El dentro y el afuera, y las puertas de entrada a la impunidad

Hay una cuestión fundamental cuando estudiamos la violencia política del siglo XX, y especialmente los regímenes fascistas y nazis clásicos, y también las dictaduras de las que nos ocupábamos recientemente al hablar de los golpes de estado: ¿cómo fue posible que exisitieran y se mantuvieran? Las respuestas son claramente complejas pero hay una pequeña historia que para iluminarnos algo vamos a extraer de un libro importante que, por lo demás, debería proponerse para ser leído, analizado y discutido en la escuela, en el marco de la enseñanza de la historia, de la filosofía, de la educación ciudadana y otras materias: El largo viaje, de Jorge Semprún (1963). Con ello, además, podremos contribuir a responder una pregunta que abunda en este problema: ¿a qué te puedes acostumbrar?

Intervención en dependencias de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) en alusión a la segunda desaparición (secuestro y asesinato) en 2006 de Jorge Julio López, testigo clave en el juicio que acabaría condenando al genocida Miguel Etchecolatz, represor, como tantos, durante la dictadura de 1976-1983 (foto del autor)

En El largo viaje (según se tradujo al castellano en Tusquets) se narra el traslado a un campo de concentración alemán de un combatiente español exiliado en Francia con motivo de la Guerra civil y enrolado en la resistencia contra la ocupación nazi y el gobierno de Vichy, detenido por la Gestapo en Joigny (Borgoña) en plena II Guerra Mundial. El trayecto, en un vagón de mercancías asestado de cientos de detenidos más, dura cuatro días y medio, en las condiciones de degradación y privación más terribles que pueda imaginarse (si es que puede imaginárselas…). Pero ese viaje es también la plataforma sobre la que el narrador va saltando adelante y atrás para contar su trayectoria como militante antifascista, su experiencia en el campo de Buchenwald y sus vivencias en la posguerra, pivotando en torno a los diálogos con otro cautivo, el simbólico chaval de Semur.

Quedémonos con uno de los episodios posteriores al viaje. Muy poco después de ser liberado el campo de concentración con la intervención aliada en abril de 1945, algunos de los antiguos presos (el narrador más tres de sus compañeros: Haroux, Diego y Pierre) recorren la población alemana donde se localizó el campo: Ettersburg (Weimar, Turingia). Salen fuera. Aún con sus uniformes de presidiarios y los cabellos cortados al cero, buscan caminar, correr, detenerse, tumbarse en la hierba, beber agua fresca de la fuente…, acaso sentir la libertad. Y en cierta manera, especialmente en el caso del narrador, ver desde fuera el adentro.

Quizás el momento culminante de la excursión es cuando, apunto de regresar al campo antes de emprender la marcha definitiva, el narrador se separa de sus compañeros para entrar en una casa que ha retenido su atención, una casa que se encuentra ligeramente separada del núcleo urbano pero justo enfrente del campo. Golpea la puerta y una señora mayor le abre y acepta pasivamente que recorra el interior. A él le va a interesar el salón de la planta de arriba, pues desde su ventana se contempla privilegiadamente la chimenea por donde otrora trepaban el humo y las llamas producidas por la combustión de los cuerpos calcinados en el crematorio. Ella le comenta que es un lugar muy acogedor y él comprueba que la mujer y su marido viven en la casa desde hace años y han pasado todas las tardes frente a la ventana. El impacto en el narrador es brutal. Ante ello, como si de una justificación o disculpa se tratara, la señora esgrime que sus dos hijos murieron en la guerra…

Las antiguos presos del campo han paseado por el afuera y desde allí han visto el adentro. Han recorrido un camino completamente distinto del de los habitantes del pueblo. Hasta la derrota de los nazis, mientras funcionaba la arquitectura social totalitaria, los campesinos vivían en el afuera y se relacionaban de un modo peculiar, como mínimo evasivo, respecto del adentro. ¿Cómo era posible?

Han trabajado en estos campos, durante años han tenido bajo sus ojos los edificios del campo, cuando trabajaban en sus campos. Los domingos les veíamos pasar por la carretera, con sus mujeres, sus hijos (…). Nuestra mirada perpleja les descubría en su verdad genérica. Eran campesinos, un domingo, en la carretera, con sus familias, paseándose. Pero, ¿nosotros? ¿Qué visión podían tener de nosotros? Tenía que haber una razón profunda para que estuviéramos encerrados en un campo (…). Éramos criminales cuyos delitos debían ser especialmente graves. Así debían vernos estos campesinos, en el caso de  que nos vieran, de que se dieran cuenta verdaderamente de nuestra existencia. No se debieron de plantear nunca verdaderamente el problema de nuestra existencia, el problema que les planteaba nuestra existencia. Indudablemente nosotros formábamos parte de esa parte del mundo sobre la que no se preguntaban; no podían permitírselo, no querían permitirse plantearse el problema, de contemplarlo como un problema. La guerra, esos criminales en Ettersburg (además extranjeros, eso ayuda a no plantearse problemas, a no complicarse la vida), los bombardeos, la derrota, y las victorias de antes, todo eso eran cuestiones que les superaban, literalmente. Labraban sus campos, se paseaban los domingos, después de escuchar a su pastor; el resto se les escapaba, porque estaban decididos a dejar que se les escapara (Semprún 1963: 143; traducción mía).

