Un debate “eterno”: ¿templo o museo? (I)

Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza (foto JRC)

Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza (foto JRC)

Las casas del Padre eterno alojan numerosas obras de arte, entre otras cosas porque desde hace siglos y con gran generosidad la Iglesia católica ha promovido y protegido a numerosos artistas, que han creado para ellas magníficas obras, conservadas en los templos. Sin embargo, su contemplación, disfrute o estudio no es siempre accesible a todo el mundo, o se encuentran condicionados por determinadas actitudes de sus miembros y gestores poco acordes con lo que es un espíritu generoso e igualitario. Con ello se plantea un debate interesante, que algunxs habréis tenido ya o tendréis en un futuro si os gusta o estudiáis la historia del arte sacro. La cuestión puede resumirse en si las iglesias que contienen obras de arte mueble o inmueble son preferentemente templos o espacios museísticos, es decir, lugares de conservación, exposición y estudio del arte.

Veamos primero cómo se desarrolló una discusión concreta entre dos personas en una iglesia de Zaragoza y a continuación apuntemos los aspectos del debate que, en mi opinión, pone de relieve. Dejaremos la resolución (con propuestas concretas) para otra ocasión.

En la visita a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza, se desarrolla una conversación entre un guarda jurado y un visitante. Cerca de la cabecera, entre el deambular de los visitantes, éste se dirige al guarda que pasa para preguntarle por los frescos de Goya.

  • Disculpe -comienza casi susurrando-, ¿sabría decirme dónde están los frescos de Goya? Porque tenía entendido que pintó alguna cúpula, ¿no?
  • Pues claro -responde tajante el vigilante, con una leve sonrisa aparentemente irónica en su rostro-. Hay pinturas de Goya tanto en la tercera cúpula según se avanza por esta nave -indica con su dedo índice hacia las cubiertas- como en los bocetos que preparó para pintarla, que están expuestos en ese panel de ahí, un poco más adelante.
  • Ah, muy bien, pues muchas gracias.

Y el vigilante, dos pasos después de retomar su marcha, añade, volviéndose:

  • Pero, por supuesto, no se pueden hacer fotografías.
  • Son sin flash… -intenta defenderse el visitante-. Además, son para una buena causa -esgrime pretendiendo encontrar una cierta comprensión y hasta complicidad-: soy profesor y las voy a utilizar para enseñarles a mis alumnos el arte de la Basílica.
  • Mire ese panel -le conmina, levantando de nuevo su dedo índice en dirección a un tablón en el que se indican las reglas de la visita: no hacer fotos, no hablar, no llevar objetos punzantes ni prendas pecaminosas-. ¿No sabe leer? Lo que usted debería explicarle a sus alumnos es precisamente que en estos lugares no se deben hacer fotos, para conservar el arte. Si usted quiere hacer un estudio debe pedir una autorización.
  • ¿De verdad lo cree así? ¿Conservar el arte es no mostrarlo? No creo que hacer fotos sin flash dañe ninguna obra de arte y…
  • Vamos a ver -le interrumpe abruptamente el vigilante-. Este es un lugar privado y estas son sus normas. Si no las acepta, puedo echarle ahora mismo.
  • ¿Un lugar privado? -pregunta sorprendido el visitante, al tiempo que crece la tensión, aunque siempre en un tono discreto-. Pero yo creía…
  • Pues sí, sí, es un lugar privado.
  • ¿Porque es de la Iglesia católica? ¿Cómo se financia la Iglesia?
  • La Iglesia se financia a través de las contribuciones de sus fieles, y este arte le pertenece.
  • ¿Es propiedad de la Iglesia? ¿Y dónde queda el patrimonio histórico? Se supone…
  • Así que usted no es nadie para decir cómo debe tratarse el arte. O cumple las normas o ya sabe.
  • También se dice que no se puede hablar y nosotros estamos hablando…
  • ¡¡Yo estoy cumpliendo con mi trabajo!!
  • Sí, pero…
  • Así que eso es lo que hay. O sea que profesor, ¿eh? Así va el país.

