Migrar eternamente: el caso de “los alemanes del Volga” en Argentina

Quizás lo más característico de los humanos, como de otros animales, son las migraciones, los desplazamientos de poblaciones de un lugar a otro de la geografía. Estas migraciones pueden ser en una escala relativamente reducida, como cuando con cada estación se trasladan lxs pastores de las partes bajas a las partes altas de los valles (trasterminancia), en una escala mayor, cuando la gente (normalmente también pastores) se mueve de una región a otra (trashumancia), o en una escala mucho más amplia y sin seguir un patrón tan regular (temporal y espacialmente), en cuyo caso hablamos más propiamente de migración, y aquí habría que distinguir migraciones muy diversas (por unas razones económicas u otras, por razones culturales, ideológicas, políticas…). También encontramos a menudo, por supuesto, movimientos de expansión de determinadas potencias sobre otros territorios, poblaciones o países; entonces nos referimos al colonialismo e imperialismo, aunque esta peculiar variante se mezcla en algunas ocasiones con las migraciones de personas o grupos (sobre todo cuando se habla de las colonias de poblamiento).

El caso ahora no es hacer una tipología, sino subrayar que lo raro en la historia de la humanidad (y de otras especies y géneros animales) es precisamante permanecer en un lugar. El movimiento es una constante y la procedencia de cada uno (considerado individual o colectivamente) es, en verdad, un entramado de idas y venidas repetidas, una superposición, siempre provisional, de distintos orígenes. No hay más que rastrear de dónde vienen nuestros padres y madres, y los padres de cada uno de nuestros padres, y los padres de cada unx de nuestrxs abuelxs…

Por supuesto con ello no queremos dar alas al neoliberalismo, sustentado en la movilidad de mercancías, capitales y trabajadores, y tan amigo en consecuencia de la fluidez y liquidez de las identidades, los valores, los rasgos culturales…, constitutivos de un mundo cosmopolita entendido como “aldea global”, falsamente universal, en el que rigen en verdad la racionalidad capitalista y el sometimiento a sus dictados. Pero tampoco queremos comulgar con las rígidas nociones, tan usadas por los nacionalismos de diverso signo, sobre la identidad nacional, que suelen tener como punto de apoyo crucial y justificativo el discurso en torno a la estabilidad de las poblaciones en los territorios y su arraigo temporal de largo alcance.

Veremos, pues, un caso revelador de lo que comentamos, el de los alemanes del Volga y sus descendientes, instalados a orillas de este gran río euroasiático y de algunos de sus cursos tributarios a finales del siglo XVIII (como hicieron otros europeos también). Muchos retomarían más tarde el camino de la migración y acabarían en América. Y otros permanecerían hasta las deportaciones de Stalin, de modo que hoy se les encuentra en distintos lugares de Siberia. Esta es parte de su historia, una historia de migraciones repetidas a lo largo del tiempo, que, como no podía ser de otra manera, nos va a llevar lejos…

Los alemanes del Volga

El origen del desplazamiento de distintas comunidades alemanas a Rusia está en la política fisiócrata, al tiempo que imperialista, de la zarina Catalina II, ella misma alemana, casada con el efímero Pedro III (1762), que va a reinar entre 1762 y 1796. Esta política se plasmó, entre otras cosas, en dos decretos (uno del 4 de diciembre de 1762 y otro del 22 de julio de 1763, dirigidos en el primer caso a los colonos europeos en general y en el segundo a los alemanes en particular) que animaban al traslado de campesinos al medio y bajo Volga. Los objetivos, como parte de esa política fisiócrata e imperialista, eran la explotación económica (principalmente agrícola) y la defensa del territorio frente a los grupos nómadas, vinculados formalmente con las confederaciones herederas del imperio mongol, aunque quizás también se buscaba neutralizar las amenazas cernidas sobre el proyecto imperial por parte de destacados caudillos o líderes campesinos, como Stepan Razin y Emelian Pugachev, y sus seguidores (alzados en 1670 y 1772-1774, respectivamente). De acuerdo con Spack (2008), la apelación a los extranjeros (o rusos evadidos, es decir, huidos aparentemente por la comisión de delitos), y no a los propios rusos residentes en los territorios de la Corona, se justifica por el sistema de la servidumbre, que tenía ligados indefectiblemente a los campesinos a sus señores, si bien quizás también influyeron las destrezas y conocimientos técnicos atribuidos a las poblaciones alemanas y europeas en general.

