado): la era de la sociedad de mercado. El análisis de este proceso histórico, que se remonta mucho más atrás en el tiempo, resulta crucial para entender la formación de los estados liberales que rigen las vidas de gran parte del planeta actualmente. Sin embargo, en relación con los momentos avanzados que vivimos de la llamada Edad contemporánea, quizás sea necesario explorar otro tipo de transformaciones decisivas para entender lo que tenemos hoy en día y lo que va a marcar parte de lo que vendrá.

Calle 6 con Diagonal 77, La Plata (prov. Buenos Aires, Argentina, octubre de 2017). Foto JRC

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Historias de la tierra

A menudo pensamos que es la Historia (como disciplina, como saber) la que nos cuenta la historia (como realidad pretérita, como lo que fue). Sin embargo, la propia tierra (como planeta en sentido global y como fragmento en sentido más particular) aporta sus propias historias. Y con ello muchas veces nos inspira para ver la historia clásica, digamos, o sea, la trayectoria de la humanidad en tiempos y lugares concretos, a la luz de un prisma distinto, más rico y con renovadas y novedosas herramientas conceptuales y lingüísticas. Aproximémosnos a dos de las disciplinas que más explícitamente se ocupan de la tierra: la geografía y la geología. Y veamos con ello los intercambios y diálogos que pueden tener ciencias tan aparentemente dispares, incluyendo, desde luego, a la historia. Nuestro caso de estudio serán hoy las célebres cataratas del Iguazú.

Tres panorámicas de las cataratas del río Iguazú (prov. Misiones, Argentina) (foto JRC, diciembre de 2017)

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Narrar la historia

¿Habéis oído eso de que “la historia es como un cuento”? En alguna ocasión me he manifestado en contra de esta afirmación. Entiendo por qué lo he hecho. Pero no voy a explicarlo, porque, entre otras cosas, en cierto modo estaba equivocado. La historia, tal y como la concebimos, tal y como se nos presenta y (nos y os) la presentamos, entraña una narración; sin la articulación del lenguaje, sin el acto de nombrar y sin la labor de tejer los nombres (conceptos, personajes, fechas, lugares, sucesos) en una trama, en un relato, no podríamos asirla, tocarla, manejarla, observarla, estudiarla. Qué gran experiencia es aquella a que nos conduce una historia bien narrada o leída, con sus ritmos, sus participantes, avatares. Pienso en mi padre cuando yo era chico y me leía en la cama con voz mullida. Y hay un cuento que pasa estos días de mano en mano en casa, un cuento en el que, de un modo fascinante, se concatenan historias simétricas, que se repiten una y otra vez para trazar el camino: la vivencia de una madre y su hijo, y la del padre de aquélla con ella tiempo atrás, y la de una abuela con su nieto antes aún. Distintos tiempos que se hilvanan en uno solo: dos generaciones sucesivas a la que se añade una previa, ya mítica, presentes en el acto de lectura o exposición. Todos estos personajes viven situaciones similares: incursiones en el bosque al final del verano para recolectar frutos de cara al invierno, la noche que sobreviene repentinamente y el crepúsculo que inhunda a las criaturas al tener que pernoctar y exponerse a la inmensidad de la noche y los ululatos de las lechuzas, los violentos ecos de los truenos, las miradas avizoras de las fieras desde la espesura. Y con estas situaciones se despliegan el encuentro entre las generaciones y manejos parejos: una manta bordada, un mate cebado, una hoguera bien nutrida, y como elemento común: una historia dulcemente contada. El cuento se compone de otros cuentos y como si fueran espejos, en los que nosotrxs mismxs podemos vernos, porque de hecho también somos uno o dos adultos leyendo con una pequeña, y con ello añadimos una capa, una superficie más, van componiendo la aventura.  Es éste un relato de algunos pueblos mapuches, de esos que demuestran que las historias se pueden narrar de muy diversas formas: lineales, circulares, elípticas, convergentes, y en muy diversos formatos: orales, escritos, audiovisuales, gestuales, gráficos… Podríamos discutir si son fiel reflejo de lo que sucedió: ¿hay algo que lo sea de modo puro?, ¿hay modo puro de serlo? Cuidado, porque muchos cuentos pasan por ser meras formas fenoménicas del mundo, o sea, muestras folklóricas de grupos sociales y étnicos, y a menudo encarnan experiencias bien concretas; no sabemos si la violencia que sufren hasta el mismo día de hoy estos mismos mapuches, como Rafael Nahuel, o algunxs que los apoyan, como Santiago Maldonado, o las venturas que nacen de su día a día, jalonarán sus narraciones. Pero en cualquier caso se hace patente que la(s) historia(s) se puede(n) contar de maneras muy distintas; ahora no importa la diferencia que hay en inglés entre history y story, escamoteada silenciosa, pero felizmente, en el sustantivo castellano historia. Al fin y al cabo, como sugería recientemente William Ospina en La decadencia de los dragones, la lectura y, más aún, las historias narradas entrañan “un placer sin fin”. Y el placer, en este caso el placer de conocer historias, y de dejarse inhundar, seducir, iluminar, vibrar, pero igualmente adormecer, reposar y enraizar por ellas, es uno de los componentes, acaso el esencial, del interés que lleva a aprender de la historia y con la historia, en toda su diversidad formal y enunciativa.

