Conspiranoia

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Cartel del documental Zeitgeist (Peter Joseph, GMP, EEUU, 2007), uno de los iconos de las teorías de la conspiración, ya que deriva múltiples aspectos, como el surgimiento del cristianismo, el estallido de grandes conflictos bélicos y el desarrollo del capitalismo, de la acción (oculta pero determinante) de ciertos grupos de interés. Foto: http://www.zeitgeist.com

Como si fuera una paranoia, cada vez más gente ve detrás de todo lo que sucede o ha sucedido una conspiración, es decir, la acción secreta y oculta de determinado grupo para conseguir la satisfacción de sus intereses particulares, dándole la vuelta al status quo o fortaleciéndolo. En clase suele salir este tema, cuando hablamos del hundimiento del Maine en febrero de 1898 o de la quema del Reichstag en febrero de 1933. Y hoy en día está muy de moda la idea de que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron consecuencia igualmente de una oscura conspiración (ver http://www.reopen911.info/). Este fenómeno, que hoy vamos a discutir aquí, llega a veces a la exageración, hasta el punto de que podríamos hablar de una “conspiranoia”. ¿De qué se trata realmente?

En el mes de junio de 2015 el periódico mensual Le Monde Diplomatique ha publicado un dossier sobre este tema, y en él me voy a apoyar para plantear algunos aspectos clave para entenderlo.

En primer lugar, hay que señalar que en numerosos casos la teoría de la conspiración no sólo no es una exageración sino que está demostrada y es verdadera, sobre todo como consecuencia de las investigaciones rigurosas, por parte de distintas personas y equipos, de los documentos que los estados van permitiendo que salgan a la luz una vez ha pasado cierto lapso de tiempo (normalmente 50 años), es decir, de los documentos desclasificados.

Las múltiples intervenciones del gobierno de Estados Unidos en América Latina, en muchos casos secretas e ilegales, a lo largo de los siglos XIX y XX son una prueba de ello. En efecto, a través de la CIA (Central Intelligence Agency), de la NSA (National Security Agency) o de distintas organizaciones, como la NED (National Endowment for Democracy), los gobiernos de Estados Unidos han ayudado económica y militarmente a los sectores más reaccionarios y fascistas a derrocar gobiernos, asesinar opositores políticos y neutralizar proyectos reformistas o revolucionarios al sur de Río Grande, es decir, en lo que tradicionalmente algunos llaman el “patio trasero” de Estados Unidos, o sea, América Latina: Nicaragua (desde 1950 y 1981), Guatemala (1954 y 1960), Honduras (1954, 1961, 1965, 1980), Cuba (1961), Brasil (1964), Chile (1964 y 1973), Panamá (1964 y 1989), República Dominicana (1965), Bolivia (1967), El Salvador (1970 y 1979), Uruguay (1973), Argentina (1976) y Granada (1983). Por supuesto se podrían citar otros casos en América Latina, partiendo del XIX, como hace Anlló (2007) (ver bibliografía), y llegando hasta los actuales, los de “última generación”, los llamados golpes “suaves” (Lemoine 2014), o los de otros continentes, así como los de otras muchas potencias en otras partes del mundo.

En segundo lugar, las teorías de la conspiración se refieren a otros casos sobre los que hay muchas dudas y que a menudo quedan sin demostrar. Estos casos son, entre otros muchos, la explosión del USS Maine en el puerto de La Habana (febrero de 1898), el “incidente de Mukden” entre Japón y China (septiembre de 1931), la quema del Parlamento alemán durante el primer gobierno nazi (febrero de 1933), el ataque sobre Pearl Harbour (diciembre de 1941), el derrocamiento de Mohammad Mossadegh en Irán (operación “Ajax”) (1953), los incidentes del golfo de Tonkin” en Vietnam (1964), la llegada del hombre a la Luna (1969) y la extensión del SIDA (desde los años 70). Los agentes conspiradores van desde gobiernos (Estados Unidos, Israel, Irán, Venezuela…) hasta grupos políticos (ETA, Hezbollá, Alliance for Progress…) o lobbies (Bilderberg).

Una actitud más crítica ante estos casos nos lleva a plantear el tercer y último punto clave sobre las teorías de la conspiración y sus usos y abusos. Creo que la extensión de estas teorías debe entenderse también en un sentido sociológico (además de en relación con su veracidad o falsedad). El saber no es algo abstracto, que se logra en el vacío, al margen de su contexto. Éste, de hecho, influye enormemente, hasta el punto de impedir o permitir (o al menos dificultar o favorecer) un avance en el conocimiento sobre determinada realidad, más allá de lo que objetivamente pueda ser verdadero o falso; piénsese, por ejemplo, en las teorías de Galileo en el marco de las mentalidades e instituciones del siglo XVII…

Antes de condenar las teorías conspirativas como un producto de la fantasía sin más, debe estudiarse su papel y significado en el mundo actual. En este sentido hay que señalar, por un lado, que surgen y se desarrollan en gran parte por la difusión de las nuevas redes de comunicación que, como internet, permiten a mucha gente expresar y transmitir lo que piensan o han estudiado sobre determinado aspecto de la realidad; al mismo tiempo, la extensión de estas teorías, por complejas razones, suponen el debilitamiento de algunas verdades aceptadas, aunque no siempre su superación, y por eso decimos que pugnan por crear nuevo sistema de saber-poder, y por eso mismo son atacadas por los defensores de los saberes tradicionales.