Panorámicas del río Volga entre Samara y Saratov (fotos JRC,  agosto 2007)

Las razones que van a llevar a muchos alemanes específicamente a emigrar al Volga son muy variadas. Como señalan Popp y Dening (1977), son de tipo político, económico y cultural, y se concretan en dos grandes aspectos: la Guerra de los Siete Años (1756-1763) y los conflictos religiosos. La Guerra trajo, por un lado, la destrucción y el hambre a distintas regiones europeas, como los estados alemanes de Hesse y Palatinado. Por otro lado, exigió una sangría demográfica, dado que muchos grandes propietarios (de nuevo por ejemplo en Hesse) enviaban a parte de sus siervos a combatir en las filas aliadas, en este caso Inglaterra, a cambio de dinero. Y, finalmente, prosiguió la secular carga fiscal, en esta ocasión para financiar esa guerra. Los conflictos religiosos, por su parte, se derivan de los choques entre los poderes establecidos (religiosos y seculares) y los movimientos reformadores que, como en numerosos estados alemanes, proliferan desde la Edad Media (menonitas, waldenses…). Ante la represión ejercida por el poder, muchos de sus seguidores se van a ver forzados al exilio. A menudo se sentirán atraídos por las representaciones populares sobre Catalina II y, más tarde, su hijo Alejandro I, que encarnan desde su punto de vista un cristianismo puro y ejemplar.

Las migraciones van a iniciarse como consecuencia de la llegada de agentes oficiales rusos, aunque también privados, a los estados alemanes y otras partes de Europa. En algunos casos, se van a entablar acuerdos entre la zarina y los príncipes alemanes y otros reyes, esto es, entre las casas reales europeas. Según cálculos de Popp y Dening (1977: 22), el 80% de los europeos desplazados a Rusia en esta época fueron alemanes, mientras el resto se repartía entre poblaciones de lo que después han sido Suecia, Suiza, Francia, Holanda, Yugoslavia y Polonia. De ese 80% una parte importante procedía de los estados suroccidentales (Hesse, Renania, Palatinado, Westfalia y Baden-Würtemberg), como podemos ver en el mapa del inicio de esta entrada.

Los emisarios rusos llegaban a las poblaciones, reclutaban voluntarios para emigrar,  los juntaban en grupos dirigidos por “alcaldes” y les ofrecían un contrato: los emigrantes eran animados a desplazarse a Rusia a cambio de libertad en el ejercicio de su religión (católica o protestante) y uso de su lengua, exención fiscal y de servicios al estado (militares o civiles), posesión de la tierra a perpetuidad, la posibilidad de comprar nuevas tierras y autonomía administrativa, educativa y judicial. El estado ruso prometía, asimismo, apoyo económico y logístico para la instalación de los colonos. Éstos, por su parte, se comprometían a cumplir con los objetivos de la colonización estipulados por la Corona (cultivo de determinada extensión de tierra), a devolver las ayudas recibidas y a cumplir con las leyes rusas.

Con ello, y con los viajes de los primeros grupos de alemanes desde Lübeck (Schleswig-Holstein) hasta Kronstadt y Oraniembaum/Lomonosov, junto a San Petersburgo, comienza desde finales del siglo XVIII el desplazamiento de campesinos europeos a Rusia, que se prolongará aparentemente hasta mediados del siglo XIX (1861), cuando se decreta el fin de la servidumbre y se permite una mayor movilidad a los propios rusos, en principio.

Las comunidades del Volga, de las más importantes de campesinos europeos en Rusia (otras fueron las del Mar Negro y, en menor medida, el Cáucaso), se instalan junto a las poblaciones y explotaciones ya existentes de los rusos. Éstos habían ido penetrando, desde las campañas de Iván IV el Terrible a mediados del siglo XVI (tras la toma de Kazán en 1552 y de Astraján en 1556), en las estepas, controladas por las complejas confederaciones de pastores nómadas salidas de la descomposición de la Horda de Oro en el siglo XV: los nogai, kalmukos y kazajos; unos y otros mantienen complejas relaciones, de las que da cuenta el investigador Jodarkovsky en un excelente estudio (Khodarkovsky 2002). Los terratenientes rusos se van instalando con sus siervos en mayor número a partir del XVII gracias a la creación de fuertes o ukrainii razriad por parte de la Corona, y explotan extensivamente las mejores tierras. La presencia de los campesinos europeos, y fundamentalmente alemanes, viene a añadir un estrato más en la complicada configuarción étnica de la zona, pero en cualquier caso, como decíamos más arriba, parecen ser usados no sólo para promover el desarrollo agrícola de Rusia, sino también para formar “una frontera viva que significaría un bloque humano civilizado y naturalmente una barrera contra esos indeseables invasionarios”, según las cargadas palabras de Popp y Dening (1977: 36).