La historia que suena

Nuestro acercamiento a la historia suele ser predominantemente visual. Detrás de lo que relatamos a nuestros conocidos y alumnxs, de lo que leemos en las fuentes, de lo que analizamos en las obras de arte, de lo que interpretamos en cualquier yacimiento, hay un conjunto de imágenes trazado para dar sentido al pasado. De ahí que sea tan importante encontrar una foto, dibujar una estampa, contornear la figura de los personajes, esbozar los trazos que componen físicamente la forma de un paisaje. El propio verbo imaginar entraña la representación precisamente de una imagen, una figura, un retrato, entendidos como copia de la realidad. ¿Por qué la imagen desempeña un papel tan importante en el conocimiento que tenemos de la realidad pretérita? ¿Es la imagen realmente un reflejo, un trasunto de lo que existe y existió (material, físicamente)? Para resolver estos interrogantes requeriríamos una larga discusión que hoy no podemos abordar. Constatemos simplemente el hecho y utilicémoslo como punto de partida para sondear otras vías de llegada al pasado. Porque, al menos desde el punto de vista del paradigma filosófico occidental de aprehensión sensorial del mundo, la historia no sólo se ve, sino que también se escucha.

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¿Es esto un hombre?

Hace unos años, una noche de sábado como otra cualquiera, fui a ver a unos amigos. Tenía muchas ganas de recomendarles unas películas. Pero el adjetivo que había escogido para calificarlas no era el más adecuado, al parecer. Las películas conformaban la trilogía de Apu, del cineasta indio Satyajit Ray, realizadas entre 1955 y 1959; narran la vida de un niño nacido en el antiguo territorio colonial británico de Bengala, que posteriormente emigra a Benarés, donde forma una familia y prosigue su vida. No se me ocurría otra cosa que definirlas como humanas. El rechazo de estos amigos a este término (que no, a la postre, a las películas) no provenía más que de su repulsa por una humanidad que, desde su perspectiva, ha ido trazando una trayectoria abyecta, en la que la crueldad y la violencia de múltiples tesituras han ido superando, en cantidad y calidad, a las de los momentos previos, como habían aprendido en la licenciatura de Historia (y no precisamente por lo que les enseñaron lxs profesores). Yo no sé qué es ser humano; creía adivinarlo en las cintas de Ray, en los gestos de los intérpretes de sus personajes, en los ecos de sus historias, en la bondad de sus gestos, en la humildad de sus miradas, en su digna determinación. Pero después de zambullirme en otra de las grandes (y desde luego más conmovedoras) obras del siglo XX, Si esto es un hombre, de Primo Levi, creo estar más cerca de saber lo que es no ser humano, lo que no es ser humano.

Fotograma de la película Apu Sansar (El mundo de Apu) (fuente: http://www.circulobellasartes.com/ciclos-cine/satyajit-ray-trilogia-apu/)

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