Después de estas palabras, el vigilante se da la vuelta y prosigue su camino, ahora sí, y avanza por la nave hasta traspasar el umbral de una puerta y perderse por las dependencias privadas del templo. El visitante, que quería llegar a un entendimiento con el guardia, se queda con las palabras en la boca y, atónito, comienza a caminar muy poco a poco en no se sabe bien qué dirección. Mientras, en su cabeza se reproduce la discusión y no entiende por qué ese trato.

El resto de visitantes ha seguido como hasta entonces; nadie parece haberse inmutado por la conversación. Deambulan, observan, comentan, juegan, fotografían, rezan, se reúnen, se separan…

Ligeramente repuesto, el visitante avanza hacia la cúpula que en sus pechinas y superficie presenta los frescos de Goya, y los observa. Decide, por qué no, que va a tomar alguna foto; un detalle aquí, una panorámica allá… Nadie parece inmutarse. Sin embargo, en su fuero interno está incómodo y agitado. ¿Por qué esa agresividad? ¿Y eso de que “así va el país” qué significaría? Le gustaría volver sobre la discusión, hablar de nuevo con el vigilante para aclarar algún aspecto, sin ánimo de revancha, sólo para llegar a algún punto de encuentro y no quedarse con un mal sabor de boca en su visita a El Pilar de Zaragoza.

Como si fuera una concesión a sus deseos, aparece no muy lejos nuevamente el vigilante, y el visitante decide acercarse tranquilamente hacia él. Sus miradas respectivas convergen y éste le comenta:

  • Me gustaría saber por qué se ha puesto así. Me he quedado un poco…

Parece que era eso justo lo que necesitaba el vigilante para seguir con su diatriba:

  • ¿Ponerme cómo? Sólo te he dicho -por algún motivo comienza a tutearle- que no se pueden hacer fotos en la iglesia y tú, ni corto ni perezoso, me dices que soy yo el que está incumpliendo las normas porque hablo. Tú lo que eres es un jeta.
  • ¡Pero bueno!
  • Pero bueno nada. Hacéis lo que os da la gana. Yo de muy buenas formas te he contestado lo que me preguntabas y tú me insultas.
  • Esto se está yendo un poco de las manos. ¿A estar en desacuerdo lo llamamos insultarse? Yo he expresado mi opinión y usted la suya, y de ese modo vamos viendo cómo…
  • No es así. Tú me has insultado -insistía el vigilante-.
  • ¿Por decirle que hablábamos? ¿No es más insulto llamarle a uno jeta y amenazar con echarlo?
  • Yo te he dicho que…
  • Bueno, ya está bien -cansado, el visitante quiso ponerle fin al encuentro-. No tengo nada más que hablar con usted. Aquí hay mucho odio y así es imposible.
  • ¿Odio? ¿Por qué?
  • No voy a seguir esta discusión, así que adiós -dijo mientras se daba la vuelta y arrancaba a andar en dirección a la salida-.
  • Adiós, señor -intentó zanjar el vigilante-. Que tenga un buen día…

¿Qué podemos extraer de este encontronazo particular en cuanto al debate planteado?

En primer lugar, creo que debemos ir más allá del modo en el que se ha desarrollado la situación expuesta e ir más allá también de las personalidades concretas de los individuos implicados. Aunque las particularidades de las situaciones y de los participantes influyen en el debate, aquí sólo queríamos aludir a los aspectos generales que ponen de relieve.

Por ello, en segundo lugar, hay que señalar varios de éstos. Por un lado, la Iglesia reclama en muchos casos la propiedad de las obras de arte. Sin embargo, el estatus jurídico de propietaria con respecto a esas obras no está del todo claro.

