Arqueología de los márgenes: recorriendo los bordes de la sociedad

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Puerta de Hierro (Madrid)

La arqueología se nos ha presentado tradicionalmente como una disciplina comprometida con el estudio de épocas remotas (paradigmáticamente la Prehistoria) y de civilizaciones exóticas (Egipto, Grecia y Roma, Mesoamérica precolombina, civilización del Indo…). Otro de los tópicos es que tiene más valor cuanto más profundo excava; los tells de Próximo Oriente (por ejemplo, Jericó), Anatolia (Çatal Hüyük), Mesopotamia (Uruk) o Asia central (Namazga), que aparentemente permiten conocer la “cuna de la civilización”, son precisamente depósitos de gran profundidad o potencia (más de 30 metros) en los que se han ido sedimentando y superponiendo los restos de distintas sociedades a lo largo del tiempo.

Sin embargo, aun siendo lógicamente válidas estas ideas, la arqueología es mucho más. Hoy vamos a hacer un pequeño recorrido por los caminos de la arqueología contemporánea para que podáis plantearos tanto otra forma de hacer arqueología como otra manera de entender la historia contemporánea. Esta arqueología no es agradable, advierto a las mentes pudorosas y a los reverendos académicos.

La arqueología contemporánea, como ha indicado muy acertadadamente nuestro compañero Alfredo González Ruibal, se vertebra en torno a dos pilares: el pasado reciente y el estudio de materiales en superficie o sepultados a poca profundidad, si bien esto último no siempre se cumple (veáse el caso de las trincheras o los refugios). Pero, además, siguiendo con Alfredo, esta disciplina es igualmente una ciencia de los márgenes; nos ocupamos de los desechos de la sociedad, y no tanto porque estudiemos restos del pasado (al fin y al cabo toda investigación histórica se ocupa del pasado a través de sus restos), sino porque el análisis de la materialidad nos conduce a los espacios abandonados, al ámbito del olvido, y paradigmáticamente a los basureros, a  la deposición y el rechazo. Toda arqueología, en verdad, implica esto; las fuentes de lxs arqueólogxs (al menos las que están en el campo) no se conservan en archivos o en museos, sino en el espacio del abandono (desde el siglo XXI hasta hace más de 1 millón de años). Pero la contemporánea se compromete con ello más aún, porque allí donde aparecen los desechos del pasado se encuentran también, y no por casualidad, los desechados de la tierra.

Aun así, cuidado: la arqueología en general (y la contemporánea en particular) también se entretiene con otras cosas, obviamente, como los campos de batalla, la observación de los procesos deposicionales y postdeposicionales actuales, los espacios habitacionales y sepulcrales en el interior de las ciudades…

Por todo eso, es muy frecuente que la arqueología contemporánea nos coloque en un camino para conocer nuestro presente y las etapas pretéritas que subyacen a él, y como parte de ello también la sociedad en que se enmarcan, y específicamente sus márgenes. La sociedad suele ser representada como un ámbito de relaciones entre personas, y por eso tiene una dimensión espacial, casi geográfica. De este modo, hablamos de un centro, una periferia y un margen. Esto no significa que lo marginal esté en todo momento fuera de las ciudades; el adjetivo define una relación social (marcada por ciertos elementos, como el nivel de renta, la etnia o el origen, el género y la sexualidad, la religión…), y ésta se puede ver en el puro centro geográfico de la ciudad (u otro espacio neurálgico). En cualquier caso, debajo de la capa de hojas del último otoño, del arrastre de sedimentos tras la última tormenta, del amontonamiento de cartones junto al cedro del parque, encontramos una historia de la marginación en el mundo contemporáneo.

Entornos de Puerta de Hierro (Madrid)

El estudio de los márgenes puede ser muy complejo y complicado. Aplicamos la metodología del trabajo de campo y laboratorio arqueológico para adentrarnos en un campo que también es marginal porque apenas es atendido por lxs investigadorxs, que contribuyen de este modo a la ubicación concreta de sus pobladores dentro de, o más bien en los bordes del campo social. Hay tres yacimientos en Madrid, entre otros muchos (quizá cientos), que nos van a permitir hoy trazar algunos itinerarios en este peculiar recorrido que nos ofrece la arqueología contemporánea.

