Radiografía discursiva del terrorismo de estado en Argentina: aproximación parcial desde las fuentes escritas

Detalle de El dictador, de Julio “Freddy” Martínez Howard

Muchos son los puntos sobre los que podemos fijar nuestra atención y desplegar nuestro instrumental crítico con tal de entender algo sobre el terrorismo de estado durante la última dictadura militar en la Argentina (1976-1983), el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (PNR). Esta dictadura, obviamente, no fue la única en la que se implementó esta versión extrema de violencia política, pero desde luego es de los casos más destacados (y no sólo por su alcance sino por la extensa trayectoria de las luchas que han pugnado por enjuiciarla, analizarla y emplearla para que nunca más se repita). Forma parte, de cualquier manera, de un fenómeno general (en el que, aun así, no pueden subsumirse sus especificidades), alguno de cuyos sentidos más profundos hemos comentado ya.

Como con otros aspectos de la realidad, pretérita o presente, la selección no sólo es inevitable, sino también necesaria, con el fin de manejar el análisis. Por ello, hoy vamos a tratar de radiografiar el terrorismo de estado en la Argentina reciente, durante ese periodo, atendiendo a las palabras que lo justificaban, aunque no lo mencionaran como tal. Particularmente nos centraremos en tres pilares al respecto: el discurso de los militares, el de la Iglesia católica y el de las autoridades educativas.

No vamos a entrar aquí en la discusión sobre la ininteligibilidad, ni sobre inefabilidad o indecibilidad de la cuestión, derivadas de la imposibilidad de dar sentido a lo sucedido (y a lo que pueda suceder) a la que se refieren Giorgio Agamben (2002: esp. 31-2) y Alejandro Kaufman (2007). Sobre ello hablamos en una ocasión, aunque esperamos hacerlo de nuevo en el futuro.

Para nuestro recorte, como dicen por aquí, tomaremos como punto de apoyo los trabajos de Ricardo Sidicaro (1996) y Martín Obregón (2005), con el fin de enmarcar las lecturas que hacen del discurso militar y del católico; son trabajos que tienen unos años ya, pero, aunque les pese a las tendencias mercantilistas de la academia actual (que llevan a valorar en el ámbito de la “producción” lo mas reciente frente a lo más antiguo), son importantes (especialmente el segundo). No vamos a renunciar, empero, a nuestra propia lectura, claro está: la historia es, o debe ser, siempre un ejercicio creativo; de lo contrario, nos moveríamos en el terreno de la crónica y los anales (y en este caso, directamente en el terreno del refrito…). Ni vamos a dejar de acudir a las fuentes primarias: en esta ocasión, los discursos de Rafael Videla (el dictador que se mantiene más tiempo en el poder durante el Proceso, entre 1976 y 1981) (en Mensajes Presidenciales), los documentos del episcopado argentino (Conferencia Episcopal Argentina, 1982) y el manual Subversión en el ámbito educativo (ver las referencias completas al final).

Téngase en cuenta que lo que se ofrece a continuación es una interpretación siguiendo los dos pasos fundamentales que pautamos para cualquier comentario de fuentes históricas: primero el análisis (qué dicen) y luego la intrepretación propiamente (por qué lo dicen). También debe tenerse en cuenta que el trabajo con fuentes es precisamente la labor fundamental de lxs historiadores (ya que intentamos inventarnos la menor cantidad posible de cosas); que su interpretación no debe quedarse en su descripción (por mejor que se haga), sino en la discusión de sus reversos; que la investigación así concebida está enfocada a la resolución crítica de problemas (que pueden hacerse más o menos explícitos); que, más allá de las fuentes escritas, muchas otras nos abren la puerta de aspectos (temas, sujetos, procesos) insospechados, ocultos, ignorados y hasta fantasmagóricos, y, finalmente, que no son una realidad dada, sino que diversos factores intervienen en su selección y disponibilidad.

Los discursos de Videla

De autoría no especificada, estos discursos son el primer gran hito de las justificaciones del golpe militar y de lo que la Junta de las tres Fuerzas Armadas (Ejército, Marina y Aviación) denominó el Proceso de Reorganización Nacional desde el principio, o sea una dictadura sanguinaria edificada sobre el terrorismo de estado. Como explica Sidicaro (1996), que también recoge las propuestas del Proyecto Nacional del Ministerio de Planeamiento dirigido por el general Ramón Genaro Díaz Bessone (una controvertida declaración de principios de 1977, a un año del inicio de la dictadura), su sentido literal reside en la declaración de intenciones del régimen, “las propuestas de cambio”, y son importantes independientemente de los resultados, por cuanto entrañan un proyecto de “revolución desde arriba”, si bien lógicamente guardan una relación estrecha con lo que efectivamente sucedió.

En sus Mensajes Presidenciales Videla indica el núcleo de la justificación del régimen: la situación previa al golpe de estado (contemplada bajo su prisma, claro).

     Nunca fue tan grande el desorden en el funcionamiento del Estado, conducido con ineficiencia en un marco de generalizada corrupción administrativa y de complaciente demagogia.

     Por primera vez en su historia, la Nación llegó al borde de la cesación de pagos.

     Una conducción económica vacilante y poco realista llevó al País hacia la recesión y al comienzo de la desocupación (…).

     El uso indiscriminado de la violencia de uno y otro signo, sumió a los habitantes de la Nación en una atmósfera de inseguridad y de temor agobiante.

     Finalmente, la falta de capacidad de las instituciones, manifestada en sus fallidos intentos de producir, en tiempo, las urgentes y profundas soluciones que el País requería, condujo a una total parálisis del Estado, frente a un vacío de poder incapaz de dinamizarlo

30 de marzo de 1976, “Discurso pronunciado al asumir la Primera Magistratura de la República Argentina (…)”, en Mensajes Presidenciales, pags. 8-9

Esta situación de crisis total se define con los términos de “desorden”, “ineficiencia”, “marco de generalizada corrupción (…) y (…) demogogia”, “cesación de pagos”, “recesión”, “desocupación”, “atmósfera de inseguridad y de terror”, “total parálisis del Estado”, “vacío de poder”. Y es, como vemos seguidamente, en el mismo discurso, la que sirve, en efecto, como justificación de una intervención (“asunción”) inevitable (“única respuesta posible”), motivada exclusivamente por el cometido tradicional e institucional de las Fuerzas Armadas (“la misión específica de salvaguardar los más altos intereses de la Nación”, por parte de “las Fuerzas Armadas, como institución”) y no por intereses particulares (“apetencias de poder”), y resuelta adecuadamente (“con una mesura, responsabilidad, firmeza y equilibrio”) y con la venia de la población (“el Pueblo Argentino”):

     Ante esta dramática situación, las Fuerzas Armadas asumieron el gobierno de la Nación.

     Esta actitud consciente y responsablemente asumida no está motivada por intereses o apetencias de poder.

     Sólo responde al cumplimiento de una obligación inexcusable, emanada de la misión específica de salvaguardar los más altos intereses de la Nación.