La población vivía escindida en un dentro y un afuera. Ellos estaban en el afuera, o al menos eso creían. Porque para el narrador, en verdad, todo formaba parte de la misma obra de ingeniería social; la percepción del dentro y del afuera era más bien una ilusión para apuntalar esa obra:

Y nos vamos. El pueblo nos expulsa, disipa el ruido de nuestras botas, nuestra presencia hiriente para su tranquilidad, para su buena conciencia ignorante, disipa nuestras prendas de rayas, nuestras cabezas rapadas, la mirada nuestra de los domingos, que descubría la vida de fuera en este pueblo. Pero en realidad ésta no era la vida de fuera, no era más que otra manera de estar dentro, de estar en el interior de este mismo mundo de opresión sistemática, consecuente hasta el fondo, del que el campo era la expresión (Semprún 1963: 144; traducción mía).

Por supuesto, los sistemas totalitarios, como cualquier otro orden social, no se mantienen sólo por la aquiescencia de la población. Pero éste es un elemento crucial, como lo es un complemento suyo: la despolitización, esa indiferencia frente a los conflictos y esa condena del compromiso, del tomar parte. Cuando miramos hacia otro lado, cuando obviamos lo que es evidente, lo que está ante nuestros ojos, y evidentemente cuando convertimos en extraño, extranjero a los sujetos y los problemas que tenemos delante, expulsándolos hacia afuera (o hacia adentro), o al menos ilusionándonos con que estamos en esferas distintas que nos desresponsabilizan y disculpan, entonces se constituye uno de los pilares del poder (con o sin adjetivos).

Bajo una óptica histórica tradicional esta escisión entre el dentro y el afuera fue lo que permitió que distintos regímenes (y en su origen grupos de fuerza, como la policía, los servicios de inteligencia, los militares y paramilitares del tipo que fueran, bandas de matones o patotas, sicarios y escuadrones de la muerte) apuntalaran su labor totalitaria. Pero desde una perspectiva de tiempo largo, que relacione pasado con presente, podemos identificar cómo este dispositivo está plenamente vigente: hasta 2016 se contabilizaron casi 5000 personas muertas a manos de las fuerzas de seguridad en Argentina desde la vuelta de la democracia en 1983 (y casi una cada día en el primer año del actual gobierno), en 2016 se registran 259 casos de tortura en España y actualmente se calcula que entre 17 y 20 millones de personas viven en algún tipo de campamento (campos oficiales y no oficiales para refugiados, centros de internamiento para extranjeros, dependencias para la identificación y expulsión, lugares de acogida, zonas de espera para solicitantes de asilo…) (Agier 2017). Y vigente está también la indiferencia de muchxs, ese no plantearse ni siquiera el problema, o al menos no profunda ni consecuentemente, el no tomar parte.

La pregunta, pues, sigue siendo muy pertinente: ¿a qué te puedes acostumbrar? Y podríamos reformularla, en plan desafío, de la siguiente manera: ¿a que te puedes acostumbrar? Sí, nos podemos acostumbrar y nos acostumbramos. Y ese es el terreno en el que puede suceder (lo que sea).

Puerta de acceso a las actuales facultades de Psicología y Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), ubicadas en las dependencias del antiguo Batallón de Infantería de Marina nº 3 donde se localizó un Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio a cargo de la Fuerza de Tareas 5 de la Armada Argentina (izquierda), y graffiti en el interior de uno de los edificios (derecha) (fotos del autor, junio de 2017)

***

Agier, Michel (2017): “La fábrica de los indeseables”, Le Monde diplomatique en español, nº 259 (mayo), p. 15 (Dossier “Un mundo de campamentos”)

“Informe de la Correpi: un muerto cada 25 horas por gatillo fácil”, Página12 (Buenos Aires), 2 de diciembre de 2016

Informe sobre la tortura y los malos tratos en el Estado español en 2016, Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura, 2017

Semprún, Jorge (1963): Le grand voyage. París: Gallimard. 265 pags.

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