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Cartel que reivindica un “Movimiento por el apocalipsis” en una calle de París en 2007 (foto JRC). ¿Qué puede representar en el contexto en el que se crea? ¿Va en serio? ¿Qué puede constatar?

Por otro lado, son sintomáticas de un estado de desposesión de parte de la población, es decir, son la interpretación normal de mucha gente que siente que no tiene ningún control sobre el poder ni participación en él (gente “que no renuncia a comprender lo que le sucede, pero que se ve sistemáticamente [privada] de los medios para hacerlo: acceso a la información, transparencia en las agendas políticas, debates públicos…”, dice Lordon 2015: 19). Ante ello, en efecto, amplias capas de la población sólo pueden explicar numerosos acontecimientos como la consecuencia de conspiraciones, acciones secretas, ocultas, de grupos descontrolados (por ellas…) pero muy influyentes.

Finalmente, habría que estudiar de dónde surgen las teorías de la conspiración o desde dónde se fomentan, y con qué objetivos se hace. Belkaïd (2015) propone que muchas de las que circulan en el mundo árabe, por ejemplo, son difundidas a menudo por los servicios secretos de países como Egipto, Argelia y Marruecos. Y en la España de los años 80 de siglo XIX, ante el avance del movimiento obrero, los represores gobiernos de la Restauración prohibieron asociaciones bajo la acusación infundada (o, al menos, insuficiente) de que eran manipuladas por la acción secreta de “agentes extranjeros”, después precisamente de haber reconocido el derecho a la libre asociación en 1882… Los objetivos son, lógicamente, muy variados, pero desde luego tienen que ver con la anulación del espíritu crítico y el fomento de la irracionalidad (despertar y radicalizar odios contra enemigos -reales o imaginarios-, sembrar dudas sobre todo, distraer a la población respecto de las luchas realmente necesarias…).

Y con esto precisamente vamos a terminar. ¿A dónde nos lleva la conspiranoia? En muchos de los casos, al menos según se puede apreciar en distintas conversaciones, a negar la posibilidad misma de la verdad. Parece como que todo, absolutamente todo, es consecuencia de la acción oculta de conspiradores y las pruebas para ello son simples especulaciones basadas en coincidencias, lo cual equivale a que nunca se identifica ni quiénes ni por qué se producen tales maniobras conspirativas. ¿Qué ocurrió, por ejemplo, realmente, en los sucesos de Kiev y el resto de Ucrania en enero y febrero de 2014, que condujeron a la disolución del gobierno de Yanukovich, a la formación del del liberal y proeuropeo Poroshenko, a la secesión de Crimea y a la guerra que aún dura entre las llamadas fuerzas prorrusas y ucranianas?

Como decíamos en una entrada anterior, la investigación histórica, como otro tipo de investigaciones, parte de una serie de “conjeturas”, es decir, posibilidades (ante la semejanza de ciertas maneras de actuar, ante rasgos y formas similares), pero no se queda en ellas, sino que va más allá. Igual que un proceso judicial, no puede limitarse a explicaciones coherentes, creíbles, sino que debe demostrar su veracidad. En investigación intentamos conocer la relación concreta de causa y efecto, el marco espacio-temporal, los participantes, las consecuencias. La conspiranoia, por desgracia, a pesar de plantear el motor de la investigación (la duda), se diluye en las brumas de la paranoia, sin profundizar en los detalles de la realidad e infundiendo una sensación bien de rabia, que nos lleva a dar palos de ciego, bien de desesperanza, que nos hunde en la pasividad.

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Bibliografía:

Anlló, J. (2007): “O intervencionismo de EUA en Latinoamérica”, Tempo exterior, 14: 129-51

Belkaïd, A. (2015): “Una obsesión en el mundo árabe”, Le Monde diplomatique, 236: 21-2

Brygo, J. (2015): “¿Quién se cree la versión oficial?”, Le Monde diplomatique, 236: 20

Gaudichaud, F. (2015): “De Santiago a Caracas, la mano negra de Washington”, Le Monde diplomatique, 236: 20-1

Lemoine, M. (2014): “La era de los golpes de estado suaves en América Latina”, Le Monde diplomatique, agosto: 15-6

Lordon, F. (2015): “Un síntoma de desposesión”, Le Monde diplomatique, 236: 19

Maestrutti, M. (2015): “Nadie está a salvo”, Le Monde diplomatique, 236: 23

Pieller, E. (2015): “En las fronteras de lo real”, Le Monde diplomatique, 236: 24-5

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