Fuentes históricas y archivos digitales: un océano en el que bucear para conocer la historia

Lo hemos visto muchas veces en clase: la historia no es un cuento. Tampoco es necesariamente lo que dice el profesor o el libro de texto, algo que nos aprendemos de memoria y ya desde entonces conocemos, contamos, repetimos… Por supuesto se puede tomar así si queremos captar la atención de alguien a quien, en principio, no le interesa mucho la historia, para que se deje llevar por el relato y se vaya introduciendo en su materia, o si queremos o necesitamos simplemente aprendernos de rememorieta un tema para aprobar un examen, como el de Selectividad.

Pero la historia es mucho más que eso. Es un discurso sobre el pasado que se construye en el presente y que por tanto va cambiando. No tiene un principio ni un final. Se va elaborando con el paso del tiempo y desde distintos lugares (entendidos en múltiples sentidos: lugares geográficos, sociales, virtuales…). Además, nos ayuda a averiguar y determinar mejor quiénes somos y quiénes queremos ser. Por eso decimos que no hay futuro sin pasado y que los dos se construyen en el presente.

Esto no convierte a la historia en algo subjetivo; subjetivo sería si ese discurso se realizara exclusivamente a raíz de las impresiones que determinado tema genera en quien estudia la historia. Pero no. La historia no es eso; o al menos, no es sólo eso. Es fundamentalmente el estudio de la realidad concreta. Precisamente porque no es un cuento, la historia no podemos inventárnosla y debe tener en cuenta las características de esa realidad.

Sin embargo, como el pasado ya no está, por definición, sólo podemos acceder a la realidad del pasado a través de los restos que han quedado de él o de las cosas que nos hablan sobre él. Veamos qué puede significar esto.

Despoblado en Venta de Orbaneja (Burgos, 2014) (foto JRC)

Despoblado en Venta de Orbaneja (Burgos, 2014) (foto JRC)

Estos restos y estas cosas son lo que denominamos fuentes históricas, de un modo muy gráfico, es decir: todo aquello de lo que podemos extraer información de o sobre el pasado. Aun así, el conocimiento histórico propiamente no se construye sólo con información, sino con reflexión, análisis, interpretación, discusión y reelaboración. Pero, en cualquier caso, exige abordar fuentes históricas. Y cuantas más y más distintas, mejor. Por eso, la historia es más bien, en verdad, una ciencia objetiva, como suele decirse.

¿Y las fuentes dónde están? Uno de los lugares principales son los archivos. Un archivo histórico es cualquier lugar, físico o virtual, en el que se conservan fuentes históricas. Tradicionalmente esas fuentes son documentos (y de ellos la mayoría son textos). Pero deben considerarse archivos también los museos y hemerotecas, en los que se conservan objetos de distinto tipo, periódicos y fuentes sonoras. También son archivos los conjuntos de documentos y objetos que puede guardar un particular de su pasado y del de su familia, así como los de una institución, una asociación o una empresa respecto de su trayectoria previa.

En todos estos archivos, en principio, las fuentes están ordenadas (es decir, clasificadas), aunque no siempre es así, ni mucho menos, y esto entraña un problema sobre el que volveremos al final. Sin embargo, también sugiere otra cosa importante: si hay archivos en los que numerosas fuentes no están clasificadas, aunque bien podrían estarlo, el concepto de archivo se puede ampliar y aplicar también al paisaje (rural y urbano), al acervo popular (los discursos), a los yacimientos arqueológicos…

Macizo en Antquera conocido como Peña de los enamorados o Montaña del indio (foto JRC)

Macizo en Antequera (Málaga) conocido como Peña de los enamorados o Montaña del indio (foto JRC)

Todo es un archivo, porque todo puede servir para obtener información y llevar a la reflexión sobre la historia: calles, aulas, gestos, determinadas palabras, campos, animales, grafitis, películas, canciones, comidas, novelas, periódicos, leyes, monumentos…

De todas formas, para manejar un poco el barco y no navegar a la deriva, limitémonos al concepto más o menos tradicional de archivo (esos lugares en los que se conservan y normalmente clasifican y estudian fuentes históricas) y veamos qué pueden aportar hoy en día al estudio de la historia en el cole.

