Escenarios de la distopía

Vista aérea del antiguo pueblo de Epecuén (Provincia de Buenos Aires, Argentina), anegado desde 1985 por una crecida del lago homónimo (foto: Infobae-AFP, sin referencia)

La distopía es un concepto especialmente desarrollado en el arte. Forma parte también de las fantasías de mucha gente. Etimológicamente significa un “no lugar”, aunque en verdad el prefijo griego dys (δυσ) reúne múltiples sentidos en torno a lo negativo que hacen ver ese (no) lugar como indeseado y opuesto al presente (si bien relacionado con él). Históricamente surge, al parecer, con una alusión del filósofo, político y economista liberal John Stuart Mill en un discurso de 1868 en el Parlamento británico, pero se ha expandido a partir de las novelas del inglés Aldous Huxley (especialmente Un mundo feliz, de 1932) y películas como Soylent Green (1973) y, más recientemente, Hijos de los hombres (2006) o The Road (2009). En cualquier caso, en su uso corriente, tal y como lo recoge el diccionario de la Real Academia, entraña una representación de un hipotético futuro de carácter sombrío, cuando no ominoso y claramente catastrófico, “apocalíptico” (o incluso “postapocalíptico”), como a veces también se califica al género (en arte). Como vemos, muchas son las aristas que lo componen. Pero, ¿qué aporta a la historia? ¿Y qué puede aportarle la historia? Veamos tres o cuatro cuestiones fundamentales.

1. La historia se ocupa, entre otras cosas, de lo que ha sucedido en tiempos y lugares concretos. ¿Le interesaría la distopía? Aparentemente, no, porque el de la distopía es, como hemos dicho, un no lugar (además de un tiempo hipotético). Sin embargo, ¿hay realmente un no lugar? Más allá de lo que comentamos otro día sobre este tema desde el punto de vista de la geografía de la memoria y el conflicto, en esta ocasión debe entenderse que el no lugar es una forma de lugar. Primeramente se sitúa en el presente, como lugar no deseado aquí y ahora, aunque se refiera al futuro. La fantasía distópica nos dice, por tanto, más de la actualidad que de cualquier otra cosa; algo parecido pasa respecto del conjunto de representaciones que aluden al pasado y que en muchos casos se engloban bajo el rótulo de “cultura histórica” (incluida la historia académica). De un modo similar a lo que sucedía con la conspiranoia, son las tramas específicas de los contextos en los que se elabora esta representación sobre el futuro lo que da sentido en última instancia a la definición de los escenarios distópicos; así, el autoritarismo del mundo contemporáneo, junto con, por qué no, la creciente abstracción impulsada por el fin del patrón oro, la financiarización de la economía y la virtualidad de las comunicaciones, alimentan (eso sí, de maneras complejas) visiones pesimistas sobre el futuro, en el que los vínculos sociales han sido quebrados y no queda, o casi no queda, ya ninguna otra salida que la aniquilación (mútua o individual).

Vía muerta en el municpio de Navaleno (Soria, España), cortada por la carretera comarcal SO-P-6002 (foto JRC, julio de 2015)

2. Pero, además, hay que tener en cuenta que la escenificación de la distopía, en cuanto montaje espacial para sus obras, también parte del propio mundo tangible en el que vivimos. Todxs entendemos que las fotos que recojo en esta entrada, tomadas de paisajes materiales (diríamos reales, aunque real también es la fantasía…), podrían constituir escenarios de las novelas o las películas que mencionaba; o, dicho de otra manera, éstas construyen escenas muy similares a lo que se contiene en ellas. Son lugares, topoi, que pueden ser estudiados como soportes materiales (incluso encarnaciones) de esas elaboraciones en el presente (aunque al mismo tiempo las alimentan); en un sentido muy arqueológico, constituyen paisajes que nos hablan, o con los que podemos hablar, del futuro que tememos, o sea, de quiénes somos, en parte. La forma de lugar que es el no lugar de la distopía no entraña, pues, sólo el entronque con fantasías del presente, sino con escenarios materiales disponibles hoy en día.

