El oficio del historiador

Hay muchas maneras de entender el trabajo que realizamos las y los historiadores. Esos modos diversos, junto con los múltiples abordajes de la propia historia (ontología), del proceso por el que se aprehende y conoce (epistemología) y de las herramientas y técnicas de generación del conocimiento histórico (metodología), han sido agrupadas por los historiadores de la ciencia (en este caso, de la historia) en escuelas historiográficas, paradigmas, formaciones discursivas… Esta enorme variedad es lo que nos ha llevado en varias ocasiones a afirmar que el pasado, o lo que decimos sobre él, es algo muy vivo y que por tanto cambia, no sólo en el tiempo sino también en el espacio, es decir, en unos lugares y otros, entre unas tradiciones y otras, en unos equipos de investigación y otros.

Esto lleva a muchxs a considerar que la historia, como otras ciencias sociales, no es una ciencia, o al menos no es una ciencia confiable, pero no hay más que repasar, como han hecho S.J.Gould o Th. Kuhn, la evolución de disciplinas como la geología y la física para apreciar la contraposición de distintas maneras de ver la realidad tratada en disciplinas plenamente legitimadas.

Sin embargo, más allá de este debate y ante las distintas maneras de entender la historia y todo lo que conlleva, hay tres aspectos que me parece que son definitorios del oficio del historiador/a, entendido como un proceso complejo de construcción del conocimiento. Veámoslos someramente. Aludiremos a distintos investigadores que comparten esta perspectiva, aunque su núcleo se encuentra en los trabajos de Marc Bloch (1866-1944) y Lucien Febvre (1878-1956).

Algarrobo de 700 años de edad y, al fondo, el Cerro de los siete colores (Purmamarca, prov. Jujuy, Argentina) (foto JRC, ag. 2014)

Algarrobo de 700 años de edad y, al fondo, el cerro de “los siete colores” (Purmamarca, prov. Jujuy, Argentina) (foto JRC, ag. 2014). Son testigos, en sus anillos de crecimiento y en sus estratos, del paso del tiempo…

Primer aspecto: el estudio y crítica de las fuentes históricas. El conocimiento del pasado no se inventa (aunque la imaginación pueda y deba desempeñar su papel). Al contrario, se funda en pruebas, testimonios…, es decir, en las fuentes históricas, como hemos señalado repetidamente, por ejemplo a propósito de los archivos digitales. Aun así, como han indicado célebres historiadores, como el francés Jacques Le Goff o el español Manuel Tuñón de Lara, la fuente en sí misma no nos dice nada; el conocimiento no sale de ella espontáneamente. Es crucial la labor de interpretación, que implica una selección de los aspectos que desde el punto de vista de cada historiador o de su respectiva escuela historiográfica son relevantes. Guiados, por tanto, por el espíritu crítico, las y los historiadores aplican teorías, métodos y técnicas concretos para analizar las fuentes. Algo de esto intentamos sugerir hace poco y retomaremos en el futuro. A ello se añade que las fuentes consideradas deben ser cada vez más numerosas y más variadas (escritas, orales, gráficas, arqueológicas, antropológicas…), con toda la especificidad que exige el análisis y crítica de cada una de ellas.

Segundo aspecto: las complejas relaciones entre pasado y presente. Es cierto que existe, como realidad objetiva, un pasado. Sin embargo, es imposible acceder a él, porque ya no está. Sólo podemos averiguar cosas sobre él desde nuestro presente y en relación con él. (Esto lo reconocen igualmente, por cierto, de nuevo, las disciplinas que parten de la observación de la realidad, que son otras formas de hacer historia, como la física, ya que se ocupa de realidades pretéritas: el sonido, el reflejo de luz, la trayectoria de un cuerpo… demoran unas millonésimas o milésimas de segundo, cuando no millones de años luz, en llegar a nosotrxs, cuando las percibimos.) Por ello, las relaciones entre pasado y presente en la tarea de estudiar historia son muy complejas (conexión, conflicto, separación…). Esto implica tres cosas.