     Frente a ese imperativo, las Fuerzas Armadas, como institución, han llenado el vacío de poder existente

ibidem, pp. 9-10

     Las Fuerzas Armadas, conscientes de que la continuación normal del proceso no ofrecía un futuro aceptable para el País, produjeron la única respuesta posible a esta crítica situación.

     Tal decisión, fundamentada en la misión y la esencia misma de las Instituciones Armadas, fue llevada al plano de la ejecución con una mesura, responsabilidad, firmeza y equilibrio que han merecido el reconocimiento del Pueblo Argentino

ibidem, p. 7

Entre otros muchos aspectos, esta situación habría dado lugar al surgimiento del gran mal de la época: “la subversión”. Ésta, que en general se asocia discursivamente (tanto entonces como ahora) con la actividad de la lucha armada revolucionaria (y que, en realidad, abarcaba también a una compleja miríada de movimientos sociales y políticos, no necesariamente armados ni solamente revolucionarios), manifiesta una amenaza especialmente en el terreno subjetivo y moral (“trastocamiento de los valores tradicionales (…) [y] esenciales del ser nacional”):

Esa corrupción justamente por ser generalizada motivó el trastocamiento de los valores tradicionales; es decir, subversión. Porque subversión no es ni más ni menos que eso: subversión de los valores esenciales del ser nacional

24 de mayo de 1976, “Discurso dirigido al Pueblo de la Nación (…)”, en Mensajes Presidenciales, p. 45

La subversión no es solamente la manifestación objetiva de un grupo armado. La subversión es un fenómeno bastante más complejo, profundo, global, donde están justamente en juego los valores subvertidos

12 de mayo de 1976, “Discurso pronunciado ante los directores de los principales medios informativos”, en Mensajes Presidenciales, p. 28

Por ello, el golpe militar (“los hechos acaecidos el 24 de marzo de 1976”) tiene un objetivo de fondo (“reorganizar el país”, “limpiar [el camino de la democracia]”) y se espera que represente una nueva era (“un nuevo ciclo histórico”):

     [L]os hechos acaecidos el 24 de marzo de 1976 no materializan solamente la caída de un gobierno.

     Significan, por el contrario, el cierre definitivo de un ciclo histórico, y la apertura de uno nuevo cuya característica fundamental estará dada por la tarea de reorganizar la Nación, emprendida con real vocación de servicio por las Fuerzas Armadas

30/3/1976, Mensajes Presidenciales, pp. 7-8

     [E]l objetivo fundamental (…) es permitir la vigencia plena de la democracia representativa, republicana y federal, tal como la concibe nuestra tradición.

     Entendemos que el camino de la democracia es el canal idóneo para que transite el estilo de vida nacional. Ese camino que hasta hoy estaba obstruido, era menester limpiarlo, en razón de que si así no se procedía se producirían desbordes en nuestro estilo de vida que no nos hubiesen permitido continuar en el camino de la democracia.

     Ésa es nuestra labor, y ése es nuestro objetivo

12/5/1976, Mensajes Presidenciales, pp. 26-7

Para ello, se detentan los poderes del estado (“asumimos el ejercicio pleno de la autoridad”, “atenderemos al ordenamiento del Estado”):

     Y es justamente para asegurar la debida protección de los derechos naturales del hombre que asumimos el ejercicio pleno de la autoridad; no para conculcar la libertad, sino para afirmarla; no para torcer la justicia, sino para imponerla.

     Restableciendo la vigencia de una autoridad que será revitalizada en todos los niveles, atenderemos al ordenamiento del Estado, cuya acción se fundará en la estabilidad y permanencia de las normas jurídicas, asegurando el imperio de la ley y el sometimiento a ella de gobernantes y gobernados.

     Un Estado ordenado nos permitirá dotar a la Nación del instrumento capaz de impulsar una profunda tarea de transformación

30/3/1976, Mensajes Presidenciales, p. 10

En los discursos de Videla la cuestión económica (el “crecimiento”) tiene un papel central, tanto por los vínculos que presenta con las esferas social y política (“sin crecimiento (…) se frena la movilidad social (…), signo definitorio de una verdadera demcoracia”) como por el cambio estructural que él mismo abandera en la economía y en el conjunto del país (en “los sectores que atienden servicios”, “el empleo público” y “quienes producen bienes”):

[S]in crecimiento suficiente no hay nuevas oportunidades de empleo para quienes se incorporan a la fuerza laboral, ni estímulos para el desplazamiento de trabajadores hacia puestos de más alta productividad y remuneración.

     Es decir, se frena la movilidad social, que es el signo definitorio de una verdadera democracia

30 de junio de 1976, “Discurso pronunciado en el recinto de sesiones de la Ex Sala de Representantes de la Ciudad de Buenos Aires (…)”, en Mensajes Presidenciales, p. 51

Una de las fallas estructurales de la Argentina actual reside en el desmesurado crecimiento de los sectores que atienden servicios, en comparación con quienes producen bienes y particularmente el aumento del empleo público sin relación con las posibilidades y necesidades reales del país

ibidem: p. 50

Finalmente, en los discursos se contempla el final del régimen y el paso a una transición democrática (“la transferencia”), sin plazos y una vez se cumplan los objetivos y la población haya interiorizado la gran transformación (“que los objetivos (…) puedan ser asumidos plenamente”):

Llegará el día en que los objetivos que hoy decimos son de las Fuerzas Armadas, puedan ser asumidos plenamente por la mayoría de los argentinos a través de una amplia corriente de opinión: cuando así sea, será el momento de la transferencia. La participación será plena; las Fuerzas Armadas habrán cumplido con este compromiso histórico, y volverán a su función especifica

24/5/1976, Mensajes Presidenciales, p. 47

El tiempo para su logro no depende de un calendario sino de las circunstancias. Cuando ese cauce quede abierto; cuando éstos que son los objetivos de las Fuerzas Armadas sean asumidos como propios por la mayoría del Pueblo Argentino, será el momento de la transferencia

12/5/1976, Mensajes Presidenciales, p. 27

Apuntamos, al final y a su tiempo, y en función de objetivo, no de tiempo calendario, a reinstaurar en la República Argentina un régimen democrático de gobierno auténticamente representativo, realmente republicano

11 de noviembre de 1976, entrevista con motivo de la “Visita presidencial” a Chile, cit. en Mensajes Presidenciales, p. 14

Es interesante que algunas de estas “propuestas” divergen respecto de las del citado “Proyecto Nacional” del Ministerio de Planeamiento, de 1977, por cuanto en conjunto manifiestan heterogeneidad y tensión dentro del bloque de poder de la Junta Militar (en este caso las posturas más abiertamente economicistas de Videla y las políticas o ideológicas de Díaz Bessone). No nos vamos a extender, pero podemos recoger algunas de las palaras de Díaz Bessone y de las citas de ese Proyecto Nacional que rescata Sidicaro (1996). Así, por ejemplo, Díaz Bessone rechaza el sobredimensionamiento que adquiere la “lucha contra la subversión” cuando, con el paso de los años, va perdiendo crédito social el plan económico al que se refería Videla; reduce “la subversión” a una cuestión meramente militar (contradiciendo a Videla y, por cierto, llevando su combate al contexto anterior a la dictadura), y manifiesta abiertamente las intenciones de fondo del golpe (“toma de poder”) y el régimen (“el Proceso”), aunque Videla también las había explícitado:

