La Iglesia armada: lucha revolucionaria cristiana en América Latina de los 60 en adelante

Mural dedicado a Manuel Pérez, en su casa natal de Alfamén, realizado por Roc BlackBlock (foto JRC, abril de 2019)

Anduvimos hace unas semanas por Alfamén (Zaragoza). Ya sabíamos de Alfamén, de todas formas. Pero, como en otros casos tratados en este portal, la materialidad del lugar ha puesto sobre el tapete una página, un episodio de la historia del siglo XX, la de los sacerdotes católicos que, junto a muchos compañeros y compañeras, combatieron con las armas en favor de la liberación, y que dieron su vida, directa o indirectamente, por ella. Uno de ellos, Manuel Pérez, el cura Pérez, era oriundo de esta localidad zaragozana. En verdad, no es una página, ni un episodio: es una historia que, como otras, es convocada una y otra vez por el presente, como vamos a ver.

En la España de los años 50, diezmada por una violencia bien real (que no sólo era la de la llamada Guerra Civil, sino la del monumental proyecto de ingeniería social del franquismo, obviamente conectado con ella, si bien no completamente reductible a ella), entran en el seminario de Alcorisa, primero, y de Zaragoza, después, tres jóvenes que acabarán implicados en las luchas revolucionarias de la América de los 60 en adelante. Estas luchas son, por cierto, sólo una parte de los movimientos armados que proliferaron en todo el mundo en ese contexto. Pero tienen una especificidad: integran el movimiento de renovación que atravesó a la Iglesia católica a raíz del Concilio Vaticano II, impulsado por los papas Juan XXIII y Pablo VI, y celebrado entre 1962 y 1965, que buscaba actualizar la doctrina y la práctica religiosas a los nuevos tiempos históricos que habían traído tanto una mayor secularización de la vida como nuevas formas de vincularse en la familia, el trabajo, el ocio (imbricadas, eso sí, con un crecimiento tecnológico y económico sin precedentes, la expansión de las ciudades y el aumento de la población).

Como esta nueva situación de los años 60 era inseparable de las nuevas formas de explotación y violencia a escala planetaria, al tiempo que de las concomitantes luchas de resistencia, en la Iglesia católica se fue desarrollando también una fuerte crítica a las desigualdades estructurales vinculadas con el colonialismo y neocolonialismo, y una revisión de la labor pastoral en todo el mundo. Quizás la encíclica Populorum Progressio (1967) ilustra, como ningún otro documento, estos planteamientos.

América Latina fue uno de los ámbitos en los que más cuajaron. El hito teórico determinante en este terreno fue la II Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) celebrada en Medellín en 1968, que conduciría a la germinación de movimientos nacionales, como el Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo en Argentina (especialmente a raíz del Documento de San Miguel, de 1969). Como nos explica Martín Obregón (2005) al hablar del contexto en el que años más tarde se impulsaría, precisamente en relación con esa fructificación, el sangriento Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) en Argentina, este movimiento latinoamericano católico

promovía la participación de los cristianos en la vida política de la nación, al tiempo que subrayaba la importancia de la acción de la Iglesia en la formación de la conciencia social y la percepción realista de los problemas de la comunidad y de las estructuras sociales. Se planteaba, además, la necesidad de defender, según el mandato evangélico, los derechos de los pobres y los oprimidos y de denunciar enérgicamente los abusos y las injustas consecuencias de las desigualdades excesivas entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles, favoreciendo la integración (Obregón 2005: 34)

Pues bien. En una más que interesante conexión entre las realidades de la España franquista y la América Latina de los años 60, los sacerdotes José Antonio Jiménez Comín (1936-1970), Domingo Laín (1940-1974) y Manuel Pérez (1943-1998) iniciarán un periplo que permite comprender, a la luz de un caso concreto, este fenómeno.

Estos curas se habían formado tanto en los ámbitos rurales como, sobre todo, urbanos de los años 50 y 60. Comín trabajaba en las oficinas de las minas de Ariño (Teruel) cuando entra en el seminario de Alcorisa en 1957, y más tarde, en 1959, junto con los que eran ya sus compañeros en el Seminario Mayor de Zaragoza, inicia su labor pastoral en los barrios obreros de la capital aragonesa. Los tres viajarán ese mismo año a Francia, donde prosiguen sus tareas codo con codo con los obreros, muchos de ellos inmigrantes españoles y otros exiliados de la Guerra. Como consecuencia de todas estas vivencias, aprenden, en las palabras de Manuel Pérez recogidas en el documental de Francisco Palacios, a “ser consecuente[s] y meterse para no salirse, para no tener esperanza de salida”. La formación se completa con la etapa en el Seminario hispanoamericano de Madrid, enfocado al trabajo misionero. En Getafe será donde el cura Pérez específicamente prosiga su labor (Laín ejercerá en Tauste, Zaragoza). Entre 1965 y 1966 los tres son ordenados sacerdotes.

