La clase que tenía pendiente sobre Marx

image3Hace unos días un amigo le regaló a mi hija un libro en el que se explica una de las ideas centrales del pensamiento económico de Karl Marx, autor y luchador político del siglo XIX sobre el que ya hablamos en una ocasión, al referirnos a su concepción de la historia, que se suele denominar materialismo histórico.

Mucho se puede decir sobre Marx, obviamente. Pero para mí, clarificar lo que señala sobre la plusvalía es una tarea pendiente desde hace tiempo. Y lo es por dos motivos: por un lado, nunca encuentro en clase el momento para que tratemos el tema calmadamente y, por otro lado, el de la plusvalía es un concepto que no está muy claro ni en su definición ni en la consideración de su importancia en el sistema económico capitalista para muchxs pensadorxs. Buena prueba de esto último es el libro del que hablaba, por no remitirnos a toda una corriente que ha simplificado (por distintos motivos) el pensamiento de Marx, como nos contaba Montserrat Galcerán en su libro La invención del marxismo y yo traté de analizar en lo tocante al mundo de la arqueología.

En el simpático libro El Capital de Karl Marx (que adapta para lxs niñxs el famoso texto del autor alemán, publicado originariamente en 1867) el núcleo de El capital es el concepto de plusvalía. Ésta se presenta como una cantidad de “trabajo no pagado al trabajador” y, por tanto, como la manifestación de una clara “injusticia” (p. 18). En el ejemplo que se emplea en el libro, el obrero Federico se sorprende de que el producto que él fabrica y por el que obtiene 25 céntimos (cts.), un par de calcetines, sea vendido en el mercado por una cantidad ocho veces superior, 2 libras (£). Lxs obrerxs analizan esta diferencia y concluyen que se han ido añadiendo una serie de importes a lo que él ha cobrado: la cantidad que corresponde al vendedor y que le permite obtener un beneficio de la venta en el mercado (10 cts.), los costos de producción que ha pagado el empresario (30 cts.) y un beneficio neto o “plusvalía” para este empresario (1,35 £).

Planteada de este modo, la definición del concepto de plusvalía sugiere (i) que ésta es un incremento del precio originario y (ii) que su apropiación por parte del empresario incumple el acuerdo fundamental que contrae con el obrero al contratarlo. Veremos que esto no es correcto y que se puede y debe enfocar de otra manera. Además, en el libro se confunde a los empresarios (“patrón o amo”) con los capataces (p. 8) y se reduce el panorama de las condiciones históricas en que surge el capitalismo a un problema de “malas cosechas” en el campo (y no a la crisis del Antiguo Régimen y especialmente de la propiedad amortizada) (p. 3). Aun así, se ilustra acertadamente el proceso de lucha obrera (toma de conciencia, huelga y propaganda) (p. 19 y ss.) y se plantea la vigencia de la explotación laboral (p. 2). Pero ahora no se trata de abordar estos últimos asuntos, sino los dos primeros.

Para Marx, la clave para entender qué es la plusvalía no está en el producto en sí mismo, considerado aisladamente, sino en el proceso de producción y en la valorización que desencadena (en relación con la tecnología y otros aspectos más generales), y todo ello independientemente, o al menos con carácter previo al precio que adquiere el producto en el mercado; éste, por cierto, viene determinado por distintos factores (oferta y demanda, especulación, inflación…) y no debe confundirse con el valor (o plusvalor) del producto. Tener en cuenta ese proceso implica, entre otras cosas, barajar elementos cruciales como el concepto de excedente y el tiempo de trabajo, aspectos que, por tanto, van más allá del ámbito de la distribución y del mercado, como consideraba Marx que era adecuado hacer en su crítica de la economía política.