Las ocupaciones más antiguas se documentan en la margen derecha del Volga (y ríos tributarios), en la zona más escarpada (Bergseite), a partir del asentamiento evangélico de Dobrinka, en la provincia u oblast de Saratov. De acuerdo con los datos recogidos por estos autores (Popp y Dening 1977: 36, 48, 123-4), entre 1764 y 1767 las aldeas (de diversas confesiones) superarán el centenar. Paralelamente a esta expansión se irán sumando nuevas fundaciones en la margen izquierda, en la llanura o estepa, y por tanto en las zonas de pradera (Weisenseite). En conjunto, a principios del siglo XX llegarán a 195 colonias. Los contingentes sumaban en 1769 unas 23.000 personas, si bien al parecer habían salido de los estados alemanes originariamente 30.000, y a mediados del siglo XIX alcanzarían las 200.000, mientras que por el censo de 1897 se sabe que llegaron a más de 400.000. Por otro lado, estos mismos autores calculan que la superficie total bajo control de las comunidades alemanas (a partir de la compra de lotes a terratenientes rusos y a los grupos indígenas, así como por la cesión de terrenos por parte de la Corona) alcanzó a principios del siglo XX 1,9 millones de hectáreas, aunque otros plantean que llegaron hasta 2.725.000 o incluso 3 millones de hectáreas (Spack 2008).

A lo largo de los años, las comunidades alemanas van creciendo aisladas, aparentemente. Por ello, conservan su idioma, su cultura, su religión, además de sus prácticas económicas y sus tradiciones domésticas y familiares. Desarrollan una importante producción agraria y artesanal. Pero nadie vive en el vacío, en realidad. Las relaciones con el estado ruso y con otras comunidades campesinas van a generar determinadas tensiones que en unos casos se resuelven, o se sobrellevan, y en otros van a acabar desencadenando nuevas migraciones. La más célebre es la que empujará a nuevos contingentes de campesinos descendientes de los alemanes del Volga al continente americano en la segunda mitad del siglo XIX.

Las poblaciones que permanecen en el Volga proseguirán con parte de sus tradiciones, si bien cada vez más integradas en la sociedad y cultura rusas. El área que ocupan tradicionalmente adquiere una cierta entidad administrativa cuando en 1871 se constituyen los municipios de los Alemanes del Volga o nemetskie volosti. Como indica Spack (2008), éstos darán lugar a principios del siglo XX, con la revolución bolchevique, a la Comuna Obrera (Trudovaya Kommuna) de los Alemanes del Volga en 1918, que a su vez será la base de la República Autónoma Socialista Soviética de los Alemanes del Volga (Nemrespublika) desde 1924.

En los años 40, y con motivo de las políticas de control demográfico de Stalin y el avance nazi en todo el occidente de la URSS (hasta las puertas de Moscú y el propio Volga, con la tristemente famosa batalla de Stalingrado/Volgogrado) en la Segunda Guerra Mundial, la República es abolida y las poblaciones de origen alemán irremediablemente erradicadas del gran valle. Para ello, fundamentalmente, fueron deportadas a Siberia, donde fueron obligadas a instalarse. Desde allí y otros lugares de la actual Federación Rusa algunos miembros de esas comunidades y algunos entusiastas mantienen hoy viva su tradición, o intentan recuperar incluso los restos materiales de su civilización, como los autores y colaboradores de la excelente web Geschichte der Wolgadeutschen (www.wolgadeutsche.net).

Sabemos también de algunos encuentros entre estos descendientes de alemanes en Siberia (normalmente llamados rusos alemanes) y los que provienen de los que emigraron de Rusia a finales del XIX. Volvamos a éstos para seguir con nuestra historia.

