El ominoso arte de la guerra: Fogwill y sus “pichiciegos”

Portada de Gente (Buenos Aires), 20 de mayo de 1982

Portada de la revista Gente (Buenos Aires), difusora de la moralidad militar durante la dictadura, el 20 de mayo de 1982 (fuente: http://www.no-retornable.com.ar)

Ominoso significa abominable, despreciable, horrible, abyecto. Pese a las imágenes positivas, idealizadas que se derivan de la representación romántica de la guerra (y de muchas otras representaciones), que han llevado a considerarla como un arte, el enfrentamiento bélico no merece otro adjetivo. Serían dignos de análisis los modos en los que tanto en nuestra sociedad como en otras se ha ido construyendo esa imagen positiva de la guerra; el militarismo es un valor, y no sólo entre los poderes establecidos, del tipo que sean, sino en amplios sectores de la población, que pasan de jugar a la guerra cuando son pequeños hasta hacerla (o más bien, mandar hacerla, o -en el mejor de los casos- a beneficiarse de que otrxs la hagan) cuando son mayores… Asimismo sería genial y apasionante bucear en los distintos movimientos antibélicos, antimilitaristas y pacifistas, que son en verdad una misma cosa (por eso se dice que “ningún ejército defiende la paz”) (pienso en los insumisos de España o en las Mujeres de Negro), y específicamente en las obras culturales que han contribuido a ellos (me viene a la mente, por ejemplo, la inigualable Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, de 1939). Son temas todos ellos con los que puede comprometerse un/a historiador/a crítico/a, y un/a profe de historia, dado que las guerras y las batallas son uno de los campos más cultivados y ensalzados por la historia oficial, y deben ser sometidos a revisión.

Pero ahora no se trata de eso, o no de tanto. Vamos a centrarnos en una guerra concreta, como fue la de las islas Malvinas o Falkland, y a limitarnos a una sola obra que retrata, de un modo muy peculiar, la abyección de la guerra; se trata de Los pichiciegos, de Rodolfo Enrique Fogwill. Esta novela fue escrita en una semana de junio de 1982, por uno de los escritores más irreverentes de las últimas décadas en Argentina. No es una historia real, en cuanto que haya sucedido, ya que es una novela, pero como tal contiene elementos verídicos. Quizá Fogwill no la escribió buscando representar la crueldad de la guerra; quizás sólo pretendía denunciar las malas condiciones en las que lucharon los argentinos, como si unas buenas condiciones hubieran podido cambiar la experiencia profundamente aberrante de la guerra. No lo sabemos, aunque sería interesante investigarlo. Lo importante hoy aquí es recoger sus palabras para apoyar esta interpretación que propongo sobre el carácter de la guerra, de cualquier guerra. Reproduzco amplios pasajes para que cualquier actividad de análisis de la novela de Fogwill en clase esté bien fundamentada.

La guerra de las Malvinas se produjo en el marco de la dictadura cívico-militar más sanguinaria de la historia de Argentina, el llamado “Proceso de reorganización nacional”, que se mantiene desde 1976 hasta 1983. Supuso el enfrentamiento entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de un archipiélago frente a las costas más meridionales de Patagonia y de la Tierra del Fuego, en el sur del Atlántico, denominado por unos Malvinas y por otros Falkland.

De acuerdo con Romero (2001: 229-235), la guerra va a estallar en un contexto de grave crisis del gobierno militar. A fines de 1981 el presidente de facto (es decir, de un gobierno establecido por la fuerza y las armas) argentino, el general Roberto Marcelo Viola, era sustituido por el general Leopoldo Fortunato Galtieri, en un intento de la dictadura por superar las graves dificultades derivadas de la situación económica y la presión política de diversos sectores. Más decidido que su predecesor, Galtieri apuesta, entre otras cosas, por una participación activa y destacada en las relaciones internacionales. Da un nuevo impulso a la vinculación con los Estados Unidos de Reagan (elegido presidente precisamente en 1981), al apoyar con asesores y armamento la política imperialista estadounidense en América central. Paralelamente, promueve una política económica ultraliberal, a instancias de Roberto Alemann y algunos de los colaboradores del defenestrado ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz, que agudiza la recesión y alimenta una oposición cada vez mayor, incluso en el propio gobierno.