Frecuentemente se ha dicho que el mayor éxito del Proceso de Reorganización Nacional fue la derrota de la subversión y del terrorismo. Estimo que tal afirmación confunde lo que fue una acción militar, llevada a cabo por todos los integrantes de las tres fuerzas, cuadros y tropa, de lo que fue y es el “Proceso”. La guerra contra la subversión fue una acción netamente militar, que se desarrolló bajo diferentes gobiernos (…). El motivo del derrocamiento del gobierno peronista en marzo de 1976, no fue la lucha contra la subversión (…). Nada impedía eliminar a la subversión bajo un gobierno constitucional (…). La justificación de la toma del poder por las Fuerzas Armadas fue clausurar un ciclo histórico

Díaz Bessone en la revista Futurable, 13, 1982, cit. en Sidicaro 1996:  21-2

Ese “clausurar un ciclo histórico” aparece también en las palabras de Videla, como vimos, pero en boca de Díaz Bessone representa un compromiso más explícito con la ideología (y con un “proyecto polítco” que lo encarne):

[S]in dejar de reconocer la existencia de otras causas concurrentes, no es aventurado decir que la interpretación más exacta de este incomprensible estancamiento y desencuentro nacional [previo a 1976] es (…) que [se] ha agotado el “Proyecto del 80” [de 1880], la Nación se quedó sin proyecto, es decir, sin Política

Proyecto Nacional del Ministerio de Planeamiento, 1977, cit. en Sidicaro 1996: 17

 

[Se busca] un proyecto para la Nación, capaz de aunar el esfuerzo de todos los partidos y sectores nacionales

Proyecto Nacional del Ministerio de Planeamiento, 1977, cit. en ibidem: p. 18

Por lo demás, coincide con Videla en la importancia crucial otorgada a la dimensión moral (“los valores fundamentales”):

[Se reclama la preservación de] los valores fundamentales de la cultural occidental y cristiana (…) [amenazados porque se había] oscurecido su visión intelectual o debilitado la adhesión a las conductas a los mismos [sic] en grandes sectores de nuestra comunidad

ibidem

[Se busca dar forma a una acción ideológica] capaz de influir en los estados de ánimo, de conciencia y de voluntad colectivos, en primer término a través de los medios de comunicación social (…) [y] lograr una recuperación de la conciencia individual y colectiva en todos los sectores de la comunidad, especialmente en los niveles dirigentes

ibid.: p. 19

Las declaraciones de la Iglesia católica

Las relaciones entre la Iglesia católica y la dictadura de 1976 son muy complejas. Las posturas de la jerarquía eclesiástica van cambiando a lo largo del tiempo, aunque se resumen como de “respaldo moderado” en los primeros tres años (1976-1978), seguido de un “paulatino alejamiento” desde 1979 (Obregón 2005: 181-4). Esas posturas (y las relaciones con las Juntas) se debaten constantemente entre otras cosas por la competencia con los gobiernos de facto en relación con la influencia y control de la población en general, pero también con las pugnas que hay en el propio seno de la Iglesia, sobre todo a partir del Congreso Vaticano II (1962-1965). Estas pugnas se alimentaron no sólo por la presencia de corrientes progresistas e incluso revolucionarias (“infiltración marxista”) en su seno, al tiempo que por la persistencia de un bloque identificado desde al menos los años 30 con los sectores más reaccionaros de las Fuerzas Armadas, sino desde luego por el padecimiento en numerosas diócesis y parroquias del propio terrorismo de estado durante la dictadura (y también antes).

Por ello no vamos a tomar nada más que una sola fuente, correspondiente al inicio de la dictadura, para entender una de las manifestaciones de la jerarquía eclesiástica con respecto al PNR: la carta pastoral del 15 de agosto de 1976 (publicada en la web de la Conferencia Episcopal Argentina bajo el rótulo Carta Pastoral 116, que puedes decargarte, si quieres, aquí). Representa una postura del todo ambigua en el mismo inicio del régimen; nada que ver con otras manifestaciones que recogemos también al final de este apartado, citadas por Obregón (2005), igualmente de esos momentos.

En esta pastoral se plantea fundamentalmente la labor que debe desempeñar el estado (gobernado de facto por la Junta), a ojos de los obispos, tras el golpe (“el momento presente”, “el 24 de marzo último”, “el proceso que vive nuestro país”). Esa labor es la de garantizar el “bien común”, una categoría que define como el resultado de unas condiciones que permiten a individuos y colectivos (“individuos, familias y sociedades medias”) realizarse (alcanzar “la propia perfección”). La realización de esa labor es precisamente lo que da sentido al estado.

     El bien común no es la simple y caótica suma de los intereses indi­viduales (muchas veces obtenidos y defendidos en la práctica de cualquier manera), como pretende el individualismo liberal. Tampoco es el bien del Estado mismo, por encima de todo derecho legítimo de los individuos, familias o sociedades intermedias, como pretenden los totalitarismos de izquierda o de derecha.

     El bien común es propio de todos y de cada uno; es “el conjunto de condiciones de vida social que hace posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia per­fección” (Constitución pastoral sobe la Iglesia en el mundo actual, Nº 26) (…)

     La justificación histórica del proceso que vive nuestro país, no sólo se fundamentará por el término que puso a una determinada situación de cosas, sino también por la implementación adecuada de su acción política en la prosecución del bien común de toda la nación

Ahora bien, la pastoral cree entender que la situación en la que el estado debe cumplir con esa tarea que le da sentido influye enormemente en el modo en el que puede y presumiblemente va a hacerlo. Esta situación está marcada por dificultades “agudas” (“desastre financiero”, “fortísimas dificul­tades económicas”, “violencia física”), de un modo muy similar a como retrataba Videla el contexto previo al golpe de estado.

     El bien común y los derechos humanos son permanentes, inalienables y valen en todo tiempo-espacio concreto, sin que ninguna emergencia, por aguda que sea, autorice a ignorarlos; pero la forma de vivirlos es distinta, según las variaciones de lugar y momento histórico en el cual se ejercen.

     Esas influencias de las condiciones externas serán tanto más sensibles, cuanto más agudas sean las situaciones, como las que hoy vive la Argen­tina, sumergida en un desastre financiero, sufriendo fortísimas dificul­tades económicas y viviendo un clima de violencia física, que es inne­cesario detallar.

     En tales condiciones no podemos razonablemente pretender un goce del bien común y un ejercicio pleno de los derechos, como en época de abundancia y de paz.