Los alemanes del Volga y sus descendientes en Argentina

De nuevo de acuerdo con Popp y Dening (1977: 123-4 y 129-36), la primera causa de las migraciones de la segunda mitad del siglo XIX se refiere a la propiedad de la tierra. Los colonos descendientes de los alemanes llegados a finales del siglo XVIII van a ir aumentando sus propiedades, como hemos visto más arriba. Sin embargo, no tanto como hubieran querido, pues en el caso de las tierras entregadas por la Corona les será aplicado el sistema tradicional de distribución de la tierra en cada “comunidad campesina” o mir. Éste no permitía una acumulación de tierras acorde con el crecimiento demográfico de estos grupos, dado el mantenimiento de su carácter comunal generación tras generación. Para acceder a la propiedad privada, estos campesinos debían desplazarse a otros lugares, como Siberia (cuyo dominio en manos de Rusia culmina en la segunda mitad del XIX, junto con el Asia central o Turkestán, como podemos ver en el mapa).

Mapa de la expansión del Imperio ruso Fuente: J.M. Fernández Ros y otros (2009): Historia del mundo contemporáneo. 1º Bachillerato. Madrid: Santillana, p. 115

Mapa de la expansión del Imperio ruso Fuente: J.M. Fernández Ros y otros (2009): Historia del mundo contemporáneo. 1º Bachillerato. Madrid: Santillana, p. 115

A ello se añade, en segundo lugar, el servicio militar obligatorio para toda la población, incluidos los alemanes del Volga, implantado por Alejandro II a mediados del XIX, que dejaba sin efecto la exención reconocida desde tiempos de Catalina II. En tercer lugar, especialmente desde los reinados de Alejandro III y Nicolás II, desde finales del siglo, se lleva a cabo una política de rusificación de la población, que buscaba homogeneizar el país a todos los niveles (económico, social, cultural), supuestamente para afianzar el poderío del Imperio, y que va a conllevar, entre otras cosas, una presión sobre estas comunidades alemanas en el Volga. Finalmente, también influyó un recrudecimiento de las condiciones ambientales, con sucesivas sequías, especialmente en 1871.

Por todo ello, en la segunda mitad del siglo XIX numerosos descendientes de los europeos llegados a Rusia retoman el camino de la emigración fuera de Rusia, y ello a pesar de las nuevas ofertas de la Corona para la instalación en las nuevas zonas de frontera, en esta ocasión el Cáucaso y el extremo oriental de Siberia, donde la conquista avanzaba y se requería de población leal al Imperio, en principio, para colonizar y afianzar el control del territorio. Los contingentes se dirigirán principalmente a América: Canadá, Estados Unidos, México, Brasil y Argentina.

Aunque ya habían emigrado muchos rusos de múltiples orígenes geográficos (entre otros, alemán) y culturales (judíos) a América en el siglo XIX, y especialmente a Estados Unidos, las migraciones de alemanes del Volga corresponden a los años 70. La migración a Estados Unidos y Canadá comienza en 1872, a Brasil entre 1873 y 1876, y a Argentina entre 1877 y 1878. Posteriormente, en el siglo XX, se documenta la instalación de distintas comunidades, especialmente de menonitas, en México en 1922 y 1927, y en Uruguay y Paraguay en fechas no precisadas.

La instalación en Argentina, que podemos seguir a través del estudio de Popp y Dening (1977: 137 y ss.), supuso el traslado de unas 1.000 personas en varios buques (el Salier y el Montevideo) desde el puerto de Bremen hasta Buenos Aires entre fines de 1877 y principios de 1878. En este caso también hubo una llamada a los posibles inmigrantes en los meses previos, que se concretó en la Ley básica nº 817 de Inmigración y Colonización (19 de octubre de 1876), a instancias del presidente Nicolás de Avellaneda, en las gestiones del Comisario General de Colonización, Carlos Calvo, destinado en París y encargado de atraer a los colonos hacia Argentina (agosto de 1877), y en la firma de un convenio entre los representantes de 200 familias de alemanes del Volga y el Comisario General de Inmigración de la República de Argentina (3 de septiembre de 1877). Todo ello se produce en el contexto de interesantes debates sobre la necesidad de recibir población foránea, como los que tuvieron lugar en el Senado argentino en noviembre de 1877 y conducirían a la instalación de la primera colonia, la de Hinojo, en la provincia de Buenos Aires.

Los objetivos por parte del gobierno argentino son similares en cierto sentido a los del estado ruso a finales del siglo XVIII: el desarrollo económico (agrícola y ganadero), pero también la defensa (en principio pasiva) del territorio, recién conquistado a los grupos autóctonos y por tanto en liza con ellos, especialmente con los del sur y oeste de la provincia de Buenos Aires a partir de la llamada “Campaña del desierto” (1878-1885).