Puerta de Hierro

En los años 80, cuando era pequeño y me dirigía al colegio, o regresaba de él, iba con la ruta por la carretera de la Coruña (hoy A-6), y al cruzar la M-30 y el río Manzanares divisaba un asentamiento en su ribera. Transcurrieron los años y ya apenas transité por el lugar, o mi mirada se fue dirigiendo en otras direcciones. Pero desde hace poco he vuelto a pasar por allí varias veces, circulando por el anillo ciclista que discurre por la vertiente de enfrente, y he visto que el poblado ya no está. He decidido cruzar a la otra margen y recorrer este sitio para rastrear qué ha sucedido.

La arqueología me ha ayudado, aunque no haya sido más que explorando superficialmente el terreno. Me he servido tanto de la prospección y documentación y localización de algunos materiales en superficie, como de la cartografía y el análisis de fuentes documentales (en este caso, principalmente prensa escrita y digital). En definitiva, la arqueología no se reduce al empleo de una serie de herramientas y técnicas, sino que implica un planteamiento global de la investigación, empleando un enfoque teórico y metodológico determinado y poniendo en relación distintas fuentes, con el objetivo de ofrecer una explicación histórica sobre la dimensión material de la existencia humana.

Con las fuentes arqueológicas siempre hay que esforzarse por trascender tanto la aparente quietud e inmobilidad del panorama como la desolación que reflejan:

Despoblado de Puerta de Hierro (Madrid)

Frente a ello hay que buscar la historia que esconden, las idas y venidas, los orígenes, la transformación, la muerte, los relevos, las superposiciones… Una comparación de cartografía y fotografía aérea correspondientes a distintos momentos revela una evolución desde un lote apenas habitado a principios de los 60 a un poblado (en 1975 y en el mapa topográfico sin fecha) y de éste a un despoblado (en 2014 y el topográfico actual):

Cartografía y fotografía aérea del lugar en el que se encuentra el yacimiento de Puerta de Hierro (entre la depuradora y las naves del vivero) (fuente: Nomecalles e IBERPIX). (La zona señalada con una línea roja discontinua delimita el lugar donde se encuentra hoy el monumento del siglo XVIII conocido como Puerta de Hierro.)

Y procede, igualmente, rastrear el entorno y excavar, profundizar para acceder a la materialidad de la experiencia y hacer revivir esa materia muerta, activarla, vestirla, encenderla, hacerla hablar… A falta de un estudio más detenido podemos observar los rastros de unas construcciones sólidas, si bien con materiales de origen y formato muy variado…

Y una cultura material que lleva las huellas de la destrucción pero que por debajo muestra los objetos de la vida cotidiana (bienes de aseo, pelotas para jugar, parrillas, elementos decorativos, bisagras para puertas, mantas de abrigo):

Con esta rápida exploración encontramos también trazas de otro tipo de poblamiento, claramente distinto al anterior, mucho más precario al tiempo que vivo, o de más reciente desaparición:

También será muy fructífero conocer otras voces, las que nos aportan las fuentes documentales, en las que, si hay suerte, hasta pueden aparecer algunas de lxs que allí vivieron. Investigando encontramos referencias sobre los episodios finales de este asentamiento, así como testimonios de las luchas de resistencia frente a ellos y documentos sobre los apoyos que recibieron.

Y de esa manera, con todo este corpus, podemos reconstruir en gran medida la historia del lugar. El asentamiento del que han quedado la mayor parte de los restos que hemos repasado y que yo veía en mi infancia se conocía como “el poblado del río”. Su origen está en los años 60, según parece, cuando un grupo de familias se instala allí para trabajar en “El Arenal”, una empresa arenera situada en el mismo paraje. Algunos de sus miembros comienzan a trabar relación con la mujer que regenta un bar junto a la arenera, propiedad de la marquesa de Villaverde. Unos años más tarde, cuando aquélla va envejeciendo regulariza la relación con los terrenos ante un juzgado de Madrid, que pasan a ser en parte propiedad de lxs vecinxs del poblado. Sin embargo, los documentos que lo acreditaban se fueron perdiendo. Y la vida de lxs pobladores continuó, dedicada principalmente a trabajar en una depuradora que sustituye a la arenera desde 1975 y a recoger chatarra. En cualquier caso, los terrenos habrían pasado a ser propiedad de los moradores, ya que así les correspondía por permanecer en ellos durante más de treinta años, sin violencia y sin ninguna denuncia en contra, según el derecho de usufructo.