Como puede apreciarse, de esta situación se deriva una peculiaridad, una “forma distinta de vivir [el bien común y los derechos humanos]”, una incidencia especial de “las condiciones externas”, que conduce a un disrute parcial de ese “bien común” (“no podemos (…) pretender un goce (…) y ejercicio pleno”). Se trata, pues, de una situación excepcional (más adelante se habla de “la dificultad del momento” y de “estas especiales circunstancias”) que abre la posibilidad a los atropellos (“errores”), sobre todo cuando determinados factores agravan más aún el panorama (“inflación”, “corre sangre cada día”, “[no se aceptan] los cortes drásticos”, “[no se acepta] el sacrificio (…) de libertad”, “[algunos defienden] razones evangélicas [para] implantar soluciones marxistas).

[H]ay que recordar que sería fácil errar con buena voluntad contra el bien común, si se pretendiera:

– que en un mes se frenara una inflación de un porcentaje de tres cifras o que en ese plazo bajasen los precios;

– o que los organismos de seguridad actuaran con pureza química de tiempo de paz, mientras corre sangre cada día;

– o que se arreglaran desórdenes, cuya profundidad todos conocemos, sin aceptar los cortes drásticos que la solución exige;

– o no aceptar el sacrificio, en aras del bien común, de aquella cuota de libertad que la coyuntura pide;

– o que se buscara con pretendidas razones evangélicas implantar soluciones marxistas.

En el planteamiento del problema se intenta mantener una actitud equidistante y, por tanto, se logran altas dosis de ambigüedad (“Hay que tener comprensión hacia el otro (…)”, “uno hace (…), el otro (…)”, “Hay hechos que (…) condenamos sin matices (…). Pero hay que recordar que sería fácil errar con buena voluntad si (…)”). Aunque, al mismo tiempo, se condenan explícitamente determinadas prácticas que pudieran aflorar (“detenciones indiscriminadas”, “[supresión de] alguna garantía constitucional”, “el juego de precios y salarios (…), despidos y cesantías”, “[confusión] con la subversión política”, censura), por otro lado ya patentes en esa fecha…

Además, se podría errar:

– si en el afán por obtener esa seguridad que deseamos vivamente, se produjeran detenciones indiscriminadas, incomprensiblemente largas, ignorancia sobre el destino de los detenidos, incomunicaciones de rara duración, negación de auxilios religiosos;

– si, con el mismo fin, se suprimiera alguna garantía constitucional, se limitara o postergara el derecho de defensa;

– si, en la justa búsqueda de la indispensable recuperación económica -no damos juicios técnicos-, se llevara gente al borde de la miseria o a la miseria misma, por el juego de precios y salarios o por despidos y cesantías, a veces, de muy difícil justificación;

– si, para evitar los culpables abusos de los medios de comunicación de masas, se optara por la solución simplista de impedirles que digan la verdad necesaria, aunque en algunos casos duela;

– si, buscando una necesaria seguridad, se confundieran con la sub­versión política, con el marxismo o la guerrilla, los esfuerzos generosos, de raíz frecuentemente cristiana, para defender la justicia, a los más pobres o a los que no tienen voz.

Es patente esta ambigüedad cuando se alerta sobre los peligros y no se entiende bien a qué origen son atribuidos (aunque el verbo “atentar” podría darnos una pista):

Es cierto, también, que en la situación actual no es fácil una concepción convergente sobre el bien de la comunidad-patria, pero también es verdad que ciertas actitudes personales, colectivas o institucionales como las señaladas, atentan contra la vida nacional, cualquiera fuere el enfoque que se tenga.

Quizás la “la violencia de uno y otro signo” a la que se refería Videla está implícita aquí, aunque es obvio que la Iglesia se está refiriendo a la que se puede producir (y de hecho se estaba produciendo) en ese momento, y no ya antes del golpe. Con ello, y desde la patente ambigüedad, la Iglesia permite vislumbrar una crítica al régimen. Junto a uno de los “enfoques” (la violencia de “un” signo, el de las organizaciones revolucionarias) se despliega “otro”, que no es ya el de la extrema derecha (descontrolada, autónoma) sino la del propio estado (de ahí lo de las “actitudes institucionales”).

Los obispos difunden esta pastoral como parte de su contribción a la, a su juicio, necesaria renovación (y cohesión: “unidad”) y también sacrificio (“abnegación”), amparándose en la función que consideran que tiene la Iglesia católica (“misión”):

     Para lograr el bien común evitando estos errores y pecados, surgidos de la dificultad del momento, es necesario que una profunda conversión a Dios renueve los espíritus y los corazones y dé a todos la serenidad indispensable en estas especiales circunstancias. En nuestro caso, esa conversión se concretará en hacer del bien común el criterio que interpele la conciencia de los ciudadanos y de las autoridades.

     Sólo así podrán asumir los diferentes sectores del país con espíritu de austeridad, la cuota de abnegación que proporcionalmente han de soportar para la superación de la actual coyuntura (…).

     La Iglesia, desde su misión específica y en actitud de servicio com­promete su esfuerzo para aproximar los corazones de la ciudadanía a fin de que la unidad nacional, hecha en justicia, libertad y paz, se enri­quezca con la variedad de un legítimo pluralismo.

Junto con ese espíritu abnegado particularmente, hay algo de redención (“sufrir”):

Proyectando la palabra bíblica a los acontecimientos que vivimos, podemos decir que la Argentina será reconocida como cristiana, si sus habitantes se aman entre sí como Cristo nos amó, sobre todo cuando al sufrir un miembro o sector, todos los otros sufren con él.

Las declaraciones de otros sectores de la Iglesia, o de esos mismos pero en otros foros, son complemento de esta pastoral, pues muestran una postura bien distinta, o al menos más decantada. Por un lado, tenemos las afirmaciones del nuncio del Vaticano en Buenos Aires, monseñor Pío Laghi, en Tucumán, en junio de 1976, en las que la represión se denomina “autodefensa” y los movimientos sociales y políticos objeto de ella son considerados no argentinos (“extraño[s]”):

El país tiene una ideología tradicional, [y] cuando alguien pretende imponer otro ideario diferente y extraño, la nación reacciona como un anticuerpo, generándose así la violencia. En ciertas situaciones, la autodefensa exige tomar determinadas actitudes; en esos casos habrá que respetar el derecho hasta donde se pueda

en La Prensa, 28 de junio de 1976, cit. en Obregón 2005: 162

Por otro lado, disponemos de distintas manifestaciones de los sacerdotes de las Fuerzas Armadas (o sea, de los vicarios castrenses) en un sentido similar. De entre sus célebres representantes, monseñor Bonamín dirigió una homilía, en la misa en memoria del coronel Larrabure (secuestrado por el ERP y probablemente asesinado en 1975), antes del golpe, el 23 de septiembre de ese mismo año, en la que habla abiertamente sobre la “redención” por medio de la violencia:

Cuando hay derramamiento de sangre hay redención (…). Dios está redimiendo, mediante el Ejército, a la nación argentina

cit. en Obregón 2005: 51

En 1976 ya, Victorio Manuel Bonamín apelaba a “la protección divina en esta guerra sucia en que estamos empeñados por la salvación de la Patria” (cit. en ibid.: 162-3). En esos momentos también, el arzobispo de Mendoza, Olimpo Maresma, abundaba en el concepto del “enemigo interno”:

[H]oy la Patria también está amenazada, pero el enemigo está dentro de nuestras propias fronteras, alojado en el interior de muchos argentinos

cit. en Obregón 2005: 162-3

Las fuentes podrían seguir indagándose en los escritos de Julio Meinvielle, Carlos Sachieri y las publicaciones de la revista Mikael, así como en las enseñanzas, en la Escuela de Aviación de Córdoba, de Jordán Bruno Genta.

