Revoluciones: esquema de un proceso histórico crucial

Portada de Animal Farm (ed. 1966, diseñada por Paul Hogarth) (foto: www.pinterest.com)

Portada de Animal Farm (ed. 1966, diseñada por Paul Hogarth) (foto: http://www.pinterest.com)

En su libro Revoluciones del mundo moderno, que hemos utilizado varias veces en clase (por ejemplo a propósito de la Revolución inglesa, la Revolución francesa y la Comuna de París), Alfonso Lazo dedica un capítulo introductorio al significado de las revoluciones en la historia. Nos explica que para numerosos investigadores, con diversas maneras de ver el pasado (es decir, de distintas escuelas historiográficas), las revoluciones son momentos cruciales en el devenir histórico; algunos de los historiadores que más insisten en ello, aunque no los únicos, son los materialistas históricos o marxistas. Las revoluciones son de muchos tipos, en función del ámbito del que tratemos; las más vistosas son las revoluciones económicas, como la Revolución neolítica o la Revolución industrial, o las revoluciones políticas, como la Revolución francesa o la Revolución rusa. (También hay culturales, como la que provocan las llamadas “vanguardias artísticas”.) Sin embargo, el tema da para mucho más que para una tipología. Podemos discutir cómo suceden, cómo tienen lugar, qué esquema básico parecen definir, qué aspectos tienen en común pese a su tremenda variedad. Y eso es lo que vamos a hacer hoy, aunque sólo respecto a las revoluciones políticas y en un sentido más o menos general. Para ello seguiremos con el texto de Alfonso Lazo, pero también nos meteremos en un libro maravilloso que se tradujo en su momento como Rebelión en la granja (Animal Farm, en su versión original), de George Orwell, e iremos repasando algunos casos históricos para ilustrar lo que veamos. Con ello, por cierto, os encontraréis, presentado de un modo distinto, algunos de los episodios que habéis estudiado o estudiaréis en clase, y que quizás nunca pensasteis contemplar en este sentido.

El libro de Orwell, que os recomiendo (especialmente si lo conseguís en inglés -por cierto, aquí tenéis una versión leída en este idioma), es una fábula. Esto significa, de acuerdo con la definición que ofrece la RAE, que es un relato literario relativamente breve, ficticio, con personajes que pueden ser animales humanos y no humanos, o seres fantásticos, y que tiene una finalidad didáctica o crítica. Animal Farm nos habla de una revolución que estalla en una granja inglesa, la Manor Farm (Granja solariega), por parte de los animales criados en ella, sometidos, como los del resto del país, a una profunda explotación por parte de los granjeros, con el señor Jones a la cabeza. Como consecuencia de un levantamiento inicial, que se desencadena en un contexto de decadencia y precariedad crecientes, los humanos son expulsados y la granja es tomada por los animales, lo que les lleva a denominarla La granja de los animales (Animal Farm). Nace así un proyecto que revoluciona la organización tradicional de la granja. Sin embargo, y aquí viene la moraleja o mensaje profundo de la historia que acaba de configurarla como fábula, la revolución se malogra por la acción de unos pocos, en este caso los cerdos, al parecer más inteligentes y hábiles que el resto, y también más autoritarios…

Lazo entiende que las revoluciones políticas se producen cuando la estructura tradicional de una sociedad (su organización política, sus leyes, sus instituciones…) choca con la aparición de nuevos grupos y nuevas relaciones entre ellos que plantean en definitiva un modo de organización novedoso, distinto. En esos momentos o bien se da una reacción conservadora por parte de los que detentan ese poder tradicional, que frena la revolución, o bien los grupos revolucionarios consiguen hacerse con el poder y desplazan a aquéllos, implantando un nuevo sistema político.

Este esquema general es válido, porque lo encontramos en diversos casos históricos. Sin embargo, la fábula de Orwell consigue concretar algunos aspectos más que son clave para caracterizar los fundamentos de cualquier revolución política. Nosotros vamos a destacar sólo dos.

En primer lugar, las revoluciones, como procesos históricos complejos, siempre cuentan con la participación de numerosos grupos con múltiples intereses; no son movimientos de un grupo único y homogéneo de revolucionarios. Estos intereses acaban chocando y de ese choque quedan representados, contemplados, victoriosos sólo algunos de ellos. Es decir: en toda revolución acaba predominando el interés de una parte de los que participaron en ella frente al resto. Normalmente esto supone frenar muchas de las aspiraciones de los revolucionarios, o como decíamos, malograr la revolución. En el libro de Orwell esto se aprecia en que el grupo de los cerdos, asistido por un ejército de perros rabiosos y agresivos, instaura un nuevo sistema de explotación de los animales por los propios animales. La nueva casta, otrora parte de los explotados, manipula los principios que originariamente inspiraron la revolución, falsea su historia y acaba cayendo en las prácticas y vicios de los antiguos explotadores (entre otras cosas se apropian del trabajo ajeno y disfrutan de privilegios que los demás no disfrutan); para colmo, dan por finiquitada la revolución y proclaman el nacimiento de un nuevo estado, una república (Orwell 1964: 77 y 99).