Durante esta etapa se nutren, en el plano intelectual, de diversas lecturas, obviamente estimuladas por las relaciones con curas y monjas, trabajadores y estudiantes activistas de los entornos en los que se mueven (por ejemplo la JOC, Juventud Obrera Cristiana). En el documental citado, un antiguo compañero de Domingo habla del Manifiesto comunista y del estudio de Arthur Miller sobre Literatura del siglo XX, que les reporta, entre otros, el enfoque y las reflexiones del existencialismo, fundamentales, junto con los Evangelios, para situarles “a raíz de tierra, a raíz del sufrimiento de la gente”. Son ya “sacerdotes obreros” en su doble dimensión teórica y práctica.

José Antonio Jiménez Comín, Domingo Laín y Manuel Pérez en Cartagena de Indias en 1968 (fotograma del documental de Francisco Palacios)

1966 supone el arranque de la experiencia americana, que marcará a los tres hasta su muerte. Ese año Domingo Laín se desplazará a Colombia, donde se instala en un barrio de Bogotá para ejercer como sacerdote y trabajador en una fábrica de ladrillos; los domingos da sermones en los que explica las condiciones de explotación en las que trabajan y viven sus compañeros y él durante el resto de la semana… José Antonio Comín y Manuel Pérez, por su parte, se asientan un poco más tarde, en 1967, en la República Dominicana, donde se impregnan de las realidades y resistencias campesinas. Todos ellos acaban siendo expulsados; supongo que esta es la parte de represión que les tocó junto con la que sufrían, llevaban sufriendo y seguirían sufriendo las comunidades. A continuación, en 1968, convergen en Cartagena de Indias, en los barrios de Olaya, Chambacú y San José, donde prosiguen su aprendizaje y sus enseñanzas (en términos de trabajo, concienciación y organización), hasta que, después de ser detenidos junto a varios compañeros con motivo de la resistencia frente al derribo de unas casas en San José, se les deporta. Después de algún nuevo intento de volver a entrar en Colombia, tienen que resignarse con una estancia en España y en Francia, donde se insuflan de los aires de Mayo de 1968. Pero pronto decidirán volver a Colombia para convertir su labor en una lucha revolucionaria cristiana…

Escudo del Ejército de Liberación Nacional (https://eln-voces.com/)

A raíz del nuevo impulso que viven con Cuba (1959) los movimientos revolucionarios en América Latina (y en otros lugares del llamado Tecer Mundo, que no es otra cosa que la parte de la Tierra sometida al dominio colonial e imperialista), a principios de la década del 60 se fraguan en Colombia distintos grupos armados que se insertan en una compleja realidad de la que no podemos ocuparnos ahora. El caso es que en algunos de ellos participarán activamente algunos sacerdotes, como es el caso del célebre padre Camilo Torres Restrepo. Éste integrará el Ejército de Liberación Nacional (ELN), y pese a caer pronto en combate, en febrero de 1966, inspirará y animará el ingreso en la guerrilla de numerosas personas, incluyendo decisivamente a otros sacerdotes. Entre otras ideas fuerza, el padre Camilo defendía la doctrina del “amor eficaz”, que, al colocar este noble sentimiento como punto de partida para la vida, exigía su cumplimiento, y para ello consideraba que tenía que dar resultados, cosa imposible si no se transformaba la realidad presente para superar la explotación y lograr justicia y libertad. Además, enarbolaba la lucha armada dado que para él era obvio que, en última instancia, los grupos explotadores nunca renunciarían a la defensa de sus intereses de clase ni de sus privilegios. Y por eso decidió empuñar las armas.

Con el replanteamiento del Concilio Vaticano II a mediados de la década (al que se vinculaba la citada Populorum Progressio, de 1967) y, sobre todo, de la CELAM de Medellín en 1968, se celebraron varias reuniones de sacerdotes en Colombia que alentaron la organización de la población (y con ella de la Iglesia) para la transformación social. Los encuentros se produjeron en la finca de la Golconda (Viotá, Cundinamarca) y en Buenaventura (Valle del Cauca). Y es a la segunda edición de la Golconda a la que acudirán los tres curas aragonses (uno de los cuales, Laín, firmará la declaración sobre el deber revolucionario).

Por supuesto, Laín, Comín y Pérez ya sabían del legado de Camilo Torres y de la lucha del ELN en Colombia; habían leído y comentado sobre ello tanto en España como en América Latina. Pero en el contexto de fines de 1968 y comienzos de 1969, se produce la fructífera confluencia. Después de su deportación, de su regreso a Colombia y de la participación en el movimiento de la Golconda, deciden pasar a la clandestinidad en el seno de un ELN bastante debiltado, tres años después de la muerte de Camilo Torres. Allí son acogidos, habida cuenta el renombre que habían adquirido por su labor pastoral, militante, y las posibilidades que éste ofrecía, junto con las credenciales que lo justificaban, para que relanzaran este grupo.