El discurso de las autoridades educativas

En 1977 el Ministerio de Cultura y Educación de la dictadura, a cargo de Juan José Catalán, pone en circulación un cuadernillo para que se comprenda, desde el punto de vista de su autor (no mencionado), la situación de uno de los sectores más castigados por el terrorismo de estado (junto al mundo obrero): el mundo educativo. Se trata de Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo). Es básicamente un panfleto para conceptualizar (y, en consecuencia, identificar, combatir y erradicar) el fenómeno al que vienen refiriéndose las fuentes previas, pero en este caso en las escuelas y universidades específicamente: “la subversión” (en el caso de Videla) y el “enemigo interno” (en el de los obispos).

La idea fundamental de este breve libro es que Argentina se encuentra amenazada por un conglomerado de grupos, proyectos e ideales reformistas o revolucionarios, que en la formulación específica del libelo se denomina “la agresión marxista internacional”.

Los últimos años de la vida argentina, se han caracterizado por una serie de manifestaciones (…). En el fenómeno descripto se sucedieron con acelerada frecuencia, las huelgas activas, secuestros, asesinatos, sabotajes, ataques a cuarteles y comisarías, etc., como hechos visibles de una acción que se denomina subversión (…) [obra] de un comando que (…) llevaba a cabo lo que técnicamente se denomina “La agresión marxista internacional”

Subversión en el ámbito educativo, p. 8

La mayor parte del texto se consagra a caracterizar la naturaleza de esta agresión, los agentes y sus modalidades de acción, y las condiciones en las que se produce. Sólo al final (y también en la Presentación, a cargo del ministro de facto), se hace alguna propuesta.

La amenaza sobre la que pivota todo el discurso se cierne sobre la subjetividad de la gente, especialmente sobre los valores, la moral; de hecho, se habla de una “enfermedad moral” (p. 59) y de un conjunto de efectos de graves implicaciones morales (“desorden, desjerarquización, la quiebra de los valores esenciales, la falsa concepción sobre las ideas de autoridad y libertad y la pérdida generalizada del nivel académico”, p. 46). Sería no sólo una amenaza física sino psicológica o ideológica. En este sentido, la acción y la estrategia de “la subversión” inciden en la educación y la cultura (claves en la conformación de la mente).

[L]os estados líderes marxistas leninistas (…) han hecho de la ideología el principal medio de dominación

p. 12

[La finalidad de esta “agresión marxista” es] la conquista de la población mundial partiendo del dominio de la psiquis del hombre (…). Esta agresión apoyada en una permanente, intensa, vasta y profunda Acción Sicológica a través de la educación, la cultura, los medios de comunicación social, etc. (…)

ibidem

[E]l accionar [de la subversión] está dirigido a la conciencia y la moral del hombre

p. 16

El accionar subversivo se desarrolla tratando de lograr en el estudiantado una personalidad hostil a la sociedad, a las autoridades y a todos los principios e instituciones fundamentales que las apoyan: valores espirituales, religiosos, morales, políticos

p. 50

La estrategia y el accionar político de la subversión, considera a los ámbitos de la cultura y la educación los más adecuados para ir preparando el terreno (…), ya que por medio de su acción en ellos, pretende orientar subjetivamente la conciencia de los futuros dirigentes del país

p. 45

Globalmente representa una amenaza para la Nación; busca descoyuntar el vínculo entre la Nación y la cultura y la educación (“desarticulación [del sistema educativo y los procesos culturales] con respecto al destino histórico de la Nación”), o apropiarse de un rol que no le corresponde (como es proveer de un proyecto nacional) (pp. 46, 47). Por todo ello, es y debe ser contrarrestada; en ese sentido se habla de “guerra” (pp. 5, 11).

la noción de tiempo de paz parece superada por los acontecimientos, encontrándonos inmersos en un conflicto (…) [aunque] aún nos creemos que no nos hallamos en tiempo de guerra

p. 12

La acción del bando contrario a la subversión es presentada como una respuesta. Si la guerra, tal y como se la define, es  el enfrentamiento entre “grupos sociales organizados” que pugnan o bien por “imponer su supremacía o salvaguardar sus objetivos o intereses materiales, ideológicos y espirituales” (p. 9), no es difícil deducir con qué acción se idenitifca ese bando. Y es que habría una contraposición entre la “[g]uerra revolucionaria (…) por la conquista y transformación de la realidad” y la “lucha de la democracia para seguir practicándola” (p. 12). Esta guerra, finalmente, no se circunscribe a Argentina:

La subversión local, por pequeña que pudiera ser, siempre es un apéndice de un todo homogéneo y mundial (…). Sólo pueden entender cabalmente (…) [los] factores que intervienen y los reales fines de la agresión que sufre la República, si se los analiza en su real esencia, como parte de la agresión subversiva marxista a nivel mundial

p. 12

La amenaza, en verdad, no la lleva a cabo sólo “un comando”, como se dice al principio (p. 8), sino las “bandas de delincuentes subversivos marxistas” o “BDSM” (cap. II), entre las que destacan el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), y su “brazo armado” el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), y los Montoneros. En el ámbito educativo, proliferan distintas agrupaciones afines a un grupo y otro, como la Unión de Estudiantes Secundarios, la Juventud Guevarista y la Juventud Universitaria Peronista. Junto a ellos hay otros grupúsculos, pero marcados por su carácter delictivo no ideológico (“de supuesta extrema derecha”):

Además exsitieron otras, algunas de aparente extrema derecha, también carentes de pureza ideológica [a diferencia de las anteriores] que en muchos casos utilizaron a ésta [se entiende la lucha armada] y sólo como cobertura para delinquir y obtener ventajas económicas y personales

p. 32

El modo de proceder de los “delincuentes subversivos” se describe en el capítulo III, pero podemos rescatar algunos aspectos generales (que aparecen en él y en otros capítulos). Primeramente, la acción de las organizaciones reformistas o revolucionarias se haría mediante la manipulación, a partir de causas más o menos justas, de los estudiantes, que en muchos casos acaban como “ingenuos” o “idiotas útiles” (p. 43 y ss.). De hecho, la población en general ha asistido pasivamente (por miedo o comodidad) ante esta actividad.