En este contexto se plantea el tema de la soberanía de Malvinas, disputada desde principios del XIX con el Imperio británico y pendiente de negociación desde la mediación de las Naciones Unidas en 1965. El círculo de Galtieri defiende que la reclamación argentina puede no sólo impulsar esa política exterior activa, sino también facilitar un cierre de filas y adhesión de la población respecto al gobierno militar, dado que se recogería un anhelo hondamente sentido entre la mayor parte de los argentinos. Además, iba a permitir a distintos sectores del ejército resarcirse de la intervención papal en 1978 a favor de Chile en el conflicto con Argentina por tres islas del canal de Beagle (que une el Atlántico y el Pacífico en el extremo sur del continente); con ese arbitraje se había aplacado, temporalmente, el belicismo de ciertos círculos militares y políticos argentinos, y ahora, con las Malvinas, se planteaba precisamente una oportunidad para retomarlo.

El 2 de abril de 1982 las Fuerzas Armadas argentinas lanzan por sorpresa el ataque contra las pocas tropas británicas situadas en las islas, y las ocupan. Unos días más tarde, los dirigentes políticos y militares argentinos viajan a las islas para investir al nuevo gobernador y rebautizar la capital, Puerto Stanley, con el nombre de Puerto Argentino. Paralelamente, en el Reino Unido se van a imponer las posturas belicistas, a instancias de la primera ministra, Margaret Thatcher, y se prepara una importante fuerza naval y aérea, con dos portaaviones y nutridas tropas. Formalmente, los británicos obtienen el apoyo de la Comunidad Económica Europea y del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que emite una resolución condenando la “agresión”, y Argentina es respaldada tímidamente por los países latinoamericanos de la Organización de Estados Americanos y la URSS. Estados Unidos al principio se propone mediar, pero cuando el enfrentamiento se desata por la llegada de las tropas británicas, condena a Argentina y ofrece apoyo logístico a Reino Unido.

Una vez desplegadas y colocadas las tropas británicas de la Fuerza de Tareas en el Atlántico sur, y especialmente en las islas Georgias (también disputadas), comienzan los enfrentamientos el 1º de mayo, en el gélido otoño austral, con los bombardeos británicos en Malvinas y el hundimiento del crucero argentino General Belgrano. Las batallas aeronavales continúan a lo largo de todo el mes hasta que el 24 se produce el desembarco inglés y se libran los combates que conducen al acorralamiento y la derrota de los argentinos a principios de junio y a su rendición el día 14. A raíz de este desenlace y del tortuoso camino que condujo a él, con ambiguas, cuando no manipuladoras, noticias por parte de los militares y el gobierno sobre el desarrollo de la guerra, y la división de la opinión pública respecto a la guerra y su significado, el gobierno militar entrará en una crisis permanente (Galtieri es cesado el día 17 de junio) que acaba dando paso a la restauración democrática en Argentina. Pero esto ya es otra historia.

Columnas de soldados y oficiales entregados en Puerto Stanley/Argentino (sin referencia) (fuentes: Wikicommons e Historiapedia, respectivamente)

Tropas británicas en las Malvinas (abril de 1982) (sin referencias) (fuentes: bbc.com y http://www.agenziacomunica.net, respectivamente)

Lo que nos cuenta Fogwill sobre esta guerra podría considerarse más una métafora que otra cosa. Pero no voy a entrar en una interpretación tan literaria. Me interesa más repasar la trama específica y apuntar unas pocas reflexiones para acabar.