En este sentido, aunque parece que también en el conjunto de la obra, Animal Farm es una metáfora de aquello en lo que, a ojos de Orwell y otros contemporáneos, se estaba convirtiendo la Unión Soviética, un sistema político surgido de una revolución originariamente gloriosa que apostó por acabar definitivamente con cualquier forma de explotación del hombre por el hombre. En efecto, desde antes de la Segunda Guerra Mundial, con la llegada de Iosif Stalin al frente de la secretaría general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) tras la muerte de Lenin en 1924, se abre un proceso de concentración del poder en manos de la cabeza del PCUS y en detrimento de los soviets que supone una nueva tiranía para Rusia y otros estados socialistas del entorno. Precisamente, esto implicó renunciar a la extensión de la revolución en otros países del resto del mundo y eliminar físicamente a algunas grandes figuras de la revolución (cuando no a miles de personas menos conocidas), acusadas de contrarrevolucionarias y conspiradores pero que en muchos casos abogaban por radicalizar la revolución hasta sus últimas consecuencias. Ambos aspectos se pueden ver claramente en la fábula de Orwell cuando se describe la polémica entre dos de los cerdos más célebres (Bola de Nieve, que es partidario de extender la revolución a otras granjas, y Napoleón, que defiende consolidarla sólo en La granja de los animales) y cuando se describe la persecución y expulsión del primero por parte del segundo, así como las purgas de algunos otros animales. Todo esto representa en realidad los enfrentamientos entre Trotsky (partidario de la revolución mundial) y Stalin (favorable al “socialismo en un solo país”), que acabarán llevando a la eliminación simbólica de aquél de la historia de la revolución…

… y finalmente a su asesinato en Ciudad de México a manos de Ramón Mercader, sobre el que, por cierto, se hizo este estupendo documental.

Casa (hoy museo) donde vivió y murió acribillado León Trotsky en México DF (México) (foto JRC, abril 2006)

Casa (hoy museo) donde vivió y murió acribillado León Trotsky en México DF (México) (foto JRC, abril 2006)

Existen muchos otros casos en los que las revoluciones se han llevado hasta cierto punto y luego han sido frenadas. En la célebre Revolución francesa (término completamente incorrecto dado que hubo muchas revoluciones dentro de ella), se produjo una reacción conservadora dentro de la revolución, es decir, un freno por parte de los sectores más moderados (alta y media burguesía), representados por los girondinos y los diputados del “llano”, frente a las medidas (logradas y luego revocadas) de los más radicales (pequeña burguesía y proletariado urbano y rural), o sea, los enragés y jacobinos; se concretó en el golpe de estado de Termidor (verano de 1794), que acabaría llevando a la guillotina a Roberspierre y otros radicales e implantando el régimen reaccionario y corrupto del Directorio (1795-1799).

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Grabado (de origen indeterminado) que representa los enfrentamientos entre los defensores de una república social y las tropas del Directorio (procede de Cairns 1991: 74)

En España encontramos otro ejemplo de lo que comentamos. Uno de los periodos más agitados y con mayor potencial revolucionario del XIX fue el final del reinado de Isabel II (1833-1868) y la etapa posterior, llamada por algunos el Sexenio revolucionario (1868-1874). Los años 60 del siglo XIX  están marcados por una profunda crisis en varios niveles: crisis económica tanto interna como externa (la crisis mundial bursátil y de sobreproducción de 1864, junto con las tradicionales crisis de subsistencia españolas a lo largo de los años 60), crisis política (elitismo y centralismo consagrados en la Constitución de 1845, autoritatismo y represión frente a movimientos de oposición, como la destitución de Emilio Castelar, los tiroteos de la Noche de San Daniel y la ejecución de los militares insurrectos del cuartel de San Gil en Madrid, todo ello entre 1865 y 1866) y crisis moral de la Corona (corrupción, favoritismos e intrigas palaciegas de lo que luego Valle Inclán llamaría la “Corte de los milagros”, así como torpes decisiones en torno a la “cuestión romana”). Pues bien, en este complejo contexto se va a fraguar la unión entre distintos grupos de liberales (moderados desencantados o unionistas, progresistas y demócratas), compuestos por una gran variedad de grupos sociales (desde la mediana burguesía, hasta la pequeña burguesía y las clases trabajadoras de la ciudad y del campo); la unión se concreta en el célebre Pacto de Ostende (agosto de 1866) y conduce a una insurrección generalizada en septiembre de 1868 que conocemos como La Gloriosa o La Septembrina. Con ésta se logra la derrota de las tropas isabelinas (definitivamente en la batalla del Puente de Alcolea, en Córdoba, el 28 de septiembre) y la expulsión de la reina del trono y del país.