[La agresión marxista internacional] se apoya en la explotación de insatisfacciones e injusticias, reales o figuradas, de orden político, social o económico

p. 16

[Aprovecha] la existencia de insatisfacciones de cualquier carácter en la población

p. 17

[Estas insatisfacciones] son motivo de hábil e intensa explotación

ibidem

[Los maestros] inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos (…), sembrando el germen para predisponerlos subjetivamente al accionar [subversivo en los años siguientes]

pp. 48 y 49

La mayoría del alumnado argentino por sus características e idiosincrasia adoptó una posición pasiva, frente al agresivo accionar de pequeñas fracciones (…). [El colectivo de los docentes] no se opone a la acción destructora que ve a su alrededor (…) por comodidad, temor o el conocido “no te metas”, común en nuestro pueblo

p. 51

Los últimos años de la vida argentina, se han caracterizado por una serie de manifestaciones que, no sólo colmaron la capacidad de asombro de sus habitantes, sino que los llevaron a un premeditado estado de desconcierto con un gran porcentaje de resignación, impotencia y acostumbramiento

p. 8

Y, en segundo lugar, se destaca que la acción alcanza a todos los ámbitos (como vimos, sobre todo el subjetivo, “sicológico”), alterando su organización (“vulnerar el orden”):

“La subversión es toda acción (…) que busca la alteración o la destrucción de los criterios morales y la forma de vida de un pueblo (…). Es una forma de reacción (…) dirigida a vulnerar el orden

p. 16

Esta agresión tiene como objetivo el lograr una transferencia sicológica colectiva que gradualmente transforme los conceptos básicos de nuestra sociedad, en otros conceptos por completo distintos. Se asiste a una curiosa evolución de ideas (…)

p. 50

Para lograr la subversión de la persona (…), el marxismo se vale de (…) el adoctrinamiento (…), [la d]estrucción del concepto tradicional de familia (…), [la i]ntegración del individuo a su medio grupal-social donde actúa (…), [y la s]eparación de la persona con respecto a su religión

p. 20

Toda esta actividad se ve amparada por tres factores. Por un lado, los docentes abusan de su libertad de cátedra (abanderan una “falsa concepción” de su “necesaria libertad académica”):

El docente marxista (…) impone la bibliografía a utilizar por sus alumnos, acorde a sus ideas amparándose en la “libertad académica” de que gozan los educadores en general

p. 52 (tb. pp. 53 y 56)

Por otro lado, la autoridad se encuentra completamente debilitada (en muchas ocasiones por culpa de la mejora de las condiciones laborales de los docentes…):

por la acción llevada a cabo en los procesos culturales, se tiende a adormecer a las generaciones mayores, constituidas por padres y dirigientes del país, en la función natural de educación y control que deben realizar

p. 45

se ha advertido en los últimos tiempos, una notoria ofensiva marxista en el área de la literatura infantil. En ella se propone emitir un tipo de mensaje que parta del niño y que le permita “autoeducarse” sobre la base de “la libertad y la alternativa”

p. 49

[Se puede señalar q]ue los rendimientos logrados en las remuneraciones, tendieron a desjerarquizar la función directiva y la supervisión

p. 54

Finalmente, existen determinadas cuestiones propias del contexto (no especificadas) que han favorecido igualmente la actividad de “la subversión”:

El sistema educativo y los procesos culturales, al recibir el impacto de las crisis sociales, políticas y económicas (…)

p. 46

Las crisis sociales y políticas que vivió el país (…) deterioraron el sistema educativo

p. 56

Toda esta situación, tal y como es expuesta, plantea un reto al mundo educativo (“los educadores”), que es cumplir, de nuevo, con una función fundamental para el país (la “misión de educar”, propia de “la grandeza y la proyección histórica de las naciones”) (p. 5). Esto trasciende la “instrucción” y se vincula con la “formación”, y debe estar en armonía con las medidas del gobierno de facto  (“Gobierno Nacional”) (pp. 5, 59). La materia de Historia desempeña en este contexto un papel central y la crítica es válida sólo si armoniza con los planteamientos del régimen (“los valores básicos de nuestra civilización”, “la Constitución”, “la democracia”).

En este orden de ideas, la docencia (…) ejerce con responsabilidad primaria, una acción de transmisión generacional, por la cual se efectiviza la continuidad de nuestra cultura tradicional y de la filosofía que la orienta. Vale decir que, a los educadores, les cabe el calificativo de “custodios de nuestra soberanía ideológica”. En la tarea anunciada, la historia se comporta como elemento orientador de la acción formativa (…), con absoluto respeto de la verdad y con juicios objetivos de sus protagonistas (…) [L]a crítica (…) sólo debe responder a la necesidad de consolidar los valores básicos de nuestra civilización, a la luz de: la Constitución y los principios republicanos en que se funda: la democracia y sus instituciones libres (…)

p. 60

Conclusiones

Las fuentes que hemos recopilado hoy aquí aportan interesantes elementos para entender la época y la configuración de un discurso justificativo del terrorismo de estado en la Argentina de los años 70. Por supuesto, además de interesantes, esos elementos son múltiples, y para no alargar más aún la exposición nos vamos a concentrar en tres puntos.

Por un lado, hay una serie de categorías y enunciados que constituyen ese discurso, es decir, le dan coherencia; su relación de correspondencia está manifestando, pues, un sentido profundo, pese a (o junto con) su heterogeneidad. Veremos cómo permiten ir agrupando todos los elementos que hemos descrito. Estas categorías y enunciados son los siguientes:

  • Subversión. Es el término con el que se alude a los movimientos, organizaciones, proyectos, ideas y militantes reformistas o revolucionarios, armados o no, que pugnaban en los años 70 (y antes) por la transformación social. Representa un término único para una realidad muy compleja (con toda las consecuencias que entraña esta subsunción). Se vincula (de diferentes maneras) con los términos de “marxismo internacional”, “guerrilla”, “terrorismo”, “bandas de delincuentes subversivos marxistas” y “enemigo interno”, por lo menos. En ocasiones se utiliza sólo para designar el “método” de esas organizaciones, movimientos y militantes (Subversión en el ámbito educativo, p. 16). De cualquier modo, representa, fundamentalmente, el trastocamiento (“anulación”, “destrucción”, “alteración”, “separación”) de aspectos (normalmente morales: “valores tradicionales”, “ideario”, “la conciencia y la moral”, “valores espirituales, religiosos, morales, políticos”, aunque remitidos en cualquier caso a la dimensión subjetiva o psicológica, y por tanto mayoritariamente al mundo de la cultura -religión incluida- y la educación: “la psiquis del hombre”, “Acción Sicológica”, “orientación subjetiva de la conciencia”…) que se consideran intrínsecamente ligados a la Nación (“República”, “ser nacional”, “la Nación”, “la Patria”). Por eso, se habla de una “desarticulación [del sistema educativo y los procesos culturales] con respecto al destino histórico de la Nación” (Subversión en el ámbito educativo, p. 46). El modo de operar es a através de la utilización tendenciosa de los problemas sociales, políticos y económicos (“manipulación”, “explotación” de “insatisfacciones” y “crisis sociales, económicas y políticas”), sirviéndose de la pasividad de la población y otras circunstancias (crisis de “autoridad” y “desjerarquización”, problemas sociales y económicos…). Se conecta con la esfera internacional (“nivel mundial”, “marxismo internacional”).
  • Guerra. Categoría para dar cuenta del conflicto social y político de la época. Implica la existencia de un enfrentamiento (“grupos sociales organizados”) y por tanto el uso constante de una dicotomía (“ellos”, “nosotros”), en la que unos son “la subversión” y otros (los que enuncian, “nosotros”), “la Nación”, “la Patria”, “los argentinos”. El enfrentamiento a menudo se plantea como consecuencia de una reacción (“respuesta”, “la nación reacciona”) ante una acción (“amenaza”, “agresión” y todo ese “trastocamiento” del que hablaba Videla); de ahí la imagen de un “interior” (“cuerpo”) que se defiende frente a lo “exterior”, “diferente” y “extraño”, como es natural (“anticuerpos”, “autodefensa”). Lo que resulta de ello (“violencia”, “clima de violencia física”, “derramamiento de sangre”, “sangre”, “sufrir”, “corre sangre cada día”, “errores”) es hasta necesario (“exige”, “los cortes drásticos que la solución exige”, “aunque en algunos casos duela”, “sacrificio”, “abnegación”) o inevitable (“en esos casos habrá que respetar el derecho hasta donde se pueda”, “de muy difícil justificación”, “En tales condiciones no podemos razonablemente pretender”) para todos (“todos sufren con él”, “redención”, “Dios está redimiendo (…) a la nación”, “el sacrificio, en aras del bien común”, “superación de la actual coyuntura”). En algunas ocasiones se produce un cierto desplazamiento conceptual: la “guerra” incluye la participación de “[delincuentes] de supuesta extrema derecha” (Subversión…, p. 32), el “uso indiscriminado de la violencia de uno y otro signo” (Videla, 30/3/1976) y la existencia de “ciertas actitudes (…) institucionales (…) [que] atentan contra la vida nacional, cualquiera fuere el enfoque que se tenga” (Pastoral, 15/8/1976); más allá de la vinculación de estas “actitudes institucionales” con el propio gobierno de facto (ante las que Videla se desmarca con eso de “la violencia de uno y otro signo”), como ya comentamos, la consecuencia que tiene este desplazamiento es la calificación, por parte de algunos (y pasado el tiempo, cada vez más), de la guerra como “sucia” (“esta guerra sucia en que estamos empeñados por la salvación de la Patria”, Bonamín, 1976). De todas formas, el sentido profundo de la participación de las Fuerzas Armadas, junto con otros sectores (la Iglesia y el mundo educativo), en la “guerra” reside en la necesidad de salvar al país y también redimirlo de sus pecados, por lo que hemos visto que supone de necesario e inevitable para todos; el resultado es su transformación profunda (“impulsar una profunda tarea de transformación”), aunque también el mantenimiento de ciertos aspectos (“Restableciendo la vigencia de una autoridad”, “la continuidad de nuestra cultura tradicional y de la filosofía que la orienta”).
  • Misión. Esta categoría tiene la función de conceptualizar la naturaleza de la participación del bando no “subversivo” en la “guerra” y más allá de ella (por ejemplo, en el caso de la Iglesia). Ésta se produce como consecuencia de un cometido trascendental. La “misión” es una tarea inextricablemente ligada a las Fuerzas Armadas (“la misión y la esencia misma de las Fuerzas Armadas” es “ofrecer un futuro aceptable para el País”) y su deontología (“vocación de servicio”), a la Iglesia (su “misión específica” es “aproximar los corazones de la ciudadanía a fin de [enriquecer] la unidad nacional”) y a la Educación (los educadores como “custodios de nuestra soberanía ideológica”, detentadores de la “misión de educar”). Como es lógico, el cumplimiento de esta misión contribuye a los objetivos del bando no “subversivo”, a quien representan sus titulares.
  • Identificamos también enunciados referidos al desarrollo temporal. El discurso que analizamos contiene numerosos enunciados que aluden al decurso de un proceso. El primer conjunto es el que apela a la “situación previa” al golpe (denominado, por cierto, de muy diversas maneras: “24 de marzo de 1976”, “el 24 de marzo último”, “asunción del gobierno de la Nación”, “el momento presente”, “el proceso que vive nuestro país”…): son todos aquellos que incluyen los elementos que permiten conceptualizarla como de crisis total (en el caso de Videla: “desorden”, “ineficiencia”, “marco de generalizada corrupción (…) y (…) demogogia”, “cesación de pagos”, “recesión”, “desocupación”, “atmósfera de inseguridad y de terror”, “total parálisis del Estado”, “vacío de poder”; en el de la Iglesia: “una determinada situación de cosas”, “ciertas situaciones”, “coyuntura”, las “agudas” “dificultades del momento”, del día de “hoy” -que se entiende que no es el del Proceso estrictamente-, como el “desastre financiero”, las “fortísimas dificul­tades económicas” y la “violencia física”; en el del Sistema educativo: “Los últimos años de la vida argentina, se han caracterizado por una serie de manifestaciones”, “los acontecimientos”, “tiempo de guerra”). El segundo conjunto de enunciados se refiere al final del régimen (“transferencia”), especialmente claros en los discursos de Videla y del Ministerio de Planeamiento (“Llegará el día en que los objetivos (…) puedan ser asumidos plenamente por la mayoría de los argentinos”, “El tiempo para su logro no depende de un calendario sino de las circunstancias”, “al final y a su tiempo, y en función de objetivo, no de tiempo calendario”). Estos últimos enunciados vienen reforzados por una última categoría que es “ciclo histórico”, que, desde una perspectiva diacrónica, sintetiza el sentido profundo del régimen (y sobre el que, como hemos visto a propósito de las contradicciones entre las afirmaciones de Videla y las del Proyecto Nacional, hay disputas): la dictadura cierra un ciclo y abre otro (“La justificación de la toma del poder por las Fuerzas Armadas fue clausurar un ciclo histórico”, “[L]os hechos acaecidos el 24 de marzo de 1976 no materializan solamente la caída de un gobierno. Significan, por el contrario, el cierre definitivo de un ciclo histórico, y la apertura de uno nuevo”). El uso de esta categoría de “ciclo histórico”, en lo que toca a su cierre y apertura, refuerza los enunciados sobre el “final del régimen” (y particularmente la “transferencia”). A su vez, se ve alimentada por distintos enunciados (“la apertura de uno nuevo cuya característica fundamental estará dada por la tarea de reorganizar la Nación”, “[E]l objetivo fundamental (…) es permitir la vigencia plena de la democracia representativa, republicana y federal, tal como la concibe nuestra tradición”), pero la autodenominación del régimen la sintetiza como ninguno (Proceso de Reorganización Nacional).