En Los Pichiciegos un hombre (aparentemente un psicólogo, quizás un escritor) recoge el testimonio de un antiguo combatiente de la guerra de las Malvinas, Quiquito. El hombre “anota”, aparentemente para publicar el testimonio, pero participa del relato, en la medida en que incluye el diálogo con el antiguo soldado, junto con las tensiones, resistencias, conflictos, dilemas que se desencadenan en las sesiones (p. 93 -ver tb. pags. 136-7):

-No sé por qué uno nunca puede acordarse de los cuentos y las películas -me contaba un día-. ¿Será porque lo contaban en lo oscuro…? ¿Vos qué pensás?

Debía hablar. Dije:

– No sé. Generalmente uno se olvida lo que le cuentan. Los cuentos, las películas, se olvidan fácil. ¡Como los sueños!

-Pero decime: ¿vos creés lo que te cuento o no? -quería saber.

-Yo anoto. Creer o no creer no es lo importante ahora -sugerí.

-Claro -dijo él-, a vos lo único que te calienta es anotar.

-Sí -reconocí-, anotar y saber.

Este psicólogo consigue rescatar la historia de este soldado y de sus compañeros, al contrario de lo que les ha sucedido a otros investigadores que fueron al propio terreno durante la guerra y desaparecieron a manos de los propios militares argentinos, como los sociólogos (p. 71):

Por las líneas anduvieron unos sociólogos haciendo encuestas. Preguntaban lo mismo (…). [B]uscaban saber si los soldados estaban contentos con la comida, si pensaban que la Argentina iría a ganar, si estaban bien, y les hacían nombrar las cosas que precisaban. Parece que los soldados, que hacía diez días que no veían ración caliente y que ya no podían ni aguantar el fusil, se les cagaban de risa. Al final -contó uno del siete-, a los sociólogos se los llevaron presos los de inteligencia militar, o de la policía aeronáutica, y nunca más los volvieron a ver.

Pero nada de esto importa demasiado, porque los protagonistas son los compañeros de ese antiguo combatiente y lo relevante son sus experiencias en la guerra. Esos soldados constituyen un grupo que ellos mismos denominan “los pichiciegos”, o “los pichis” a secas, o sea, una agrupación de evadidos de sus compañías que permanecen en una de las islas durante la guerra. Se guarecen en una gruta que cavan y acondicionan durante dos semanas en un cerro los primeros de ellos al separarse de su compañía, cuando se están encargando de instalar unas trincheras mal planteadas (pags. 24-5). Desde esa cueva o “Pichicera” se mantienen medio vivos, medio muertos intercambiando productos e información tanto con sus compatriotas como, sobre todo, con los británicos, a los que incluso proporcionan datos sobre las posiciones argentinas. El nombre que los identifica deriva del término empleado por uno de los pichis, procedente de Santiago del Estero, para denominar a una especie de armadillo, también conocida como “peludo” (Chaetophractus villosus), que cava profundas guaridas subterráneas, y ante su sonoridad lo adoptan rápidamente (pp. 27-8).

Los pichis son chavales de entre 18 y 20 años. Mantienen una organización jerárquica, en la cúspide de la cual se encuentran “los Reyes Magos” o simplemente “los Reyes”, los fundadores (p. 23), seguidos de “los principales” o “los mejores”, que son sus asistentes, y “los dormidos” o “inservibles”, la masa de pichis que esperan pasivamente el final, sea cual sea (pags. 104-5 y 130). El contingente se va renovando, a medida que mueren algunos pichis y se suman al grupo nuevos desertores, que llegan por distintos avatares, como el cabo de Marina que se va a entregar a los ingleses, se pierde y es rescatado por el Turco para que interceda con los marinos y consiga de ellos, entre otras cosas, las vigas para la Pichicera (p. 43). De ellos tienen noticias los soldados activos, a veces en un sentido más mítico que real (p. 29), pues llegan a creer que eran “muertos que vivían abajo de la tierra, cosa que a fin de cuentas era medio verdad” (p. 79) o que, como Dorio, se dedicaban a “quemar con rayos verdes de bajo tierra a todos los degenerados que por entonces empezaban a abundar. Y siempre que moría o desaparecía un hijo de puta, se le echaba la culpa al pichi Dorio, el milagroso” (p. 83).