Algo de esto recoge el libro, pero lo deja aparcado. En el ejemplo empleado, el obrero Federico trabaja una jornada de 12 horas (h) durante 6 días por semana; por ello obtiene 3 £ al día (25 cts. por 1 h) y 18 £ por semana (pags. 7-9). De esta manera, como hemos visto, Federico produciría 12 pares de calcetines al día y de ello obtendría su jornal (0,25 cts. x 12 h = 3 £). Pero la plusvalía no viene de que el empresario agregue 1,35 £ a cada par de calcetines, mecánicamente, de que venda más caro, obteniendo una plusvalía de 16,2 £ por trabajador cada día. El empresario la obtiene de la capacidad que tiene el trabajo humano en el sistema capitalista, con la aplicación de una serie particular de técnicas y herramientas, y en el marco de un entramado históricamente específico de relaciones económicas, para producir excedentes (Marx dirá para encarnarse y abstraerse en las mercancías…).

El excedente es aquello que sobra, aquello que está de más. Trasladado al ámbito de la producción, es el producto que se genera una vez se han obtenido aquéllos que permiten reponer todo lo que se ha invertido en él. Es, por ejemplo, el conjunto de semillas que se consigue con la planta brotada de una sola semilla, o mejor, la parte de la cosecha de la que se dispone una vez se descuenta aquella que sirve para alimentarse y para sembrar la siguiente. Y en el ámbito de la industria el excedente es el producto que el trabajador logra una vez ha producido aquello con lo que se obtiene su salario, es decir, los medios necesarios para su reproducción. Finalmente, ese excedente será mayor cuanto más rápido se produzcan esos medios y más trabajo se ahorre, y la mayor rapidez y el ahorro van a venir dados principalmente por un desarrollo técnico cada vez más acentuado, con máquinas y conocimientos progresivamente sofisticados, de mayor rendimiento, como suele decirse.

Siguiendo con el ejemplo, el empresario va a obtener la plusvalía de Federico manteniéndole en el trabajo más allá del tiempo estrictamente necesario para que produzca los bienes con los que pagará su salario, es decir, produciendo excedentes. Para ello no va a necesitar añadir nada; de hecho, a la hora de vender el producto intentará ajustar el precio lo más posible a su valor, para ser más competitivo. Manteniendo los datos del libro, las 2 £ deben descomponerse de otro modo, en verdad: aparte de los 10 cts. que se lleva el vendedor, las 1,90 £ restantes incluyen 30 cts. de costes de producción y el resto la parte correspondiente al salario del obrero, 1,60 £. Éste, en principio, al ser contratado acepta recibir 3 £, pero éstas las consigue el empresario al vender… dos pares de calcetines, es decir, lo que va a producir Federico en tan solo dos horas (con lo que, además, le regala, de propina, 20 cts.). Esto, sin embargo, se oculta, porque parece que el empresario le paga por todo lo que produce a lo largo de toda la jornada (los 12 pares de calcetines), y de ahí el cálculo erróneo del libro. En cualquier caso, el patrón sigue vendiendo el resto de la producción al mismo precio (o incluso lo baja para aumentar las ventas) y obtiene de cada par de calcetines una parte para pagar los costos (30 cts.) y el resto para lucrarse (1,60 £ x 10 h = 16 £ de plusvalía por trabajador al cabo de la jornada, con un incremento, por tanto, del 900%). Como podemos apreciar, la plusvalía (expresada en dinero) no se añade al precio, y el empresario se la apropia como consecuencia de una relación histórica de dominación, que no de injusticia en un sentido moral.