Gobierno provisional de 1868 a 1871 (foto de Jean Laurent procedente de Wikicommons)

Gobierno provisional de 1868 a 1871 (foto de Jean Laurent procedente de Wikicommons)

Sin embargo, tras esto se abre un proceso para constituir un nuevo régimen y en ese momento toman la delantera (o se imponen, más bien) las élites militares y políticas de la rebelión: se forma un gobierno provisional dirigido por el general Serrano (de la Unión Liberal) e intergrado por conocidos demócratas y otros liberales en los principales puestos (Prim, Sagasta, Figuerola, Ruiz Zorrilla, Topete…). Desde este gobierno se lanzará una feroz represión para acabar con las organizaciones populares y ciudadanas (las llamadas juntas y las milicias conocidas como los voluntarios de la libertad) y con la mayor parte de los objetivos por los que habían luchado: no sólo expulsar a la reina sino lograr de una vez un régimen real de libertades civiles y la igualdad económica, y no sólo política, que supuestamente abanderaba el liberalismo. Esto entrañó, como ocurrió en el caso de Francia que hemos mencionado más arriba, dejar en el tintero una legislación para defender los derechos de los trabajadores, para legalizar las ocupaciones de tierras llevadas a cabo durante La Gloriosa e impulsar en consecuencia una reforma agraria realmente social (igualitaria), para acabar con los impuestos sobre los bienes de primera necesidad (los “consumos”), suprimir los sistemas de reclutamiento que favorecían las exenciones para las clases altas (las “quintas”), garantizar un sistema judicial democrático (con jurados) y reconocer el sufragio universal masculino para mayores de 20 años, entre otras cosas. A cambio se contemplaron algunos derechos y libertades para lograr un cierto consenso y que el gobierno se legitimara ante el resto de la población, como constata la constitución aprobada casi un año más tarde de la Septembrina, la Constitución de 1869. (Aquí tenéis algunos textos por si queréis ojear algunos de los aspectos que se debatieron, contemplaron y excluyeron en este proceso.)

El segundo gran aspecto que trata Orwell es el pacto entre ciertos grupos revolucionarios y algunos correspondientes al antiguo bloque de poder. Esto suele obviarse, porque tendemos a entender la sucesión de etapas históricas de un modo mecánico: parece que una etapa sustituye a otra de un modo completo, es decir, que la era que comienza (en este caso a partir de una revolución) es completamente novedosa respecto a la anterior. Incluso desde estudios finos como el de Lazo, las revoluciones se presentan como procesos que inauguran una nueva organización política y que encumbran a un nuevo bloque de poder. Y es cierto que de alguna manera así es, pero no debe perderse de vista nunca el enganche con la etapa previa, la concatenación entre una y otra. Y para ello hay que estar muy atentos a los más que habituales pactos entre las élites nuevas y las antiguas. Orwell incluye en su historia, en este sentido, el establecimiento de relaciones entre los animales (en realidad sólo sus líderes, los cerdos) y los humanos, en contra de lo que se había determinado al principio de la revolución. Y ello hasta el punto de que comienza un intercambio comercial y, más tarde, amistoso (que llegará hasta el punto de la identificación recíproca…) entre los cerdos y los granjeros de otras granjas.

Quizá uno de los casos más ilustrativos al respecto es el de la Transición a la democracia en España (1975-1982), que no es un proceso revolucionario, claro está, aunque sí entrañó un riesgo de desbordamiento del plan previsto por Franco por parte de numerosas organizaciones obreras, estudiantiles y ciudadanas, como nos cuenta Emmanuel Rodríguez (2015), y en cualquier caso supuso un cambio de régimen (de una dictadura a una democracia liberal). Aunque la cuestión merece una estudio más profundo, sirva como dato básico revelador que uno de los artífices públicos de la transición a la democracia, Adolfo Suárez, formó parte a lo largo de los años 60 de la Secretaría General del Movimiento Nacional, que fue una organización franquista (algo así como un partido único) dedicada a la defensa ideológica del régimen y a la socialización política de sus cuadros, y además fue director general de RTVE entre 1969 y 1973; con el gobierno continuista de Arias Navarro, tras la muerte de Franco, fue también secretario general del Movimiento Nacional. Por otro lado, fuerzas políticas importantes en las legislaturas democráticas posteriores, como Alianza Popular (antecedente del Partido Popular actual), salida de una escisión de la Unión del Centro Democrático, el partido de Suárez, estuvieron conducidas por otras figuras destacadas del régimen, como Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo entre 1962 y 1969.