Por un lado, muchas realidades del hoy derivan del ayer, y sólo la puesta en relación de uno y otro puede revelarnos algo sustancial sobre uno u otro. Por otro lado, todo aquello que busquemos en el pasado parte de un interés forjado en el presente (aunque es cierto que a veces nos topamos con cosas imprevistas), y por ello el estudio del pasado es un estudio de nosotrxs mismxs y del futuro que queremos, o del futuro que quieren otrxs y que nos imponen… Finalmente, los contextos en los que investigamos condicionan enormemente lo que decimos del pasado (el grado de desarrollo técnico en determinada línea de investigación, los descubrimientos realizados, la financiación disponible, las condiciones laborales de lxs investigadorxs, la censura y autocensura…), y de nuevo tenerlos en cuenta nos permite controlar las diferencias, en este caso, entre pasado y presente. Algunos de estos aspectos los hemos tratado en alguna ocasión aquí, al reflexionar sobre nuestro pasado reciente, pero Galeano (1983: 438-9) aporta unas palabras clarividentes sobre la conexión, específicamente, entre pasado y presente:

Uno escribe para tratar de responder a las preguntas que le zumban la cabeza (…) y lo que uno escribe puede cobrar sentido colectivo cuando de alguna manera coincide con la necesidad social de respuesta (…). La veneración por el pasado me resultó siempre reaccionaria. La derecha elige el pasado porque prefiere a los muertos: mundo quieto, tiempo quieto. Los poderosos, que legitiman sus privilegios por la herencia, cultivan la nostalgia. Se estudia historia como se visita un museo; y esa colección de momias es una estafa. Nos mienten el pasado como nos mienten el presente: enmascaran la realidad. Se obliga al oprimido a que haga suya una memoria fabricada por el opresor, ajena, disecada, estéril. Así se resignará a vivir una vida que no es la suya como si fuera la única posible.

En Las venas [abiertas de América latina] el pasado aparece siempre convocado por el presente, como memoria viva del tiempo nuestro. Este libro es una búsqueda de claves de la historia pasada que contribuyen a explicar el tiempo presente, que también hace historia (…). [Aquí] se indagan el sonido y la huella de los pasos multitudinarios que presienten nuestros andares de ahora

Tercer aspecto: la toma de postura de lxs historiadorxs. Por todo lo comentado anteriormente, resulta claro que cualquier investigación entraña una toma de postura frente a la realidad y la manera de abordarla. Hacer historia es negar la historia en su totalidad: llamamos la atención sobre determinado aspecto y oscurecemos otros. Investigar es elegir y excluir. No existe la investigación neutral (aunque sí la que aspira a la objetividad, es decir, a la consideración del pasado como realidad concreta). La historia tradicional a la que muchxs estamos acostumbradxs es una historia que subraya el papel de unos y minimiza o niega el de otros, o que directamente se identifica con el poder. Frente a ella podemos reivindicar una historia que neutralice el dominio o hegemonía que determinados discursos sobre el pasado nos han impuesto a la hora de entender el mundo. Algo de esto comentaba ya Galeano (1983), pero el arqueólogo e historiador Alfredo González Ruibal (2010) va más allá.

Para él, en un mundo dominado por el neoliberalismo, la política ha sido sustituida por la pospolítica. En consecuencia, todo debate público, especialmente sobre asuntos candentes, como los referidos al pasado reciente (sobre todo la violencia antidemocrática previa a la (re)instauración de la democracia parlamentaria en Europa y América), está marcado por la imposición del “fundamentalismo democrático” y la “multivocalidad”, es decir, el rechazo de cualquier descalificación al sistema político liberal y la aceptación formal de todas las perspectivas (o voces) sobre asuntos polémicos como la violencia política. Ante ello, podemos reclamar una historia que tome partido en favor de determinados planteamientos y en contra de otros, esgrimiendo pruebas claras y contrastadas y defendiendo ideales políticos de amplio alcance (justicia, verdad, libertad…).

***

Para concluir quería recoger las palabras de un historiador del derecho, Francisco Tomás y Valiente (1972: 170-2), un hombre liberal pero comprometido explícitamente con su causa que, por lo demás, acabó siendo asesinado a balazos en el despacho de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que era rector, en el año 1996, en uno de los ciclos de acciones más oscuros y demenciales de ETA (del que forma parte, igualmente, el asesinato de Ernest Lluch). En ellas podemos oir la voz de un historiador serio, que explicita la relación entre pasado y presente, y se compromete en una lucha concreta, en esta ocasión la defensa de la tierra para quien la trabaja y en contra de la especulación:

¿Terminó ya la desamortización? ¿Es ésta una operación concluida, realizada irrepetiblemente? No me refiero con estos interrogantes a la cuestión de la vigencia de aquel fenómeno a través de sus efectos aún presentes, sino a la posible repetición en nuestros días y dentro de la esfera municipal, de operaciones aisladas entre sí, pero cuyo común resultado es o será  tal vez la pérdida de unos bienes municipales, que  pasarán a ser de propiedad privada.