Los archivos han vivido en los últimos tiempos un cambio muy importante: muchos de los fondos de grandes bibliotecas, como la Nacional de España (Madrid), la del Congreso (Washington) o la Estatal de Berlín, y de archivos históricos de distintos países, así como de destacados museos, como el Louvre (París), han sido digitalizados y son de libre acceso y descarga para cualquiera con conexión a internet. La lista es inmensa y aquí sólo recojo una selección (puedes ver una lista más amplia en la portada de nuestra web, en la columna de la derecha, en el apartado de enlaces de “Recursos documentales para la investigación”, abajo del todo):

Portal de Archivos Españoles (Ministerio de Educación, España). Se trata de un portal con enlaces a otros portales, a distintos archivos y a páginas en las que se seleccionan documentos históricos que pueden resultar interesantes, o se indica dónde localizarlos (en papel).

Biblioteca Digital Hispánica (Biblioteca Nacional de España). Es un buscador para localizar documentos históricos de diverso tipo (desde el siglo XV hasta el XX) digitalizados.

Biblioteca Digital Mundial (UNESCO y la Library of Congress de EEUU). Recoge documentos (escritos y no escritos) en diversos idiomas desde el 8000 AC al año 2000.

Europeana Collections (Europeana Foundation, Holanda). Esta web recopila, a partir de los documentos proporcionados por distintas instituciones europeas, una variada colección de fuentes relacionadas con la historia de Europa.

Patrimonio cultural inmaterial (UNESCO). La UNESCO proporciona un buscador de documentos relacionados con este importante conjunto de manifestaciones culturales de todo el mundo: el patrimonio inmaterial (canciones, bailes, relatos, rituales…). Es un ámbito complejo, pero forma una parte fundamental de los archivos digitales mundiales

Colecciones y departamentos del Museo del Louvre (París). Catálogo y repositorio de numerosas obras de arte conservadas y clasificadas en el Louvre por sus distintos departamentos.

Bucear en estos archivos es una de las maneras más amenas y rigurosas de abrir la puerta de la historia y empezar a recorrerla. Si queremos conocer, por ejemplo, el impacto de la guerra colonial de 1898 y sus consecuencias en España podemos, entre otras cosas, buscar noticias, crónicas, editoriales y artículos de opinión (además de, seguramente, anuncios, necrológicas, fotografías…) en los periódicos de la época. Un rápido vistazo a la entrada de “Historia de la prensa española” en Wikipedia (mejorable) nos indica algunos títulos que podemos consultar en los repositorios que hemos señalado anteriormente (o en las hemerotecas citadas en la lista de la portada de nuestra web a la que nos referíamos un poco más arriba): El Imparcial, El Liberal, El Heraldo de Madrid, La Vanguardia, La Ilustración Española y Americana, El Globo El socialista, además de las satíricas de La Flaca y L’Esquella de la Toratxa, por ejemplo. (Sobre el tema de la prensa como recurso didáctico, por cierto, podéis ojear el proyecto del Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y Formación del profesorado “La prensa, un proyecto para el aula”.)

A partir de estos títulos seleccionemos un arco temporal concreto: del 14 de febrero de 1898, víspera del misterioso hundimiento del acorazado Maine frente a La Habana (Cuba), al 25 de marzo del mismo año, día en el que el presidente republicano de Estados Unidos, William McKinley, declara la guerra a España y, por tanto, entra en la que desde 1895 y 1896 ésta mantenía con los insurrectos cubanos y filipinos. Sobre la inmensa cantidad de documentos que hallaríamos habría que limitarse a unos pocos, pero suficientes, para poder ir elaborando una historia particular de este tema. Con contraste de fuentes y discusión, además de corrección y ampliación, estaríamos en la labor de construir y escribir la historia.