Gobierno de Arias Navarro (1975-1976) tras la muerte de Franco, con Adolfo Suárez y Manuel Fraga entre otros (foto sin referenciar procedente de J.A . Hernández y otros: Historia de España. 2º Bachillerato. Madrid: Akal, 2007)

Gobierno de Arias Navarro (1975-1976) tras la muerte de Franco, con Adolfo Suárez y Manuel Fraga entre otros (foto sin referenciar procedente de J.A . Hernández y otros: Historia de España. 2º Bachillerato. Madrid: Akal, 2007)

Ambas figuras eran hombres del régimen franquista, por más que se quiera relativizar su filiación política esgrimiendo que en el franquismo la única manera de hacer carrera política era encuadrarse en el régimen (cosa que es falsa, como saben los militantes ejecutados, encarcelados, torturados y perseguidos de las organizaciones antifranquistas), y por más que posteriormente hayan desarrollado posturas sinceramente demócratas (contrarias, por tanto, a la ideología del poder franquista). Son sólo algunas muestras visibles de las figuras del régimen previo con las que van a pactar los partidos  y las organizaciones tradicionalmente democráticos (PSOE, PCE, sindicatos mayoritarios, asociaciones vecinales) que (en teoría) impulsan la transición al nuevo sistema.

En fin, las revoluciones presentan una enorme variedad de aspectos fundamentales. A los dos grandes que hemos estudiado podríamos añadir (siguiendo, por qué no, todavía con la fábula de Orwell) la toma de conciencia respecto de las situaciones de explotación, la importancia de la fuerza militar (o al menos de que las fuerzas armadas estén del lado de los revolucionarios), la creación de un cuerpo teórico o doctrina en defensa de la revolución (en forma de mandamientos o leyes fundamentales), la proliferación de símbolos y prácticas para consolidar la nueva organización revolucionaria… De hecho, el estudio de los detalles de las revoluciones en todo su desarrollo (las personas, los acontecimientos, las medidas, los logros, los fracasos) nos revelaría un panorama mucho más rico, que es en realidad el de la historia verdadera. Pero aun así, creo que al estudiar cualquier revolución política es fundamental que busquéis al menos estos dos aspectos: el choque de intereses que ha llevado normalmente a la imposición de uno de los grupos revolucionarios frente al resto (y el freno a las demandas más radicales) y los pactos que se entablan entre viejas y nuevas élites, que son los que hacen posible históricamente el ensamblaje entre una época y otra cuando es una revolución la que determina la transición.

Finalmente, no creáis que las revoluciones son cualquier cosa, ni que están acabadas. En este breve pero interesante artículo, Pierre Serna, del Instituto de Historia de la Revolución Francesa (Universidad de la Sorbona, París), las define como un proceso inimaginable en las circunstancias en las que suceden y que revierte radicalmente el orden establecido. Asimismo señala que los ciclos revolucionarios que solemos definir como marcadores de la Edad contemporánea siguen en marcha. Es, pues, tiempo de pensar qué son las revoluciones, qué las hace exitosas, qué las frustra, qué tipo de compañeros se encuentran en ellas y cuál es realmente su radicalidad.

***

Fuentes:

Cairns, T. (1991, 1976): Monarquías y revoluciones. Madrid: Akal/Cambridge (Historia del mundo para jóvenes, 7). 96 pags.

Lazo, A. (1980): Revoluciones del mundo moderno. Madrid: Salvat (col. Aula Abierta). 64 pags.

Orwell, G. (1964 [1945]): Animal Farm. Harmondsworth: Penguin. 120 pags.

Rodríguez, E. (2015): ¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen del 78. Madrid: Traficantes de Sueños. 386 pags.

Vázquez de Castro Ontañón, M. (2008): Historia de España. Del 2 de mayo al 14 de abril (1808-1931). Grupo Cultural. 352 pags.

“Alrededor de la idea de revolución” en La Vanguardia (edición digital). Última consulta septiembre de 2016. URL: http://blogs.lavanguardia.com/paris-poch/2016/08/28/alrededor-la-idea-revolucion-77777/

“Fotos trucadas en la Unión Soviética” en Alasbarricadas.org. Último acceso sept. 2016. URL: http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/21637

Wikipedia, entrada “Fotos trucadas en Unión Soviética”. Último acceso sept. 2016. URL: https://es.wikipedia.org/wiki/Fotograf%C3%ADas_trucadas_en_la_Uni%C3%B3n_Sovi%C3%A9tica

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