Nada de esto impide que el Ayuntamiento de Madrid estigmatice al poblado y sus moradores y acabe derribando sus casas y expulsando a sus habitantes. Para ello se afana en difundir la imagen de “poblado marginal” (desde los 80, por parte del Consorcio de Población Marginal y luego el Instituto de Realojamiento e Integración Social) y acuñar y divulgar tópicos sobre sus viviendas (“chabolas”, “infraviviendas”) y sus pobladores (dedicados, supuestamente, a la venta de droga), así como a argumentar que son asentamientos recientes. Así, desde los 2000, y especialmente desde el Plan de Erradicación del Chabolismo en Madrid (2011), arranca el proceso de convertir este y otros lugares en yacimientos arqueológicos, y a sus vecinxs en historia.

Este proceso de marginación tenía cierta base, en tanto lxs habitantes del Poblado del río eran, presumiblemente, gente desarraigada (del campo, de los barrios…) que iniciaba una vida nueva en los bordes de la ciudad en la era del desarrollismo franquista. Pero más allá de esto la marginación se convierte en un proceso impulsado desde el estado (en este caso, el Ayuntamiento) para denigrar a ciertas poblaciones y hacer con ellas lo que convenga a sus intereses (fundamentalmente económicos, aunque también culturales). Hemos visto en nuestro rápido estudio que no se trataba de ningún poblado chabolista.

Por un lado, los materiales son de diversa procedencia, recogidos en múltiples lugares según las oportunidades que se hubieran planteado, pero demuestran sólidas construcciones, características de la arquitectura popular que puede documentarse en barrios como Tetuán, Vallecas o el Pozo del Tío Raimundo. Del mismo modo, la cultura material sugiere rápidamente el uso de un variado elenco de objetos, muchos de ellos en perfecto estado (aunque su origen pueda ser también muy diverso). Los elementos que manifiestan un carácter más marginal (como el refugio junto al río, o las ampollas de agua destilada) corresponden claramente a un poblamiento posterior a la destrucción del poblado y la expulsión de sus moradores. Todo ello nos lo revela el trabajo arqueológico que, como decíamos, permite caracterizar la dimensión material de los grupos humanos y, de esa manera, parte de su historia (en este caso manipulada y hasta negada por el poder y obviada por lxs investigadorxs).

Por otro lado, las fuentes documentales indican que desde finales de los 70 lxs pobladores fueron incluyéndose en los censos municipales, contaban con su propia iglesia y escolarizaban a sus hijxs (fundamentalmente en el CEIP Estados Unidos, junto a la Ribera del Manzanares). Se calcula que en las etapas finales han llegado a vivir 300 personas (100 de ellas niñxs).

La historia que tenemos en este caso es más bien la de una marginación forzada y una destrucción por parte del estado, como parece que ha ido sucediendo, con idas y venidas, en otros lugares, como la Cañada Real.

Casa de Campo

En otro paraje del valle del Manzanares, a escasos metros de un mirador para paseantes y turistas, en plena Casa de Campo, encuentro otro lugar que va a ser interesante para este trabajo. En este caso, por cierto, se hace más evidente que en otros la proximidad física entre los grupos sociales del centro y los del margen, al tiempo que su separación social.

Mirador desde la Casa de Campo hacia el centro de Madrid

Se trata de un asentamiento que he observado al pasear yo mismo por la zona. Lo advertí cuando vi descender de él a un muchacho, de probable origen balcánico, de esos que piden limosna en los semáforos o se pasean con su carrito por la ciudad en busca de quincalla. De él y sus compatriotas ya hoy sólo queda el emplazamiento…

O al menos sólo aparentemente. En superficie y en el inmediato subsuelo lo que tenemos es una ocupación igualmente marginal pero aparentemente más dislocada, todo lo dislocada que puede dejar a la gente la droga:

Aunque quizás si descendemos y vamos excavando podamos recuperar el suelo de ocupación, el campamento que un día vislumbré tras el chico que bajaba el terraplén:

Incluso es hasta posible que debajo aún de este nivel (y de otros) volvamos sobre otro nivel yonki, como este que hemos visto en la superficie. Y es que, en cualquier caso, tenemos en este yacimiento un complejo palimpsesto de experiencias marginales. Los arrastres de basuras, que cuelgan del talud como si fueran coladas de un crisol, denotan una superposición de episodios de ocupación y abandono de los desechos de la ciudad:

De todas formas, como con todo, esta secuencia puede y debe tener un origen. Hay ciertas huellas que permiten caracterizar, mejor que nada, la existencia de fronteras físicas que entrañan fronteras sociales y ante las que se producen constantes transgresiones (ante las cuales es más que previsible que los grupos centrales levanten nuevas separaciones…):

De esta historia, de momento, no tenemos más: ni fotografía aérea ni cartografía (con suficiente interés), ni fuentes documentales. Quizás eso mismo manifieste un carácter marginal más acentuado (aún) en este caso que en el de Puerta de Hierro.