Su vida transcurre entre las guardias en la boca de la Pichicera, las veladas en el interior (comiendo, charlando, fumando, durmiendo, cantando) y las salidas o “misiones” para aprovisionarse (cazando, recolectando, intercambiando…). Algunos relatan historias fantásticas, como la de las monjas que campan por el territorio a 10º bajo cero y multiplican los corderos (pags. 75-7), y la de la Gran Atracción o el despliegue de los Pucará argentinos una mañana, formando una gran V inmóvil en el cielo que se desvanece a continuación (pags. 97-9). Y debaten sobre el contexto político (y la veracidad o falsedad de las noticias sobre los 10.000 asesinados por orden de Videla) (pags. 48-55) y el desenlace de la guerra (en función de lo que ven y de lo que dicen las radios…) (pags. 70-1, 124-5). Asimismo, tienen encontronazos con los soldados y oficiales activos, como el que deja a los primeros pichis sin dos de los Reyes originarios, el Sargento y Viterbo (pags. 23-4), o acaba hiriendo a Diéguez, el único herido admitido entre los pichis (p. 89).

Pero, más allá de estos pasajes, en los que se mezcla el humor negro con las contradicciones de la investigación social y la fantasía literaria, lo que aporta la crudeza más desnuda de la guerra son las partes dedicadas a los soldados. Por un lado, se nos describe a los pichis (p. 106, tb. 130)…

Pero entonces, verlos a ellos, después de haber visto gente verdadera en la vida, probaba que los pichis no cruzarían el invierno. Ni cara tenían: hinchados -sería por el humo de la estufa-, la barba crecida, los ojos secos y muy hundidos, el pelo duro como un cuero arriba de la cabeza y los pómulos rojos, como tienen los monos, escaldados por el frío y por las quemaduras de la época en que se inició la guerra (…).

Y también a los soldados británicos (pags. 68-9):

No eran peores, eran iguales, le pareció [a uno]. Los que peleaban venían mejor organizados. Los otros, los que mandaban, eran iguales. Hablaban diferente, pero no eran diferentes. ¿Qué estaban haciendo en ese sitio?

Y por otro se nos muestra el destino de los rendidos. Entre éstos se encuentran tanto los soldados acivos (pags. 122-3)…

Ya se veía venir el final, sobraba más el tiempo. Se salía poco. Un pichi salía y topaba con filas enteras de soldados caminando a entregarse a las líneas inglesas, apretando en el guante los papelitos que tiraban los Harrier incitando a rendirse.

A los que se rindieran antes del domingo, prometía el papel, les iban a dar el doble de ración de comida caliente y trato de prisioneros de guerra, con custodia de la Cruz Roja.

Daba pena ver a los flaquitos, muertos de sueño y de hambre, mal vestidos, ilusionándose con el papel. Esas colas de gente fueron uno de los espectáculos más tristes de la guerra (…).

A veces, cuando pasaban por los restos de un bombardeo o de una batalla, algunos salían de la fila y revolvían entre los muertos buscando armas, porque como en los papelitos reclamaban que entregasen armas y ellos venían desarmados, tenían miedo de que los ingleses no los quisieran aceptar de presos.

Alguna vez pasaba un Harrier encima de la fila y les soltaba un cohete, porque el piloto no les veía los papelitos, o porque se los veía, pero no tenía otro a quien tirarle y él, al revés de los que se iban a entregar, no se atrevía a volver a su barco o a su base con todas las armas sin usar.

Caía el cohete del avión, hacía un tirabuzón en el aire y enfilaba hacia la cola de rendidos: parecía que estaba eligiendo por dónde empezar. Atacaba a los primeros, les pasaba entre las piernas y al que no saltaba para un costado, le cortaba las piernas (…). Después volvía a subir, tomaba altura y desde arriba prendía luces y apuntaba directo al centro de la cola -de lo que quedaba de la cola- y recién ahí explotaba desparramando gelatina incendiaria encima de los asustados, que se volvían brasas de fuego, como si de repente Dios hubiera decidido castigar a todos los ilusos y los cagones (…).