Su actividad como guerrilleros se veía respaldada por firmes convicciones ideológicas. En el cuarto aniversario de la caída en combate de Camilo, el 15 de febrero de 1970, Domingo Laín declaraba que había tomado “el camino de la lucha armada porque frente a la violencia reaccionaria, opresora, de los sistemas vigentes en Colombia y en América Latina, no cabe otra alternativa sino la violencia revolucionaria y liberadora” (cit. en ELN Voces). También el cura Pérez fue muy explícito al respecto, al sostener que “en América, para amar eficazmente al prójimo, no hay otro camino que la revolución (…). [L]a guerrilla es un acto de amor al pueblo colombiano y reconozco en ella a Dios” (cit. en La Comuna, sin referencia). Más adelante, en el periódico Insurrección, en agosto de 1990, señalaba que “la paz sólo puede ser fruto de la justicia social y de la democracia” (cit. en el documental de Francisco Palacios).

Mucho se podría añadir sobre la ulterior trayectoria de los sacerdotes guerrilleros aragoneses, desde la temprana muerte de Comín (1970) y un cierto alejamiento en lo político entre Pérez y Laín, que también muere prematuramente, en el marco de la operación enemiga de Anorí (1974), hasta la colocación de aquél como primer responsable del ELN entre 1978 y 1998, cuando también fallece, en su caso como consecuencia de una enfermedad del hígado (hepatitis C). Se podría profundizar también en todo el corpus ideológico que justificaba una acción tan compleja y difícil como tomar las armas: desde la atracción por el accionar clandestino, asimilado al quehacer de los cristianos primitivos en las catacumbas de Roma, hasta lo que se veía como las manifestaciones de Jesús en la vida de los pobres del mundo contemporáneo y lo que se reivindicaba como la necesidad de contribuir al combate contra el mal. Sería interesante repasar, en fin, cómo muchos de los atentados guerrilleros se imbricaban con conflictos locales, planteados, entre otras cosas, por la presencia de multinacionales petroleras, frente a las cuales tanto valía la promoción de sindicatos combativos como la voladura de oleoductos y el secuestro de magnates para financiar la lucha.

Sin embargo, en mi opinión, resulta más revelador de algunas de las facetas de estas experiencias, y especialmente del antiguo vecino de Alfamén, rescatar para terminar por hoy lo que éste aportó a la organización revolucionaria. El cura Pérez fue un firme defensor e impulsor del poder popular, es decir, promovió la organización de las comunidades rurales y urbanas, vinculó la actividad miltar con esa organización y, en consecuencia, alentó una vida interna regida por la democracia y la participación, esto es: decisiones tomadas por asamblea y voto secreto de la militancia, relevancia de lo colectivo y consenso, todo ello combinado con un sincero rechazo del personalismo, sin falsas modestias, como nos explica el compañero Gabino en el documental mencionado.

Tenemos, pues, ante nosotrxs un peculiar episodio de la historia que no suele abordarse en las clases y que podría ser no sólo interesante para lxs chicxs sino indicador de los matices que pueblan el mundo y que a menudo perdemos de vista por el dogmatismo de nuestras ideas (especialmente en lo que toca a lo que pensamos los ateos de la religión). Pero, más que esto, merece apuntarse que este fenómeno demuestra, como otros, que la propia realidad, como los personajes que la pueblan, desborda el forzado encaje de los historiadores en una categoría espacio temporal particular. Aunque surge en la Guerra Fría y muchos aspectos suyos remiten a ella (no sólo la socialización política vía la violencia, tanto sufrida como ejercida, sino también, lógicamente, el neocolonialismo y las luchas emancipadoras de matriz guevarista), una parte de la historia se mantiene, aquella que entraña la persistente presencia de la violencia estructural que una vez justificó el despliegue de las guerrillas. Ante ello sólo podemos decir que el presente convoca a la historia, y no para concluir nada rotundamente sino para echar un vistazo adelante y atrás y ver dónde estamos y queremos estar.

Manuel Pérez con su compañera, Mónica, en un lugar y momento indeterminados (fotograma del documental Liberación o Muerte)

***

“Domingo Laín, Golconda y la CELAM de 1968”, ELN Voces, 26/2/2018. Puedes descargarlo aquí

Liberación o Muerte. Tres curas aragoneses en la guerrilla colombiana. Documental de Francisco Palacios (2013). Puedes verlo aquí

“Manuel Pérez, el sacerdote aragonés que luchó en el ELN de Colombia”, La Comuna (Bogotá), 11/4/2018. Puedes descargarlo aquí

“La guerrilla de los curas españoles”, Público (Madrid), 8/2/2017. Puedes descargarlo aquí

Obregón, Martín (2005): Entre la cruz y la espada. La Iglesia católica durante los primeros años del “Proceso”. Bernal (Buenos Aires): Universidad Nacional de Quilmes. 192 pags.

Onrubia Rebuelta, Javier (1992): El «Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo» y el origen de la Teología de la liberación en la Argentina (1967-1976). Madrid: Editorial Popular. 111 pags.

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