No vamos a desarrollar este estudio aquí. Dedicaremos alguna entrada futura a este tipo de trabajos, con un ejemplo concreto y desarrollado. Tengamos en cuenta, simplemente, que algo parecido podríamos hacer con muchos otros temas; los que queráis. La guerra civil española (1936-1939), la independencia de Estados Unidos (1776-1783), la Revolución francesa (1789-1915), la guerra de la independencia española (1808-1814), el crack de 1929, la Primera Guerra Mundial (1914-1918)… Y en el marco de ellos podríamos estudiar aspectos más o menos cercanos o ajustados a los intereses de las y los estudiantes; quizás una de los enfoques puede ser el de la vida cotidiana

Los métodos para el comentario de fuentes históricas los hemos ido explicando en entradas previas de esta web y podremos abordarlos específicamente en esa futura a la que me refiero, o en cualquier otra. Pero podéis ir tirando del hilo de estas pautas para el comentario de fuentes.

Para terminar, debemos esbozar una reflexión para entender bien el significado y alcance de cualquier investigación histórica. En este caso, se trata de mostrar de qué manera condicionan los archivos la investigación, porque lo hacen, como también le dan forma (y a veces la limitan) nuestras posiciones sociales (de clase), género (o sexualidad) y raza, como ya comentamos en una entrada previa, o las modas, los descubrimientos hasta la fecha, la naturaleza de las fuentes consultadas, el dinero disponible para financiar la investigación y un largo etcétera.

Las fuentes que se ofrecen a las y los investigadores en los archivos NO son todas las fuentes que éstos podrían consultar, no ya en general, sino en el marco de las cuatro paredes (o páginas) del archivo concreto del que se trate. Normalmente sólo se puede acceder a la selección de documentos clasificados, y en el caso de los archivos virtuales sólo de los documentos digitalizados. Además, incluso de los documentos clasificados no todos son accesibles, pues deben pasar al menos 50 años desde que fueron producidos para poder ser consultados, es decir, “desclasificados”. Por tanto, trabajaremos siempre excluyendo determinadas fuentes, pero no por decisión propia, sino de la del archivero o de las autoridades del archivo. Esto puede compensarse democratizando al máximo los archivos; cómo hacerlo concretamente sería materia de debate para otra ocasión.

Sí podemos insistir, en cambio, en que, aunque toda selección es inevitable y necesaria, cuanto más controlada esté por quien investiga, y no por otros, mejor (siempre que haya un compromiso de respeto para con la integridad del documento, claro). Lo contrario es perjudicial, o al menos lo es para una historia objetiva, que aspira al mayor número posible de fuentes, para dar cuenta de toda la realidad histórica (o por lo menos de la dimensión más amplia posible de ella). De hecho, en España, por ejemplo, este poder del archivero ha permitido imponer una decisión política en la gestión de los archivos, es decir, de las fuentes que pueden estudiarse. Esto se ha hecho tanto explícita como implícitamente; en este sentido, por ejemplo, determinadas secciones de muchos archivos son abandonadas (sin clasificar) aposta, o se utilizan artimañas para que el periodo de 50 años previsto por la ley para que se pueda acceder a un documento x excluya la consulta de muchos de ellos aunque precisamente haya transcurrido ese periodo. De esta manera, se restringe, cuando no se anula, la posibilidad de desarrollar estudios históricos sobre temas tan candentes (aún) como la guerra civil y el franquismo, o hacerlo desde determinadas posturas (que ambicionan conocer la verdad con la consulta de todas las fuentes, o al menos de las excluidas tradicionalmente). De esto precisamente nos habla Francisco Espinosa (en La columna de la muerte. Barcelona: Crítica, 2007, pags. 33-35), como también se ha recogido en la prensa. El problema revela un asunto mucho más profundo: los conflictos en torno a la construcción de la historia y el papel hegemónico que desempeña el “espíritu de consenso” de la Transición para seguir apuntalando su obra política. En otros casos son otros los problemas constatados, lógicamente, pero son problemas graves con los que tienen que contar (y contra los que tienen que luchar) los investigadores.

Calle Carlos Arniches (Madrid, 2014) (foto JRC)

Calle Carlos Arniches (Madrid, 2014) (foto JRC)

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