Captura de pantalla del mapa de la distribución de colonias de alemanes del Volga en Argentina (fuente: www.alemanesdelwolga.com.ar)

Captura de pantalla del mapa de distribución de colonias de alemanes del Volga y sus descendientes en Argentina (fuente: http://www.alemanesdelwolga.com.ar)

Las primeras colonias fueron Hinojo, en la provincia de Buenos Aires, fundada en enero de 1878, y General Alvear, en Entre Ríos, también en enero de 1878. En torno a ellas irán surgiendo en los años posteriores otras, como Valle María, Salto, San Francisco, Spazenkutter…, en torno a General Alvear, y Santa María, San José, Santa Trinidad, Arroyo Corto, Cascada…, en la provincia de Buenos Aires. Aquí hay una lista completa de las colonias existentes hoy en día, que incluyen, además de las de las provincias citadas, otras en Santa Fe, Misiones, Corrientes, El Chaco, Córdoba, La Pampa, Neuquén y Río Negro.

Estampas de las primeras comunidades de alemanes del Volga en Argentina a finales del siglo XIX y principios del XX (sin referencia) (fuente: http://www.aadav.org.ar)

Las tierras de los colonos fueron, en algunos casos, entregadas por el estado, a raíz de la Ley de Expropiación de 1878, y en otros eran compradas por grupos de campesinos a terratenientes absentistas; algunos, como el coronel Ángel Plaza Montero, habían adquirido las fincas como consecuencia de su participación en campañas contra las poblaciones indígenas, como la de “El Desierto”. En algunos casos, como el de la colonia General Alvear (Entre Ríos), el estado quiso impedir la formación de aldeas y someter a los colonos a una nueva organización, en teoría para lograr una explotación más intensiva, imponiéndoles el sistema de chacras o pequeños lotes independientes. La resistencia y determinación de los colonos permitieron que prevaleciera el modo comunitario de explotación que traían consigo desde el Volga, junto con otras tradiciones, como los modelos urbanísticos, la religión, el idioma… Al parecer, los colonos procedentes de los Weisenseite mantuvieron con más éxito algunas de sus tradiciones (por ejemplo constructivas) que los que venían de los Bergseite.

Hoy en día se siguen produciendo migraciones, sobre todo por la falta de tierras para los nuevos efectivos demográficos, y por ello encontramos descendientes de los alemanes del Volga en el Gran Buenos Aires y en torno a los polos industriales de Rosario y Córdoba.

Discusión

Hoy hemos viajado con varios grupos de migrantes a lo largo de varios continentes y siglos distintos. Son sólo uno de los muchos casos que pueden recogerse. Por supuesto, son múltiples los aspectos que nos sugieren, y profundizar en ellos nos llevaría muy lejos.

Por un lado, podríamos investigar más detenidamente cuáles fueron y son sus costumbres, sus tradiciones, sus prácticas económicas, culturales, políticas, y cómo han ido cambiando según avanzaba el tiempo y se pasaba de un escenario a otro. En este sentido, hay rasgos, como las construcciones semisubterráneas que ponen en marcha los alemanes llegados al Volga (para protegerse del gélido frío continental) pero también los que emigran a Argentina (para impedir su desmantelamiento en ese conflicto que citábamos con las autoridades en torno al modelo de distribución de parcelas…), que sugieren un gran dinamismo en las identidades de estos migrantes; un dinamismo que está muy lejos de las imágenes folklóricas que a menudo se difunden sobre estos grupos, o de los rasgos que supuestamente les caracterizan de un modo monolítico u homogéneo. Aunque muchos hacen gala de los dialectos, bailes y platos tradicionales, en gran medida para conservarlos, otros (quizás algunos de ellos mismos) se implican en sus propios contextos, empleando estratégicamente, según la situación, muchos de los rasgos, valores, ideas, conceptos y hasta objetos heredados del pasado (muchos de ellos, además, moldeados en función precisamente de esos contextos, con las influencias de muchas otras culturas, como en el caso de esas viviendas subterráneas, tomadas de formas muy antiguas de construcción doméstica en las estepas). No en vano, existe hasta un elevado número de  víctimas de la última dictadura cívico-militar en Argentina (1976-1983) que muestra su socialización en las nuevas tierras, si bien en este caso de un modo dramático e indeseado, lógicamente.