Puente de los Franceses

Finalmente, siempre en el entorno del río, entre los dos yacimientos abordados previamente, consigo dar con el lugar en el que se levantó durante unos meses otro campamento de familias y allegadxs (de posible origen balcánico también). Se trata de un asentamiento que se divisaba desde la M-30, al discurrir por el Paseo del Marqués de Monistrol, y cuyos pobladores pedían en el semáforo del Puente de los Franceses, bajo el Puente de Castilla.

Por las características que presenta, este yacimiento podría considerarse a medio camino entre el de Puerta de Hierro y el de Casa de Campo, porque, aun siendo una ocupación marginal (y de menor duración que el Poblado del río), no está seguido de una frecuentación verdaderamente marginal, como la de lxs toxicómanxs de la Casa de Campo o la de lxs mendigxs que viven aún hoy en día debajo del viaducto o Puente de los Franceses.

De nuevo aquí se ha traspasado una frontera, pero los rasgos arqueológicos que apreciamos en superficie, o en el nivel inmediatamente inferior, plasman un contexto de habitación y vida plenamente estructurado, con sus esplanadas para la instalación de tiendas de campaña y la construcción de hogares…

Y sus objetos funcionales y lúdicos, y sus alimentos:

Discusión

Hemos recorrido de la mano de la arqueología algunos de los márgenes de la sociedad. Según el nivel del que se tratara, nos hemos encontrado con escenarios de destrucción, casi postapocalípticos, provocados por la intervención despiada del estado, mientras que en otros nos topamos con individuos y familias relegados al margen, refugiados en chamizos y abrigos improvisados, o directamente en sustancias psicoactivas para intentar salir del mundo… En cualquier caso, hemos estado en el margen, con los escombros, con los cristales rotos, con el polvo de uralita, con la radioactividad de las pilas descompuestas, con el hedor de los desechos, con la suciedad de las basuras, con la amenaza de las agujas.

Una sensación que queda es la de haber sido afectado por toda esta abyección; se corporiza la marginación, se encarna la experiencia en el margen. Quizás sus habitantes no lo viven así; acaso se han acostumbrado. Podemos incluso valorar que en algunas ocasiones disfrutan de vivir, en cierto modo, en libertad: se dejan bañar por un rayo de sol invernal, huelen las plantas efímeras que crecen en las escombreras y tierras removidas en primavera, disfrutan de una brisa que refresca el ambiente en las tórridas noches de verano junto al río, se calientan en lo más hondo de su ser mientras crepita el fuego de una chasca en una fría madrugada de otoño… Y hasta podemos, y debemos, considerar que en todas estas experiencias de los bordes de la sociedad se entablan complejas relaciones de apoyo mútuo. Pero en verdad, nos guste o no, la mierda es mierda para todxs, especialmente para lxs que la tienen cerca, se vea como se vea.

Pero la abyección del sistema social en el que vivimos tiene una historia, y para conocerla no sólo tenemos que documentar, analizar y explicar los yacimientos en los que se manifiesta, sino empeñarnos en buscar sus causas y entender su significado general. A menudo la gente “respetable”, del centro, suele ver lo mismo, lo reconozcan o no, detrás de esos rostros quemados por la intemperie, de esas manos agrietadas que limpian el parabrisas delantero del coche, de esas voces roncas que mendigan una limosna, de la algarabía de niñxs que juegan junto al río, de la mirada tensa pero firme del patriarca o de la inquietud sorda de la doña: miserables, marginadxs, pobres culpables de su propia pobreza. Pero el estudio de la histora nos aporta, con una actitud más abierta y empática, explicaciones que contextualizan la pobreza y la marginación, que las insertan en la realidad del decurso de las cosas, en el espacio y en el tiempo, en su relación con otros aspectos, y nos alejan, o al menos eso intentaríamos, de los juicios de valor, y particularmente las condenas. Esto, por supuesto, lleva tiempo y trabajo, pero podemos aventurar unas pocas ideas para acabar.