La propiedad de las obras de arte viene determinada por su autor, en principio. El problema es que, en muchos casos, o los autores no son conocidos o entregaron el fruto de su trabajo a la Iglesia, que pasa a desempeñar un papel de conservadora/protectora. El hecho en sí mismo de que fuera ella la que financiara la obra (en los casos en los que realmente lo haya sido), o que la conserve, no le hace propietaria; otra cosa es que la  hubiera o haya comprado (como mercancía). Además, dado que muchas fueron creadas hace siglos, se convierten en un legado o herencia de la historia, y así, en cierto modo, pertenecen a un país o a la humanidad; por ello, se crea en el siglo XX el concepto jurídico de “patrimonio histórico-artístico”, que no implica a un propietario concreto (como una institución o un estado), sino a un conjunto de personas, a una ciudadanía o a la humanidad globalmente considerada, y a determinadas instituciones o estados los compromete como garantes de su conservación, disfrute y estudio.

Por otro lado, habría que discutir qué papel o atribuciones le corresponden a la Iglesia ante las obras de arte. Incluso en el caso de que sea propietaria de algunas, ¿eso le autoriza para impedir el acceso a ellas (como ocurre en muchas iglesias rurales, cerradas a cal y canto en algunos casos), sacar provecho económico (cobrando entrada a los templos o incluso vendiendo algunas de las obras) o prohibir que éstas sean documentadas gráficamente (sin dañarlas)? Lo mismo se puede preguntar al estado cuando se trata de obras o edificios desacralizados o de otro tipo, siempre que sean artísticos, aunque en este caso se puede argumentar que al menos los que dirigen sus instituciones y elaboran y promulgan las leyes han sido, de un modo u otro, elegidos por la ciudadanía…

Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que, aunque la Iglesia católica puede ser vista como una entidad privada, disfruta no sólo de exenciones fiscales por la enorme labor social que realiza, sino también de cuantiosas subvenciones para mantener las obras de arte y permitir su disfrute, estudio y conservación por parte y en beneficio de los ciudadanos. ¿Puede, en consecuencia, impedir o dificultar el acceso a ellas? Sí es cierto que puede regular su acceso, es decir, plantear una serie de normas para disfrutarlas y estudiarlas, pero en ningún caso impedir o dificultarlo.

Uno de los aspectos clave que subyace a este debate es la relación entre el estado y la iglesia católica. El estado español es un estado aconfesional, es decir, que no tiene una religión oficial, pero no es un estado laico, en el que la religión esté separada de la vida pública o de la política; de hecho, el estado coopera “con la Iglesia católica” (específicamente) “y las demás confesiones”, según el artículo 16.3 de la Constitución de 1978, y las relaciones entre el estado y la iglesia vienen marcadas por el Concordato de 1979, muy favorable a los intereses católicos, a su presencia en la vida pública y autoridad en diversas materias (como la educación y la conservación de bienes artísticos). Sin embargo, esto no es único del estado español. La Santa Sede, como no podía ser de otro modo, se mantiene como un bastión frente al estado italiano, imponiendo su propia reglamentación sobre un patrimonio absolutamente universal como es la Capilla Sixtina, donde un día sí y otro también estallan conflictos por este problema (de igual modo que lo hacen junto a la caja registradora de la entrada de los Museos Vaticanos). Y en países como Francia, supuestamente laico, se plantean problemas similares. La gente reclama su derecho a disfrutar libre e igualitariamente del patrimonio histórico-artístico.

Queda por decir, por mi parte, que en la sociedad del espectáculo en la que vivimos también es cierto que el desprecio por la cultura se ha convertido, en amplios sectores de la población y de las instituciones, en una constante. Hay que entender entonces que muchas iglesias no autoricen el uso de cámaras fotográficas ni permitan hablar en voz alta, porque se acaban convirtiendo poco menos que en parques temáticos donde la gente chilla, habla por el móvil, hace fotos por hacer, etcétera. Y no lo son.

Quizás una solución de consenso, siempre que haya voluntad para hablar y razonar, pase por compaginar diversos usos, siempre y cuando no amenacen ni a las obras ni a los que quieren disfrutar y aprender de ellas de un modo respetuoso, algo así como un templo-museo.

Dejo las casillas de los comentarios, por si queréis aportar al debate.

***

http://politica.elpais.com/politica/2013/12/04/actualidad/1386184107_688211.html

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