La historia viva y comprometida: el 24 de marzo en Argentina

El término historia puede entenderse en dos sentidos fundamentales: como realidad pretérita, es decir, como aquello que sucedió en el pasado (reciente o remoto), y como la disciplina que estudia esa realidad. Así, hablamos de la historia o el pasado de un lugar (como por ejemplo la historia de la Península ibérica a lo largo de los últimos siglos) y de la historia o estudio del pasado de ese lugar (normalmente con mayúsculas, como cuando nos referimos a la Historia moderna y contemporánea de la Península ibérica). Hoy vamos a ver brevemente cómo ambas acepciones pueden matizarse y ampliarse, con motivo de la celebración de una fecha muy señalada en la Argentina, el 24 de marzo, que nos permite entender el pasado como algo vivo y la tarea de su estudio como un proceso de compromiso político (en la línea de lo que hemos defendido en unas y otras ocasiones).

Librería Rayuela (La Plata, marzo de 2017)

Para enriquecer el concepto polisémico de Historia, así como la propia práctica de los y las investigadoras, principalmente cuando nos vamos a ocupar de periodos recientes, resulta fundamental polemizar sobre las relaciones entre historia y memoria. Desde los últimos años, el término memoria sufre enconados ataques por parte de medios académicos y periodísticos, como es el caso del reconocido historiador Santos Julià (2010), si bien algunos otros lo defienden fervientemente, como lxs promotores de la Cátedra de Memoria histórica del siglo XX de la Universidad Complutense.

A menudo se presenta la memoria como la representación que se hace la gente del pasado (lo haya vivido o no), incorporando numerosos ingredientes subjetivos, y la historia como la disciplina que estudia ese mismo pasado de una manera objetiva y riguosa. Nosotrxs aceptamos las diferencias entre memoria e historia, pero rechazamos su tajante separación (Falquina y otros 2008: 176-7). Es cierto que la memoria (individual, familiar y colectiva) es una narración altamente subjetiva, contradictoria y a veces falseadora, que selecciona determinados elementos y omite otros según su conveniencia (política, sentimental, identitaria). Pero también lo es que la ciencia histórica entraña otra representación colectiva, aunque esté provista, en el mejor de los casos, de herramientas teóricas y metodológicas rigurosas, es decir, que aspiran a la objetividad (sin siempre conseguirlo o ni siquiera aproximarse a ello). Por eso, lo que dicen lxs historiadores es igualmente una narración, que por sus propias características también selecciona y discrimina ciertos elementos en función de sus propios criterios (propiamente científicos pero al mismo tiempo políticos, económicos y culturales).

En el fondo de este debate subyace, en verdad, la vieja polémica entre el saber popular y el académico, en la que el primero se halla mucho menos legitimado que el segundo. Y, sin embargo, las relaciones entre uno y otro son muy estrechas: lxs investigadorxs son parte de la sociedad e investigan temas que preocupan o interesan a parte de ella, incorporando muchos de sus valores y constricciones, y la sociedad elabora sus representaciones sobre el pasado con elementos provenientes de distintos ámbitos: la tradición, la prensa, el gobierno (a través de las políticas educativas) y también la academia. En cierto modo, lo que sabemos del pasado es consecuencia tanto de la memoria como de la historia. Constituye una representación colectiva compleja.

El término de memoria histórica se ha propuesto como un intento de hacer converger ciertos elementos de los dos saberes: por un lado, el esfuerzo por que se reconozcan acontecimientos y actores negados por las representaciones hegemónicas (políticas e historiográficas) sobre el pasado reciente y, por otro lado, la asunción y uso del andamiaje teórico y metodológico de una ciencia histórica rigurosa (Falquina y otros 2008). Gran parte de estas discusiones avanzarían mucho si se suprimieran las jerarquías entre saber popular y saber académico (o científico), promoviendo una construcción del conocimiento verdaderamente democrática, colectiva (Rolland 2011).

Estampas del 24 de marzo de 2017, a 41 años del golpe de estado del 76, en Buenos Aires (Av. de Mayo, Av. Ribadavia y Av. 9 de Julio)

La síntesis que representa este concepto de memoria histórica puede verse puesta en marcha en la Argentina actual y especialmente en la conmemoriación del 24 de marzo. En esta fecha se pone de relieve un hecho histórico de gran importancia: el golpe de estado contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón, Isabelita, que instaura una junta militar para llevar a cabo un “proceso de reorganización nacional” que implica, en realidad, una dictadura sanguinaria desde 1976 hasta 1983. Para ello, además de distintos actos de las asociaciones de memoria (y hasta 2015 del propio gobierno), se producen diversas manifestaciones o concentraciones en todo el país. La más famosa quizás es la de Buenos Aires.