Si esto se enfoca dinámicamente, veremos que el empresario buscará acrecentar sus plusvalías, multiplicando el volumen de mercancías producidas más allá del tiempo socialmente necesario para la reproducción de la mercancía más valiosa que ha podido comprar: la fuerza de trabajo del/a obrero/a. Para ello, podrá aumentar las horas de la jornada laboral del obrero y obtener más beneficios (plusvalía absoluta) o tenderá a introducir mecanismos que aumenten la productividad, manteniendo el número de horas en el trabajo o incluso reduciéndolo, y ganando más en un sentido intensivo (plusvalía relativa). Por eso, a cambio, aceptará en ocasiones incrementar ligeramente los salarios, con el fin de aplacar la protesta social (cuando no de lograr que el obrero se convierta en el consumidor de lo que él u otrxs producen). Las luchas obreras, en efecto, como bien señala el libro, son un factor clave de la evolución del capitalismo y de los salarios, aunque las negociaciones no se desenvuelven de un modo tan simple como parece, pues el empresario se sirve históricamente del aparato represivo del estado y de la división de las clases obreras (que llevan a que se enfrenten unxs contra otrxs en función de la raza, el sexo o la nacionalidad, por ejemplo).

El tema, como podemos apreciar, es mucho más complicado y más rico de lo que suele creerse. Por supuesto, no se trata de explicarle todo esto a lxs chicxs. Con tal de que lo entienda quien se lo vaya a explicar es suficiente, además de necesario (primero, para no falsear lo que otrxs han dicho y, segundo, para aprovechar su potencial crítico y transformador). Cómo hacerlo es algo que tienen que pensar y ver ellxs. Quizás se pueda acudir simplemente a algún ejemplo procedente de alguna experiencia propia. Yo trabajé durante un tiempo en un museo privado donde hacíamos visitas guiadas a centros escolares. Cada centro pagaba unos 300 euros por cada visita de una hora (en grupos de unos 30 estudiantes), conducida por un solo monitor/a. De esa cantidad una parte era para reponer los materiales empleados en las demostraciones (quizás 20 €), otra para el alquiler del local (50 €), otra para la electricidad y el agua (5 €), otra para el mantenimiento (limpieza y seguridad incluidas) (10 €) y el resto para el salario del monitor/a (215 €). Sin embargo, cada día éste/a podía recibir hasta 4 grupos. Su salario mensual, de media jornada, era de 800 €. Si no se ha entendido, lo digo yo: en un solo día el monitor/a lograba su sueldo de un mes, y el resto de días producía una plusvalía de cifras astronómicas.

Para mucha gente los estudios de Marx están superados y son sólo válidos para las realidades del siglo XIX (lo que en sí mismo ya es importante), o únicamente se quedan con algunas de sus ideas (mutilando sus propuestas y vaciándolas de su potencial político), pero lo cierto es que el análisis que hace de la plusvalía, junto con otros aspectos, sigue siendo bien relevante. Una de las aportaciones más valiosas es que permite desentrañar el núcleo del conjunto de transformaciones que inauguran la Edad contemporánea a fines del XVIII y a lo largo del XIX (y que se mantienen hasta hoy en lo esencial): la implantación de un nuevo modo de producción, por parte de comerciantes y fabricantes, que deja atrás la explotación basada en la propiedad amortizada y la apropiación de excedentes producidos en condiciones más o menos controladas y da paso a la explotación centrada en la propiedad mercantilizada y el trabajo de obrerxs “libres”, asalariadxs.

***

Galcerán Huguet, M. (1997): La invención del marxismo. Estudio sobre la formación del marxismo en la socialdemocracia alemana de finales del siglo XIX. Madrid: Iepala

Lordon, F. (2015): “Con Thomas Piketty, no hay peligro para el capital en el siglo XXI”, Le Monde diplomatique (ed. española), abril, pags. 20-21

Marx, K. (1971 [1867]): El capital. Tomo I: El proceso de producción del capital. México DF: Siglo XXI. Traducción Pedro Scarón

Riera, J.R. (2016): El Capital de Karl Marx. Barcelona: Els Llums/La Lluvia. 24 pags. Ilustraciones Liliana Fortuny

Rolland Calvo, J. (2005): “«Yo [tampoco] soy marxista». Reflexiones teóricas en torno a la relación entre marxismo y arqueología”, Complutum (Madrid), 16: 7-32

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