En cuanto a las causas, podemos partir de las caracterizaciones que han hecho diversxs autorxs desde la literatura, como Baroja en La Busca (1904) e Ignacio Aldecoa en su cuento “Al otro lado” (Aldecoa 2004 [1959]). Son escritos extraordinarios que merecen un tratamiento específico, pero en ambos casos se pone de relieve un aspecto crucial y común a distintas épocas y ámbitos: el desarraigo. Caracterizar el desarraigo es un asunto complejo, y más si nos metemos en contextos como el de los Balcanes, donde las guerras desde los años 90 (por no hablar de la discriminación, muy anterior, a etnias como la gitana, o minorías -en algunos casos- religiosas, como los musulmanes del antiguo Imperio otomano) han dislocado radicalmente a la sociedad y llevado a muchos de sus pobladores a la emigración forzada y, en definitiva, a la marginación en distintos lugares de Europa. Cuánto podríamos decir a este respecto a propósito de la mal llamada “crisis de los refugiados” y del futuro que ya se les está haciendo presente…

Pero en el caso de España el estudio de las causas nos conduciría al desarraigo provocado por los cambios económicos de los siglos XIX y XX. Como en otros lugares de Europa y posiblemente de otros continentes, la industrialización viene acompañada, e incluso precedida, por una serie de transformaciones agrarias que arrancan de las políticas fisiócratas del Antiguo Régimen (por ejemplo en Inglaterra, Francia y España). Éstas tienen el objetivo de poner bajo manos de nobles o burgueses emprendedores (casi capitalistas) amplios lotes de tierras, y para ello se lleva a cabo, desde el propio estado, las operaciones de cercamiento, privatización y desamortización de parte de los señoríos (primero laicos, luego eclesiásticos). En ellos han estado viviendo (malviviendo, en verdad), desde muchas generaciones atrás, numerosas poblaciones, que van a ser expulsadas.

Si seguimos el rastreo histórico, retrospectivo, llegaremos a muchos otros conflictos agrarios que han ido alterando la estructura socioeconómica surgida de las cenizas del Imperio romano (una estructura profundamente desigual, por lo demás). Pero, en cualquier caso, como consecuencia de todo ello el campo se va a ir poblando de familias y grupos de campesinxs desarraigados que trabajan en determinadas estaciones, bajo unas condiciones penosas y salarios de hambre, y malviven en el resto. Ya Pablo de Olavide y Campomanes  trazaron un panorama sombrío de estos colectivos a finales del siglo XVIII:

“[Los jornaleros son los] hombres más infelices que yo conozco en Europa. Se ejercitan en ir a trabajar a los cortijos y olivares, pero no van sino cuando los llaman los administradores de las heredades, esto es, en los tiempos propios del trabajo. Entonces, aunque casi desnudos y durmiendo siempre en el suelo, viven a lo menos con el pan y el gazpacho que les dan: pero en llegando el tiempo muerto, aquel en que por la intemperie no se puede trabajar como, por ejemplo, la sobra o la falta de lluvias, perecen de hambre, no tienen asilo, ni esperanza, y se ven obligados a mendigar… Estos hombres la mitad del año son jornaleros y la otra mitad mendigos” (Pablo de Olavide: “Informe de Olavide sobre la Ley Agraria” (s.f.), citado en Herr 1988: 87)

“Sus mujeres é hijos carecen de ocupación y encerrados los vecinos en grandes Ciudades y pueblos, viven á expensas de la caridad de los eclesiásticos y de otras personas: llenos de lastimosa escasez, que no corresponde á la feracidad del suelo, y que no depende seguramente de pereza de los naturales, sino de la constitución política” (Campomanes: Fomento de la industria popular (s.f.), cit. en Herr 1988: 87)

Otro tipo de procesos, como las guerras (paradigmáticamente la Guerra civil de 1936-1939, pero también las carlistas de 1833-40, 1846-1849 y 1872-1876) y las grandes obras públicas, como los pantanos (cuyos procesos desestructuradores fueron retratados también por la literatura, con Sender 1993 y Goytisolo 1976), añadirán muchos más grupos y personas a estos procesos. Todos ellos, irán dando lugar a los “ejércitos de reserva”, según la popular expresión de Marx, disponibles para las industrias de las ciudades o las grandes explotaciones agrarias captalistas del XIX y XX. Una parte importante, sin embargo, que va cambiando con el tiempo, lógicamente, quedará al margen, es decir, no será admitida nunca, y se verá obligada, con todos sus efectivos o sólo una parte de ellos, a vagar a la busca, a transitar los márgenes, como los famosos traperos, que con toda su dignidad han tenido que ir viviendo de los desechos de la sociedad.