Como algunos pichis (p. 124):

Pichis, pocos, todos del lado de los dormidos, se fueron a entregar (…). Entre esos pichis que se rindieron, a algunos los encontraron las patrullas y los fusilaron en el lugar, por desertores. Los otros se han de haber muerto de frío en los campos de presos ingleses, o andarán todavía en una barcaza rondando el polo, porque a muchos presos de aquellos días los sentaban atados en las barcazas, les conectaban el motor, les trababan el timón apuntando al sur y los largaban así, sin marinos ni timoneles, porque las barcazas, que como las armas de ellos tienen por reglamento un tiempo de uso limitado, ya no les servían más. A los británicos les divertía mirar desde la playa cómo zarpaban esas lanchas cuadradas, parecidas a barcos, llenas de presos, y se iban a toda marcha con la bandera de ellos flameando en la popa como si fueran piratas ingleses saliendo a conquistar las últimas postrimerías del mundo.

Y se exponen también las virtudes del armamento que se pone a prueba con los soldados rendidos (pags. 148-9):

El último día, alrededor de la Pichicera, pasaban más procesiones de muchachos y de oficiales disfrazados de muchachos yendo a entregarse. Todos llevaban su papelito (…). A veces pasaba un Harrier y les soltaba una bomba experimental. Las estarían probando para otras guerras, porque ésa, según cualquiera de las radios [argentina o británica], ya estaba terminada. Venía la bomba sin silbar y cincuenta metros antes de tocar el suelo explotaba y soltaba miles de cablecitos de acero trenzado. Los cables tenían tres puntas. Habría que haber traído uno aquí. En cada punta, de unos sesenta centímetros, tenía soldada una bola de metal del tamaño de un huevo de gallina. Los cables, por la explosión, salían girando locos con las bolas dando miles de vueltas en el aire, y así bajaban despacio -caían despacio-, pero eso era para confundir, porque así como eran de lentos para caer los cables, eran de rápidos en el girar y por ese girar mismo era que iban bajando lentos.

A algunos les pegaban en la nuca y morían secos del golpe. A otros les estrangulaban las piernas y se caían, para recibir después, boca arriba, la nube de gelatina quemante que también se había soltado de la bomba. A otros les agarraba el cuello, les enredaba cables en el cuello con casco, bayoneta y todo, y en ese lugar quedaban con los ojos saltados y la cara violeta pegada contra el fusil. Al rato de caer la bomba, la cola de rendidos se volía a formar con la mitad de hombres y oficiales que antes. Quedaban en el suelo los cuerpos, las ropas deshechas, algunos quemados y todos con el guante derecho crispado alrededor del papelito con el contrato de rendición, como si fuera entrada intrasferible para el gran teatro de los muertos.

La guerra es cruel con los del otro bando, pero también con los del de uno mismo (pags. 149-51):

Venían los argentinos a entregarse, papelito en mano, mirando el suelo para encontrar algo que darles a los del campo de presos. Cruzaban los ingleses. Los argentinos se hacían a un lado para dejarlos pasar. Los ingleses ni saludos: seguían adelante (…). Un pichi dice, escondido, “ya vas a ver”. Viene entonces un teniente argentino. Afeitado. Les grita a los rendidos. “Soldados: ¡formar!” Los rendidos forman. Guardan los papelitos en el bolsillo y el teniente hace como que no se los ve. Les grita órdenes, les pasa unos morteros y les indica la posición cuerpo a tierra. Los rendidos obedecen. El teniente argentino da la orden de fuego. Quiere que tiren a la patrulla inglesa. Los rendidos tiran uno o dos tiros de tantos que apretaron los gatillos: armas trabadas, balas húmedas, falta de fuerzas o ganas, guantes almidonados por el barro, muchas causas lo explican. El teniente putea, marcial. Dispara él con su pistola a la patrulla, que ya está lejos. Entonces una balita pasa chiflando cerca de los ingleses y el último británico se da vuelta, mira a los argentinos y al teniente, codea a los que siguen avanzando delante suyo y todos paran. Se distribuyen el trabajo: uno corre a un lado con el telémetro para tomar distancia. El otro corre al otro lado con el goniómetro para medir ángulos. Algunos se agachan en el suelo con niveles y trípodos para montar la misilera o el mortero. Los restantes se abrazan como jugadores de rugby y confabulan (…). Al final parece que se ponen de acuerdo, le regulan el ángulo al mortero, confirman la posición y llaman al que parecía el jefe que se acerca canchero, y sin agacharse, con un pie, dispara el mortero, o la misiliera. Sale el obús, o sale el misil en dirección al sitio donde el teniente argentino sigue gritando órdenes con la pistola descargada y con más rabia a los colimbas cansados que tiene ahí que a los propios británicos. Les habla. Dice que con soldados de mierda como ellos nunca se va a poder ganar una guerra y trata de recargar su Browning pero llega el misil o el obús, explota, le mata a todos los rendidos, o a la mayoría de ellos, y los ingleses se van sin siquiera contar cuántas bajas hicieron (…).

