Tiempos verbales: la dimensión histórica del lenguaje entendido como herramienta cultural

Yo no soy

Tú has sido

Ella, con él, había juzgado

Vinimos muchos

Si vosotras pudierais

Los restantes se habrán sometido

 

Si es cierto que el pasado que estudiamos es una realidad objetiva, también es verdad que no podemos acceder a él si no es a través del lenguaje. Éste es una de las herramientas culturales fundamentales de las que disponemos los humanos para mediar, para relacionarnos con el pasado, los pasados. En realidad, lo es para estar en el mundo y relacionarnos con él, entre nosotrxs. Pero lo importante hoy aquí es subrayar el carácter mediado de nuestro vínculo con lo que sucedió, porque nos preocupa la historia.

Estas ideas las ha formulado con especial claridad James Wertsch (1998), pero remiten a otros autores, grandes figuras de la psicología, como Lev Vygotsky, y de la lingüística y la literatura, como Mijaíl Bajtin y Kenneth Burke. No es cuestión de meternos en las entrañas de sus propuestas, así como en lo que las diferencia, pero sí podemos quedarnos con este concepto de la mediación: ni existe la realidad pretérita por sí sola ni somos agentes que producimos nuestro conocimiento al margen de ella; más bien hay intercambios entre la una y los otros, y para colmo nos encontramos inmersos en escenas (contextos) e implicados con propósitos (motivos) concretos. Y sobre todo producimos, reproducimos, transformamos y descartamos activamente (aunque no siempre reflexiva ni conscientemente) determinadas herramientas o instrumentos, y lo hacemos tanto solxs como con otrxs. Por todo ello, la labor de estudiar historia, el oficio del/a historiador/a, no puede entenderse al margen del análisis sociocultural.

Estos autores mencionados más arriba explican cómo el lenguaje va generando discursos, que son una forma de “acción mediada”, de realización de la mediación a través de esa herramienta, y señalan que los discursos se componen de enunciados que se concatenan de maneras específicas, típicas, genéricas. Sin embargo, más que esto, lo que quería resaltar aquí es una de las propiedades clave del lenguaje: facilita al mismo tiempo que limita. Pensémoslo como historiadores.

En el marco de la narración, que es la forma peculiar que adopta el lenguaje al hablar del pasado, hay una célula mínima pero fundamental: los verbos. Desde el punto de vista sintáctico son siempre parte de los predicados (ya sean de oraciones principales o subordinadas); paradigmáticamente son su núcleo. Los verbos no son nada sin su modalidad (indicativa, subjuntiva, imperativa) y sobre todo sin su temporalidad, que puede ser simple o compuesta. Junto con los verbos están las “personas” (o agentes, individuales o colectivos, materiales o inmateriales, reales o ficticios…), que son las que hablan con sus voces (activas o pasivas). Aun así, no siempre están estas personas (tanto en el predicado como en el sujeto): hay formas no personales de los verbos, es decir, modos de existir que no dependen de nadie (infinitivo, gerundio, participio).

Una de las aristas esenciales de estas células es su temporalidad, como decíamos. Y es con ella con la que podemos apreciar esa doble propiedad que tiene el lenguaje. Los tiempos verbales son los que nos permiten articular, en la dimensión diacrónica, una narración: nos abren la puerta, en nuestro eterno discurrir hacia el pasado, para relacionarnos con él en su evolución, trayecto, decurso. Pero al mismo tiempo nos limitan. No podía ser de otra manera, considerando que al ser un aspecto de una de las células de la herramienta cultural que es el lenguaje, entrañan una delimitación y, por tanto, una finitud.

La prueba está en que unos idiomas articulan los tiempos verbales de una forma y otros de otra, y en que ninguno de ellos puede salirse de sí. No es que con sus respectivos tiempos verbales unos expresen la realidad histórica mejor que otros, en absoluto; cada uno lo hace a su manera y por eso mismo excluye otras maneras y configura nuestra mirada sobre el pasado en ciertos sentidos. Por lo demás, y más allá de la variedad formal de las lenguas, el lenguaje desempeña esta función de nombrar pero no agota, no puede agotar, con ello la comprensión del mundo del pasado; nos propone mediaciones, que como tales son específicas y no universales.

En castellano, por ejemplo, el pasado se forma, tanto en voz activa como en pasiva, en modo indicativo con pretéritos indefinidos e imperfectos simples (fuimos, se repetía) y compuestos (hemos sido derrotados, habíais cultivado), y con condicionales perfectos (habría merecido), y en modo subjuntivo en pretérito indefinido (forma simple: venciese o errase) y perfecto y pluscuamperfecto (forma compuesta: haya declarado y hubieras o hubieses desaparecido). En inglés no existe el subjuntivo, o al menos no como modo con entidad formal propia; se emplea el past simple en tercera persona (del singular o plural), en casos como if I were you. En el propio espacio del español, hay muchos lugares, como en América Latina (pero también en las zonas de España no castellanoparlantes -o al menos no históricamente-, como Galicia, Cataluña y Valencia), donde son mucho más habituales las formas simples, especialmente los pretéritos indefinidos (domesticaron frente han o habían domesticado), y el subjuntivo suele conjugarse en presente y no en pretérito (le pidieron que les diga en lugar de esperasteis a que vinieran o habría sido mejor que hubiéramos ido todos). Y hay idiomas en los que el pretérito indefinido simple incluso está prácticamente ausente en el habla cotidiana, frente a las formas compuestas (perfecto y pluscuamperfecto), como en francés (ils inventèrent frente a ils ont inventé o ils avaient inventé o incluso ils eurent inventé).

Además, está la cuestión del esquema tripartito de pasado, presente y futuro, cuyas fisuras y falta de universalidad sólo se vislumbran gracias al condicional y al modo subjuntivo, que no constatan sucesos acaecidos, en proceso de acaecer o de seguro acaecimiento; qué poco lugar tienen ellos, por cierto, en nuestra historia positivista, completamente cerrada a cómo hubieran resultado las cosas, cómo habrían podido resultar, cómo resultarían…

Algo similar podríamos apreciar si consideráramos los verbos u otras células que se refieran al espacio físico, y especialmente al movimiento. En ruso, por ejemplo, hay una gran variedad de verbos (con sus correspondientes prefijos) en función de si el desplazamiento es a pie o en un vehículo, y si se va únicamente (unidireccional) o si se va y se viene (multidireccional): идти́ y ходи́ть se utilizan para los movimientos a pie uni y multidireccionales, y е́хать y е́здить, para los movimientos con vehículo en una o varias direcciones.

Lo mismo sucedería si exploráramos las dificultades que a menudo tienen lxs no castellanoparlantes para interpretar correctamente las diferencias entre ser y estar. O las que tienen esos mismos para entender los partitivos en francés.

A esto se podría sumar cualquier otra célula, elemento, aspecto del lenguaje, así como las reglas que rigen su organización (enunciativa, espacial, léxica). En definitiva, la dimensión histórica del lenguaje no radica sólo en sus cambios a lo largo del tiempo, sino también en la manera en que favorece y restringe, a un tiempo, nuestras mediaciones con el pasado, tanto en lo que fue como en lo que hubiera sido, lo que pudo haber sido, lo que sería y lo que acabará siendo… y hasta en lo que sea.

***

Referencia:

Wertsch, James V. (1998): La mente en acción. Buenos Aires: Aique. 304 pags.

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