El profesor Lorenzo Martín-Retortillo ha escrito hace muy pocos meses en relación con la más reciente jurisprudencia administrativa que “todo lo que sea poner trabas para la defensa y recuperación de los bienes municipales, puede considerarse como constituyendo una nueva desamortización”. La expresión parece válida en cuanto que alude a ocasiones en que esos bienes municipales pueden ser objeto por causa de la insuficiente defensa de los mismos, de otras tantas usurpaciones en beneficio privado.

Pero aún hay otras formas de “nuevas desamortizaciones”. Por ejemplo, las enajenaciones de bienes públicos (montes y bosques municipales cercanos a playas o a otros lugares de posible interés turístico) con miras a la urbanización de “zonas  residenciales”. En ocasiones, las actuales autoridades municipales defienden (y a veces realizan) tales enajenaciones argumentando por ejemplo (¿habrán leído el argumento sobre la variación de “la forma de la propiedad” esgrimido por Madoz y Escosura   en 1855?) que los pueblos o las ciudades en cuestión nada pierden, sino que transforman su propiedad al poder invertirse el producto de la venta de las tierras o bosques en otras reformas u obras municipales. Confieso que mi escepticismo ante tales razonamientos es inmenso: la experiencia histórica me convence más que los argumentos de algunos munícipes actuales.

Porque pienso y temo que si se enajenase, por ejemplo, la dehesa de El Saler de Valencia (mi ciudad, aunque no sea vecino de ella), los beneficiarios de tal desamortización total o parcial serían los compradores, y éstos no se encontrarían -temo y pienso- entre los modestos artesanos del barrio del Carmen; sigo temiendo y pensando que los compradores de tan excepcional paraje (o de las partes del mismo que se vendieran) pertenecerían más bien a la alta burguesía local, nacional o extranjera, y que, de consumarse el actual proyecto, el simple vecino valenciano encontrará difícilmente en el futuro un hueco libre del que poder disfrutar entre hoteles de lujo, pabellones colectivos, campo de golf y verjas de “chalets” de propiedad privada. ¡Ojalá esté yo equivocadol Esta cuestión de la dehesa valenciana ha saltado a las páginas de la prensa semanal y diaria; otras semejantes a ella tienen menor eco. Naturalmente, yo no pretendo terciar en polémica alguna. Pero, ¿será muy impertinente reflexionar estas páginas sobre un problema tan vivo?

Ya sé, ya, que el historiador -dicen- debe detenerse ante el hoy y no franquear la sutil e invisible barrera que separa (?) el tiempo pasado del presente. Sé también que no es académicamente usual terminar un pequeño libro de historia opinando sobre un problema presente. Pero me parece válido e ilustrativo contemplar cómo lo que pasó, puede seguir pasando; y ello no porque la historia se repita, sino porque se continúa. Y es que los tiempos cambian, sí; pero en algunos aspectos cambian muy poco

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Referencias:

Bloch, M. (1952 [1949]): Apologie pour l’histoire, ou metier de l’historien. París: Armand Colin (Cahiers des Annales, 3). 112 pags.

Febvre, L. (1992 [1952]): Combats pour l’histoire. París: Armand Colin. 456 pags.

Galeano, Eduardo (1983 [1971]): Las venas abiertas de América Latina. México DF y Madrid: Siglo XXI. 486 pags.

González Ruibal, A. (2010): “Contra la pospolítica. Arqueología de la Guerra Civil española”, Revista de Antropología (Santiago de Chile), 22, 2º semestre, pp. 9-32.

Gould, S.J. (1987): Time’s Arrow, Time’s Cycle: Myth and Metaphor in the Discovery of Geological Time. Harvard: Harvard University Press. 222 pags.

Kuhn, Thomas S. (2010 [1962]). La estructura de las revoluciones científicas. México Fondo de Cultura Económica. Traducción Carlos Solís Santos.

Le Goff, J. y M. Heurgon (1996): Une vie pour l’histoire : entretiens avec Marc Heurgon. París: La Découverte.

Tomás y Valiente, F. (1972): El marco político de la desamortización en España. Barcelona: Ariel. 172 pags.

Tuñón de Lara, M. (1983): ¿Por qué la historia? Barcelona: Salvat. 63 pags.

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