Por otro lado, el caso de los alemanes del Volga sugiere aspectos que se repiten en otras tesituras (por ejemplo de la historia de la Península ibérica, del extremo Oriente ruso o de Estados Unidos) y que, por tanto, nos pueden llevar a una perspectiva comparada sobre este tipo de migraciones en las que se involucran comunidades completas, aunque este tipo de enfoques requiere un tratamiento cuidadoso para dar cuenta de la complejidad de cada caso. Entre otros, podríamos destacar los siguientes aspectos.

En primer lugar, en el contexto de la Península ibérica durante la Alta y Plena Edad Media (siglos IX a XIII) aparecen distintas comunidades de cristianos que han vivido bajo dominio musulmán (mozárabes) y que son animadas a desplazarse a territorios de frontera, recientemente conquistados y bajo gobierno cristiano, como el valle del Duero y los cursos bajos de algunos ríos pirenaicos o incluso determinadas zonas del Ebro, Llobregat, Turia y Júcar, para que los exploten al tiempo que los defienden (pasiva o activamente); para ello, los reyes o los concejos promulgan las cartas puebla, en las que se establecen las condiciones ventajosas para el asentamiento de estos grupos, valorados en muchos casos por sus conocimientos técnicos en arquitectura, agricultura, artesanía y comercio, además de por su devoción religiosa.

En segundo lugar, en este mismo caso, como en el de los alemanes del Volga y en otros distintos, como la conquista del extremo oriental de Siberia o el Oeste de América del norte, se plantea la discusión sobre las relaciones que van a mantener estos nuevos grupos con las comunidades locales, porque desde luego se producen (dado el mestizaje que se deriva de sus encuentros en muchas ocasiones), a pesar de que los historiadores y los sistemas políticos a los que legitiman con su discurso tienden a plantear la colonización en el vacío, sobre una terra incognita, o en el mejor de los casos como un proceso de solapamiento y sustitución de unos ocupantes por otros (cristianos frente a musulmanes, alemanes frente a nómadas, colonos frente a indios…).

Finalmente, hay otras experiencias históricas en las que aparecen los alemanes y otros campesinos europeos requeridos para colonizar y explotar amplios territorios en otros países, como es el caso de España durante el reinado de Carlos III. Entonces, a finales del siglo XVIII, bajo la iniciativa del intendente de Sevilla, Pablo de Olavide, y el fiscal del Consejo de Castilla y posterior ministro de Justicia, Gaspar Melchor de Jovellanos, se comienzan a desamortizar los comunales (propios y baldíos) de algunos señoríos laicos para su privatización y colonización por parte de campesinos “libres”, entre ellos alemanes.

El último gran aspecto que nos sugiere el caso que nos ha ocupado hoy es la cuestión nacional. Dada la complejidad de la experiencia de los alemanes del Volga y sus descendientes, asimilable a las de muchas otras comunidades en otras circunstancias históricas, resulta claro que las identidades nacionales no se pueden sostener sobre conceptos rígidos, monolíticos y estables del ser nacional, al menos no desde un punto de vista racional (que es, por cierto, el que tradicionalmente evitan los discursos nacionalistas desde el Romanticismo). Puestos a defender la existencia de una nacionalidad desde ese punto de vista, no debe perderse de vista que lo que amalgama y da forma a una comunidad es un vínculo genético provisional, vigente durante unas pocas generaciones, y una serie de relaciones (con sus manifestaciones superficiales, fenoménicas) igualmente mantenidas como tales sólo circunstancialmente, dadas las idas y venidas constantes que hemos ido apreciando en la conformación de los efectivos demográficos y las prácticas económicas, políticas y culturales de cada contexto. Lo contrario es una manipulación y una mentira reales, aunque no siempre patentes y manifiestas, salvo en determinados casos de poblaciones muy aisladas, que por lo demás es raro que desarrollen ese tipo de nociones y discursos nacionalistas. Y aun en esas ocasiones se deberían considerar así, como comunidades homogéneas desde el punto de vista genético y práctico, de un modo provisional. Porque vivimos en relación y en movimiento, y la conformación de los mundos de la historia (más aún cuando globalmente se conectan desde el siglo XVI, a veces hasta el aniquilamiento, por cierto) pasa por el entrecruzamiento y desplazamiento de sus partes.