Tenemos, pues, degradación y violencia, crueldad y al mismo tiempo banalidad, engaños y mentiras, ilusión y decepción, precariedad y tecnología, diversión y burla macabra, y en otros pasajes, frío, hambre, suciedad, aburrimiento… ¿Qué son las guerras? Habría que vivirlas. Pero desde luego no son procesos en los que destacan los héroes, en los que se mantienen vivos los ideales, en los que uno se pone a combatir con todas las armas, en los que hace méritos que luego van a ser reconocidos, en los que se actúa como consecuencia de un plan, en los que hay códigos de respeto para con los de uno y otro bando…

¿Podría ser de otro modo? Algunos, los emotivos y falseadores de la historia, y desde luego los que no han luchado ni van a luchar, creen que sí. A menudo sacan a relucir la incompetencia de los jefes de uno de los bandos, incluso la perversidad de los que mandan hacer las guerras y no ponen los medios necesarios. Actuaciones como la de Argentina en las Malvinas se han visto también en el Imperio español en Cuba, o Marruecos, donde un bando decadente o mal pertrechado, aquejado por la corrupción o únicamente alimentado con la propaganda, se enfrenta a una gran potencia, moderna, dinámica, verdaderamente preparada para la guerra. Pero no es así. Por más que se prepare el contendiente, por más competente que sea, por más que cuide a sus soldados, siempre será ominosa su acción. E incluso, cuanto más vaya en esa línea, más abominable será.

El Roto, en El País, 28 de octubre de 2011

El Roto, en El País, 28 de octubre de 2011

Esplendorosas potencias, investidas de los más elevados ideales de libertad y democracia, por no hablar de los viejos imperios, o de los estados abiertamente totalitarios, todos ellos, junto con sus mitos de origen, sus himnos, sus flamantes banderas, los relucientes mármoles de sus salones, incluso sus espléndidos monumentos (a los próceres al tiempo que a los anónimos caídos), las caras de emoción de sus devotos patriotas al recordar las gestas nacionales, los discursos encendidos de los docentes, los documentos de identidad de los ciudadanos, las camisas alimidonadas de los grandes y respetables señores, los perfumes de las damas que les siguen y las luces incandescentes de los escaparates y los bulevares…, todos siempre esconden la guerra contra un enemigo, externo o interno, real o imaginado. Y en el desenvolvimiento de las operaciones bélicas encuentran su sentido. Y cuanto más crueles, más despiadadas, al tiempo que competentes, tecnológicas y macabras, mejor hacen su papel y más se fortalecen (hasta que llega un nuevo rival…).