Por otro lado, este discurso está inextricablemente ligado al contexto de la Guerra Fría y, particularmente, a la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN). Gestada en el Departamento de Estado de Estados Unidos durante la presidencia de John F. Kennedy (1961-1963), como complemento de la Alianza para el Progreso, y continuada y ampliada bajo las presidencias de Lyndon Johnson (1963-1969), Richard Nixon (1969-1974) y Gerald Ford (1974-1977), especialmente con el siniestro Henry Kissinger como Secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, la DSN servirá para definir las estrategias y procedimientos, y para justificar la tremenda represión impulsada por distintos gobiernos (constitucionales y no constitucionales) americanos. Se ve respaldada, además, en el plano material, por negociaciones, intercambios y apoyo logístico y formativo entre Estados Unidos (y otros países) y numerosos estados latinoamericanos, copados por militares y civiles a partir de golpes de estado (Guatemala, 1954; Honduras, 1956 y 1963; Paraguay, 1954; Costa Rica, 1948; Colombia, 1953; Perú, 1948; Argentina, 1955, 1962, 1966 y 1976; Bolivia, 1964; Ecuador, 1963; Brasil, 1964; República Dominicana, 1965; Chile, 1973; Uruguay, 1973) y también de procesos electorales (Bolivia, 1945; Costa Rica, 1948). Distintos acuerdos allanaron el camino para la implementación de esa “doctrina” y la materialización de esos intercambios, como el Tratado de Chapultepec (1947) y el Tratado Interamericano de Defensa Recíproca (TIAR) (1948), así como la apertura de la llamada Escuela de las Américas (Fort Gulick, Panamá). Proseguirá más adelante, en los 80, con las tesis neoconservadoras de Ronald Reagan (1981-1989), plasmadas en los Documentos de Santa Fe (1980-1986) (Roitman 2013).

Una de las piezas angulares de la DSN, y de todas las actuaciones que se vinculan con ella, es precisamente la “lucha contra la subversión”. Con las fuentes que hemos estudiado aquí hemos visto uno de los casos paradigmáticos de esta “lucha”. Toda la elaboración discursiva aquí analizada remite, por tanto, a ella. Se conecta con un combate que no es contrarrevolucionario, como si fuera la respuesta o reacción a una guerra revolucionaria (Rivas y Rodríguez 2010), sino que tenía como fin reestructurar la sociedad a todos los niveles para apuntalar o establecer una estructura de poder determinada. Sus métodos y tácticas no son equivalentes a los empleados por las organizaciones armadas (mucho menos por los grupos no armados, revolucionarios o reformistas), sino que constituyen un despliegue por parte del propio estado (en este caso inicialmente por sus fuerzas armadas y policiales, además de grupos de matones y sicarios), nutrido con los principios, el dinero y el asesoramiento de otros estados (además de los integrantes del Plan Cóndor, Estados Unidos, Israel y Francia al menos). En lo que toca específicamente a la relación con la realidad argentina de los 70, remite igualmente al proyecto de “revolución desde arriba” del que nos habla Sidicaro (1996), que se salda con una “refundación frustrada” al tiempo que con una “contrarrevolución exitosa” (y decenas de miles de asesinados).

Nada de esto implica que no hubiera fisuras dentro de los regímenes terroristas, sobre todo una vez se ha cumplido con la “misión” de acabar con “la subversión” (en mayor o menor medida…). Precisamente, la postura ambigua que muestra la Iglesia en las fuentes seleccionadas, al menos en lo que toca a la Pastoral, así lo acredita, aunque para algunos sugiere también un débil equilibrio entre distintas posiciones en su seno, como las de los tradicionalistas, conservadores y renovadores (Obregón 2005: 39-46).

Para terminar, quedaría por explorar, como siempre que se analizan los discursos, cómo se oían y leían éstos entre los distintos grupos sociales. Esa sociedad a la que el autor de Subversión… considera pasiva es la misma a la que el régimen está desarticulando impunemente y con escasa resistencia abierta. Pero también es la misma que calla activamente ante las detenciones y las desapariciones. Y, desde luego, sobre todo en el caso de “los dirigentes”, es la que participa o colabora con ellas y todo lo que representan. La configuración de un imaginario sobre lo que estaba sucediendo no se completa hasta que es apropiado (de múltiples maneras, eso sí) por parte de la población. Resulta crucial, por tanto, sumergirse en esas relaciones dialógicas propias del discurso. Quizás uno de los puntos más relevantes hoy en día para ser escudriñados sería el de las persistencias de estos imaginarios. Los paralelos entre aquél “enemigo interno” y el de hoy en día quizás serían un buen punto de partida…

***

Referencias:

Agamben, Giorgio (2002): Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III, Barcelona, Pre-textos, pp. 13-40 (cap. 1: El testigo). Traducción Antonio Gimeno Cuspinera

Conferencia Episcopal Argentina (1982): Documentos del episcopado argentino. Colección completa del magisterio posconciliar de la Conferencia Episcopal Argentina, 1965-1981. Buenos Aires: Editorial Claretiana. Algunos están disponible en la web de la CEA: http://www.episcopado.org/documentos.php?area=1&tit_gral=Documentos%20hist%C3%B3ricos (última consulta: mayo de 2018)

Kaufman, Alejandro (2007): “Los desaparecidos, lo indecible y la crisis. Memoria y ethos en la Argentina del presente” en Marina Franco y Florencia Levin (comps.): Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción. Buenos Aires: Paidós, pags. 235-49

Mensajes Presidenciales. Proceso de Reorganización Nacional. 24 de marzo de 1976. Tomo 1. Buenos Aires: Secretaría de Información Pública, diciembre de 1976. Disponible en  http://www.ruinasdigitales.com/revistas/dictadura/Dictadura%20-%20Discursos%20de%20Videla%20-%201976.pdf (última consulta: mayo de 2018)

Obregón, Martín (2005): Entre la cruz y la espada. La Iglesia católica durante los primeros años del “Proceso”. Bernal (Buenos Aires): Universidad Nacional de Quilmes. 192 pags.

Rivas Nieto, Pedro y María Rodríguez Fernández (2010): “La política de las armas. Conflicto armado y política en tiempos de insurrección”, Revista Enfoques, III, 13: 31-50

Roitman, Marcos (2013): Tiempos de oscuridad. Historia de los golpes de estado en América Latina. Madrid: Akal. 223 pags.

Sidicaro, Ricardo (1996): “El régimen autoritario de 1976: refundación frustrada y contrarrevolución exitosa” en Hugo Quiroga y César Tcach (comps.): A veinte años del golpe. Con memoria democrática. Rosario: Homo Sapiens, pp. 9-25

Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo). Buenos Aires: Ministerio de Cultura y Educación, 1977. 74 pags.

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