Portada del artículo dedicado por Alfonso Sastre a los traperos en Triunfo (1971, num. 466, pags. 26-31)

En cuanto al significado general de la marginación resulta fundamental tomar conciencia de su función dentro del sistema. A pesar de lo que puede creerse, que se trata de un mundo aparte, que vive casualmente en los bordes del sistema y sin ninguna función, la marginalidad es el espacio social que se reserva el sistema para mantenerse. Como las cárceles, es el ámbito que se emplea para expulsar lo que sobra, según las lógicas del beneficio capitalista y de la sociedad bienpensante de lxs que tienen trabajo asalariado o empresas. Es la cámara de gas en la que se va quemando aquello que no se quiere integrar para que se mantengan los negocios de la vivienda, la industria, la agricultura y el consumo de masas. Pero al mismo tiempo es el almacén donde se guarda a aquéllxs que en ciertos momentos se pueden encargar de los trabajos “sucios”: la recogida de basuras (quincalla, chatarra), la distribución de la droga, los albañiles más baratos, los matones más despiadados…

***

Todas las fotos han sido realizadas por JRC (febrero 2017)

“Adiós al poblado de Puerta de Hierro”, Público, 26 de febrero 2013. Ver artículo en PDF

“Aguirre y Gallardón se comprometen a erradicar el chabolismo en Madrid en 2011”, El País, 29 de octubre de 2008. Ver artículo en PDF

Aldecoa, I. (2004 [1959]): El corazón y otros frutos amargos. Palencia: Ed. Menoscuarto. 206 pags.

Baroja, P. (1972 [1904]): La Busca. Madrid: Editor Caro Raggio. 297 pags.

“Derribos ilegales en el poblado madrileño de Puerta de Hierro”, Diagonal (edición impresa), num. 159 (oct. 2011), pags. 6-7. Disponible en: https://www.diagonalperiodico.net/global/derribos-ilegales-poblado-madrileno-puerta-hierro.html (último acceso marzo 2017)

Documental Toma la Tele. Último acceso: marzo 2017. URL: http://www.tomalatele.tv/web/blog/madrid-poblado-de-puerta-de-hierro-acoso-y-resistencia-2/

“El Ayuntamiento derriba cuatro chabolas más del poblado Puerta de Hierro”, El País, 15 de febrero de 2012. Ver artículo en PDF

“El poblado de Puerta de Hierro resiste ante un posible desalojo”, Madrid Toma la Plaza (Acampada Sol), 15 de agosto 2011. Última consulta: marzo 2017. URL: https://madrid.tomalaplaza.net/2011/08/15/el-poblado-de-puerta-de-hierro-resiste-ante-un-posible-desalojo/

Goytisolo, J. (1976 [1966]): Señas de identidad. Barcelona: Seix Barral. 422 pags.

Herr, R. (1988): España y la revolución del siglo XVIII. Madrid: Aguilar. 417 pags. Traducción E. Fernández Mel.

“La dignidad de la Cañada Real”, Público, 16 de diciembre de 2016. Ver artículo en PDF

“Lágrimas indignadas por las chabolas de Puerta de Hierro”, El País, 9 de noviembre de 2011. Ver artículo en PDF

“Puerta de Hierro”, Asamblea Popular Moncloa-Templo Debod, 9 de febrero 2012. Último acceso: marzo 2017. URL: https://asambleapopularmoncloadebod.wordpress.com/2012/02/09/puerta-de-hierro/

“Puerta de Hierro: cronología y documentos”, Asamblea Popular Moncloa-Templo Debod, 9 de febrero 2012. Último acceso: marzo 2017. URL: https://asambleapopularmoncloadebod.wordpress.com/2012/08/02/puerta-de-hierro-cronologia-y-documentos-2012/

Sastre, A. (1971): “La busca”, Triunfo (Madrid), num. 466, pags. 26-31. Ver artículo en PDF

Sender, R.J. (1993 [1950]): Réquiem por un campesino español. Barcelona: Destino. 105 pags.

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