Antiguo trazado de la actual A-138, entre El Grado y Aínsa (Huesca, España) (foto: JRC, diciembre de 2014)

3. La distopía nos lleva, pues, a la historia y especialmente a la arqueología, y éstas nos conducen a ella para replantearla científica y políticamente (sin desmerecer otros abordajes). A lxs que conozcan este blog, no se les habrán pasado por alto las resonancias que tienen estas reflexiones e ilustraciones en relación con lo expuesto sobre la arqueología de la marginación, ni sobre los abandonos de Guadalajara y Soria (España). El yacimiento arqueológico es por definición un no lugar, un lugar abandonado, que es atravesado especialmente por el tiempo pasado, no por pasar, y que está en el presente. Es una vía muerta en la que, más allá de la habitual transformación de sus pobladores (y no tanto de su rara -y no por ello futil- extinción), un proyecto ha quedado cercenado para siempre, al menos en la forma concreta en la que ha existido históricamente, o sea, en su trama específica. Estos no lugares que se empeña pertinazmente la fantasía distópica en frecuentar, proyectándolos hacia el futuro, son los lugares de unos tiempos verbales sobre los que hablábamos hace poco; son los lugares del tiempo subjuntivo, del “y si hubiera sido…”, los de esfuerzos que se mantuvieron hasta el final, como ninguno, pero que fueron finalmente derrotados; escenarios del pudo haber sido y no fue. Como tales, son un desafío al pensamiento, a la reflexión, a la indagación: entre otras muchas cosas, podríamos preguntarnos por qué. ¿Por qué esos proyectos? ¿Por qué su derrota? También cabría averiguar qué fueron hasta entonces, quiénes participaron, por supuesto dónde y cuándo sucedieron, y hasta dónde y cuándo, e igualmente cómo fue todo aquello y en qué desembocó: ¿a dónde fueron? ¿Qué quedó? ¿Qué ya no quedó?

Despoblado en Guadalajara (España) (foto: JRC, agosto de 2015)

4. Entonces, finalmente, la distopía puede contemplar sus escenarios con algunos de los enfoques que aporta la historia, aunque sea mirando hacia delante, y la historia puede proyectarse hacia el futuro un poco más de lo que suele hacerlo y aportar el conocimiento de lo que pudo haber sido y no fue (aunque en algunos casos sí lo fue, durante un tiempo). Esos escenarios del porvenir imaginado no son fatales, inevitables. Entrañan tramas complejas de conflictos, que además arrancan del hoy, como los paisajes arqueológicos los entrañan también e intentamos entenderlos también desde la actualidad. Y podemos verlos así. No en vano, hemos insistido muchas veces en la dimensión no sólo productiva, sino también transformadora, subversiva, del conocimiento. En este caso, la distopía, alimentada su comprensión por la historia, apunta a un no lugar del que habrá que hablar en otro momento: la utopía. Así, la distopía puede no sólo frecuentar los lugares no deseados, sino, de un modo consecuente, luchar por evitarlos y orientarnos, acaso colectivamente, a eso que pudo, puede y podrá ser para que lo sea, aunque no dure más que un momento fugaz, que no por caduco y evanescente dejará (como dejó) de ser intenso y bien real.

Antonia en un despoblado de Soria (foto JRC, junio de 2013)

***

Referencias:

“Despoblados”. Anexo de Wikipedia. Última consulta: junio de 2018. URL: https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Despoblados

“Distopía”. Entrada de Wikipedia. Última consulta: junio de 2018. URL: https://es.wikipedia.org/wiki/Distop%C3%ADa

“Las ruinas de un pueblo fantasma”, Infobae (Buenos Aires), 13 de octubre de 2014. Última consulta: junio de 2018. URL: https://www.infobae.com/2014/10/13/1601360-las-ruinas-un-pueblo-fantasma/

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