Combatientes en Malvinas (sin referencia) (fuente: www.estado.com.br)

Combatientes en Malvinas (sin referencia) (fuente: http://www.estado.com.br)

Falta una cosa: ¿quiénes son los que combaten? La respuesta no se puede limitar a un único tipo de combatiente, obviamente, pero es cierto que, al igual que lxs obrerxs hacen el mundo, lxs soldadxs hacen la guerra, y como tales son obrerxs de las naciones. Quiquito es mecánico (p. 58), el Ingeniero es un peón (p. 25), el Turco es hijo de un pequeño propietario (p. 67), y la mayor parte de ellos son “cabezas negras”, y además de provincias, no de la capital (p 115), mientras que los británicos son “escots, gurjas y wels”, “negros” (p. 68), mercenarios que “ganaban de sueldo más que un general argentino, lo que es mucho decir (…)” (p. 119), reclutados en los territorios (neo)coloniales de la Commonwealth. Y es que, como dicen Los Suaves en Ourense-Bosnia, entre otras perlas, en la guerra “jóvenes pobres matan a jóvenes pobres mientras cuentan sus ganancias viejos ricos”. ¿Hasta cuándo? Ya hay muchxs que han dicho “yo no voy”. Pero esto también es otra historia.

Para terminar, todas estas reflexiones podrían tomarse como un material para una actividad didáctica. A algunxs les sonará más bien a panlfeto contra la guerra, pero, como es propio del historiador, todo ejercicio crítico exige partir de un problema y seleccionar todo aquello que permita resolverlo, modificarlo o desecharlo, y aquí hemos defendido que el problema es la guerra… La investigación sobre la guerra en general, y sobre la de Malvinas en particular, puede partir de una fuente literaria como la que nos brinda Fogwill. A partir de ella y de la ficción que plantea, se podría recopilar información procedente de otras fuentes (escritas, orales, gráficas…, tanto primarias como secundarias) para explorar los límites de la fantasía y la realidad en la literatura, y reflexionar sobre su potencial como fuentes históricas. Finalmente, se podrían buscar otras fuentes literarias referidas a otras guerras, implementar el mismo ejercicio y llegar a una comparación con el fin de reflexionar sobre el carácter abyecto y ominoso de la guerra desde distintas narrativas y casos históricos.

***

Referencias:

Entrevista a R.E. Fogwill, por Elsa Fernández Santos, en El Pais (Madrid) (20.3.2010). Última consulta oct. 2016. URL: http://elpais.com/diario/2010/03/20/cultura/1269039602_850215.html

Fogwill, R.E. (2006 [1982]): Los pichiciegos. Visiones de una batalla subterránea. Buenos Aires: Interzona. 156 pags.

Guembe, M.L.: “Fotografías para producir memorias”, Revista No-Retornable (Buenos Aires), nº 2, abril 2009. Último acceso oct. 2016. URL: http://www.no-retornable.com.ar/v2/dossier/guembe.html

“Imágenes de la guerra por las Islas Malvinas/Falklands”, BBC World Service. Última consulta: noviembre 2016. URL: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/04/120330_falklands_malvinas_guerra_cronologia.shtml

“Insumisión, 25 años de desobediencia”, eldiario.es (Madrid), 8/12/2013. Última consulta: octubre 2016. URL: http://www.eldiario.es/norte/euskadi/insumision-antimilitaristas-MOC-servicio_militar-noviolencia-desobediencia_0_204030288.html

Jornada “Debatir Malvinas”, Revista No-Retornable (Buenos Aires), nº 3, agosto 2009. Último acceso oct. 2016. URL: http://www.no-retornable.com.ar/v3/malvinas/

Lois, C. (2016): “Mitos territoriales en la cartografía argentina”, Informe Escaleno, 1/8/2016. Última consulta octubre 2016. URL: http://www.informeescaleno.com.ar/index.php?s=articulos&id=440#

Necrológica R.E. Fogwill, por Alejandro Rebossio, en El País (Madrid) (22.8.2010). Última consulta oct. 2016. URL: http://cultura.elpais.com/cultura/2010/08/22/actualidad/1282428002_850215.html

Romero, L.A. (2001 [1994]): Breve historia contemporánea de la Argentina. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. 332 pags.

“6 libros para conocer a Fogwill”, La Nación (Buenos Aires) (3.2.2016). Última consulta oct. 2016. URL: http://www.lanacion.com.ar/1867910-6-libros-para-conocer-a-fogwill

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