La efeméride, como en otros pocos lugares del mundo, articula una manera peculiar de entender la historia, alimentada en lo más hondo de su ser por el activismo popular y ciudadano, esto es, por los movimientos de recuperación o preservación de la memoria histórica. Esa manera implica, entre otros, dos aspectos, por lo demás interrelacionados.

Por un lado, la realidad pretérita es algo pasado irremediablemente, y por tanto irrecuperable. Pero eso no significa que haya pasado de un modo absoluto. Hay determinados procesos históricos que siguen afectando a las épocas posteriores, y la herramienta conceptual que manejamos lxs historiadores para dar cuenta de ello son las “consecuencias”. En la medida en que esa realidad pasada, que un día fue presente, incide en lo que viene después, y en ocasiones lo determina, no pasa, no muere. Es una historia viva. Tanto lxs historiadores como lxs activistas (a menudo la misma gente, o cuando no, al menos personas distintas pero interrelacionadas) se esfuerzan, no siempre con éxito o con acierto, por analizar y escudriñar la realidad (pasada y presente) para identificar los vínculos que puedan existir entre una y otra.

Cartel con las efigies del dictador Jorge Rafael Videla (1976-1981) y los presidentes constitucionales Carlos Menem (1989-1999) y Mauricio Macri (2015-actualidad), conectadas con flechas que forman un círculo vicioso (Av. de Mayo, Buenos Aires)

Y, por otro lado, esa historia viva se convierte en una historia comprometida. No se busca conocer simplemente lo que sucedió y determinar sus implicaciones en el presente, sino transformar ese conocimiento en una denuncia de realidades ocultadas y silenciadas (en la mayor parte de los casos para beneficiar al poder establecido en su momento y reproducido hasta hoy). La fórmula con la que se plasma este esfuerzo va a ser la del “ni olvido ni perdón”, o el “nunca más”, o en definitiva la de reivindicar la memoria, el recuerdo de lo sucedido. Esto supone un ejercicio para tener presente lo que tiene relación con el pasado: no obviar que miles de personas siguen desaparecidas después de haber sido secuestradas por la dictadura, no perder de vista que numerosas prácticas policiales (como las que se engloban bajo el rótulo del “gatillo fácil”) hunden sus raíces en el modus operandi de los operativos del pasado, no comulgar con unas estructuras económicas instauradas en plena Guerra Fría para apuntalar los beneficios del imperialismo norteamericano y de las élites nacionales agroexportadoras y extractivistas… Y ello se convierte en algo especialmente importante en el contexto actual, en el que se ha reavivado el negacionismo.

Carteles en Buenos Aires y La Plata con motivo del 24 de marzo y de las afirmaciones que lo han precedido por parte de destacados miembros del gobierno argentino

Resulta curioso cómo en un sondeo que realizo en torno a la marcha de La Plata (el 23 de marzo) varias personas coinciden en resaltar estos dos aspectos. Aquéllxs que no saben bien de qué va la manifestación, la atribuyen, no por casualidad, a las movilizaciones de profesores que llevan en huelga desde el comienzo de este curso, es decir, desde hace casi un mes, y cuando yo les sugiero que el motivo parece que es la conmemoración del golpe de estado, ellxs insisten en que a eso se referían, precisamente, ya que muchxs docentes fueron represaliadxs por el régimen y muchxs otrxs se ven afectadxs hoy en día por la política del gobierno; dan con ello a entender que asumen que ambos aspectos tienen relación. Y aquéllxs que sí saben por qué sale la gente a la calle, explican que el objetivo es que no se repita, que no vuelva a pasar, cosa que se conseguirá teniendo bien presente lo que sucedió, el horror, para que sirva como ejemplo de lo que no debe ocurrir nunca más.

Afiche en la Av. 7 entre 57 y 58 (La Plata)

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Todas las fotografías han sido realizadas por JRC en torno al 24 de marzo de 2017 en La Plata y Buenos Aires (Argentina)

Referencias:

Julià, S. (2010): Hoy no es ayer. Reflexiones sobre el siglo XX en España. Barcelona: RBA Libros. 384 pags.

Falquina, A., Marín, C. y J. Rolland (2006): “Arqueología y práctica política. Reflexión y acción en un mundo cambiante”, Arqueoweb (Madrid) 8 (1)

Falquina, A., Fermín, P., González Ruibal, A., Marín, C., Quintero, A. y J. Rolland (2008): “Arqueología de los destacamentos de trabajos forzados en el ferrocarril Madrid-Burgos: el caso de Bustarviejo”, Complutum (Madrid), 19 (2): 175-196

Rolland, J. (2011): “De los sistemas expertos a prácticas democráticas en arqueología” en J. Almansa Sánchez (coord.): Charlas de café. El futuro de la arqueología en España. Madrid: JAS Arqueología Editorial, pags. 209-216

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