Quisiera acabar estas reflexiones con unas sentidas palabras de Popp y Dening (1977: 156) precisamente sobre el ser nacional, aunque puedan tener alguna vuelta, como todo, claro:

“Es frecuente escuchar a los personajes que se sienten dueños del país decir que los alemanes del Volga obtuvieron como “dádiva” o regalo su bienestar del cual gozan desde hace tiempo en la Argentina; nuestro punto de vista es diferente y afirmamos con conocimiento pleno de las cosas, que nuestros antepasados -junto con otras razas de colonizadores-, fuimos el complemento indispensable para que el País llegara al desarrollo que hoy ha logrado. Nuestros padres europeos vinieron al país por invitación de otros europeos que habían llegado antes; todo es cuestión de fechas: algunos están aquí desde 150 años, los nuestros se instalaron 50 años después. En cualquier caso, es un período de tiempo lo suficientemente largo para sentir pleno derecho de sentirnos como en nuestra casa; nada  recibimos como regalo de nadie; ni siquiera el solar en donde levantamos nuestra casa; muchas veces fuimos incomprendidos y tratados de parias. Pero cuando vinimos pisando el barro de los campos y el único perfume que nos acompañó durante toda nuestra vida fue el olor a tierra recién arada, resultamos tan argentinos como el que más, llámese como se llamare”.

***

Fuentes:

Khodarkovsky, M. (2002): Russia’s steppe frontier. The making of a colonial empire, 1500-1800. Bloomington: Indiana University Press. 290 pags.

Popp, V.P. y N. Dening (1977): Los alemanes del Volga. Autoedición (Buenos Aires). 241 pags.

Rolland Calvo, J. (2009): Las estepas centroeuroasiáticas durante la Edad del Bronce. Aspectos teóricos y metodológicos. Anexo I: “Trayectoria histórica general de las poblaciones de las estepas euroasiátcas y sus zonas afines” (pp. 407-452). Madrid: Universidad Complutense (colección digital tesis doctorales).

Spack, A. (2008): “Volga German Area”  en  Geschichte der Wolgadeutschen. Traducido por Tatiana Schell. Última consulta octubre de 2016. URL: http://wolgadeutsche.net/lexikon/_Wolgagebiet_eng.htm

Referencias:

“Álbum fotográfico de las antiguas colonias alemanas en el Volga (en ruso)” en Geschichte der Wolgadeutschen. Última consulta octubre de 2016. URL: http://archiv.wolgadeutsche.net/album/18

“Álbumes familiares (en ruso)” en Geschichte der Wolgadeutschen. Última consulta octubre de 2016. URL: http://archiv.wolgadeutsche.net/category/113

American Historical Society of Germans from Russia. Web: http://www.ahsgr.org/

“Archivo/Fuentes documentales (en ruso)” en Geschichte der Wolgadeutschen. Última consulta octubre de 2016. URL: http://wolgadeutsche.net/archiv.htm

Asociación Argentina de Descendientes de Alemanes del Volga. Web: http://www.aadav.org.ar/index1.htm

Asociación de  Alemanes del Wolga en Argentina (AAWA). Web: http://www.alemanesdelwolga.com.ar/

“Bibliografía” en la página web de la AAWA. Última consulta octubre de 2016. URL: http://www.alemanesdelwolga.com.ar/pagina/bibliografias.php?nr=10&offset=0&tngpage=1

Centro Argentino Cultural Wolgadeutsche. Web: http://www.cacw.com.ar/index.php?page=home

Geschichte der Wolgadeutschen. URL: http://wolgadeutsche.net/index.php

“Iglesias alemanas en el Volga (en ruso)” en Geschichte der Wolgadeutschen. Última consulta octubre de 2016. URL: http://archiv.wolgadeutsche.net/category/117

“Mapa de asentamientos de alemanes del Volga en Argentina” en la página web de la AAWA. Última consulta octubre de 2016. URL: http://www.alemanesdelwolga.com.ar/pagina/articulos-2.php?mediaID=56

Mapa de la República S.S. de los Alemanes del Volga en Gesichte der Wolgadeutschen. Última consulta octubre de 2016. URL: http://wolgadeutsche.net/kartografer/assrdwd1938.html

Mapas del CACW. Última consulta octubre de 2016. URL: http://www.cacw.com.ar/index.php?mghash=98e243a53ae0b0e74700655018e2661f&page=gallery&mggal=4

Volga Germans (parte de la AHSGR). Última consulta octubre de 2016. URL: http://www.ahsgr.org/

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