Lo que la montaña esconde

Muchas cosas son, en realidad, las que la montaña esconde, pero hay una que llama especialmente la atención, principalmente por las numerosas leyendas que ha generado y por lo enigmática que resulta. A lo largo de los Pirineos y muchas otras cadenas montañosas, encontramos los restos del fenómeno prehistórico conocido con el nombre de megalitismo.

En puertos y collados, y a veces también en los fondos de los valles, se disponen a menudo estos sobresalientes restos arqueológicos. Son grandes piedras (mega significa en griego “grande” y lithos, “piedra”) que forman los monumentos más antiguos construidos por las poblaciones de la costa atlántica de Europa (desde la Península Escandinava hasta la Ibérica), penetrando en muchos casos tierra adentro (por ejemplo, en el caso de la Península, hasta Extremadura). Aunque es difícil datarlos, son atribuidos a los inicios de la Edad de los Metales, es decir, al periodo entre el IV y el III milenio AC, justo cuando en Mesopotamia y en Egipto se comenzaban a construir monumentos tan espectaculares como las pirámides y los zigurats.

Esos monumentos presentan formas muy distintas. Los más famosos son los dólmenes, es decir, grandes “cajas” formadas por inmensos bloques o lajas de piedra en las que se enterraba a una o varias personas con un tesorillo o ajuar. En la mayor parte de los casos se recubrían con un montículo de piedras y tierra llamado túmulo, que no suele conservarse porque los arqueólogos y los saqueadores se lo han llevado por delante para llegar hasta el dolmen y el ajuar. En los túmulos se añadían en ocasiones otros enterramientos, pero ya fuera del dolmen, y eran normalmente posteriores. Los túmulos a veces aparecen sin dolmen.

Hay más monumentos megalíticos: las alineaciones de piedras, normalmente formando un círculo o una esfera, llamadas cromlech. Pueden estar aislados o formar grupos de dos o más, muchas veces entrelazados.

El último gran tipo de resto megalítico no es un monumento, realmente. Os sonará porque lo habéis visto en los comics de Astérix y Obelix, en las manos de este último, aunque en realidad esos irreductibles galos apenas utilizaron ese tipo de megalito. Los menhires, que es como se lo conoce, pertenecen más bien al inicio de la Edad de los Metales, como decíamos, aunque no hay que descartar que en épocas posteriores se usaran para ciertas cosas. Los menhires son grandes piedras, de una sola pieza, normalmente alargada, que se levantan o erigen en la montaña.

Los megalitos raramente son monumentos aislados. Aparecen habitualmente en grupo; de hecho, muchas veces allí donde encontramos túmulos y dólmenes, hallamos también cromlechs. Los menhires se encuentran a veces por decenas en una misma localidad, como en el caso del monte Alkurruntz.

¿Qué esconden realmente estos peculiares restos? ¿Para qué servían y cómo se usaban? Ahí nos metemos ya en el complejo mundo de la interpretación arqueológica; un mundo que requiere de un análisis riguroso y sistemático de las formas de los megalitos, de las técnicas con las que se hicieron, de las características del paisaje a las que se asocian de un modo más recurrente, de la relación que mantienen con los astros, de las leyendas que se cuentan sobre ellos…

A este respecto lo que sí podemos afirmar es que los dólmenes y los túmulos se construyen para enterrar a personas (aparentemente elegidos entre los distintos individuos de uno o varios grupos). Los menhires parecen ser mojones o marcadores de caminos, rutas, pastos… Y los cromlechs a menudo se interpretan como alineamientos de piedras en relación con los astros o para rituales basados en su observación.

Los tres tipos tienen en común el aparecer en zonas de paso, como son esos collados y puertos, y en zonas ricas en árboles o pastos (dependiendo de si aquéllos han sido talados o no).

Y es que todas estas obras es muy probable que correspondan a sociedades especializadas en el pastoreo y nómadas. Lo que resulta interesante es que sólo era posible realizarlas juntando a muchas de personas de distintos grupos de pastores en ocasiones especiales (como la muerte de ciertos personajes) y seguramente para repartirse la montaña y evitar peleas. Quizás para asegurar esos pactos imitaban con su arquitectura las formas de las constelaciones o colocaban los monumentos en línea con la salida o puesta de sol. O convertían al personaje enterrado en un ser mítico, cuya memoria y todos esos pactos que se asociaban con él debían respetarse. Quién sabe… Esto sólo puede averiguarse con mucho estudio, y en ello están los investigadores.

Lo que también resulta interesante es observar cómo estos monumentos han tenido muchos significados para las gentes de épocas posteriores, aunque esos significados poco tengan que ver seguramente con los originales. La prueba está en que a esos monumentos se les han añadido cosas: unas veces otros monumentos en sus cercanías, como por ejemplo ermitas, y otras, cruces.

El significado de esos añadidos puede discutirse, aunque el hecho de que sean de carácter religioso se suele interpretar como prueba del interés de algunos en imponer la religión cristiana en monumentos y zonas que claramente no tienen nada que ver con ella o de conjurar el miedo supersticioso que inspira la huella de religiones que no son las conocidas. Se cree que esto fue típico de la Edad Media y comienzos de la Moderna, cuando afloraron numerosas herejías y se hizo necesario para los defensores del catolicismo más integrista borrar toda huella de otras religiones o de otras formas de entender la religión cristiana.

Como podemos ver, la montaña, que tradicionalmente ha sido un espacio enigmático  y a menudo temido y despreciado a la vez por los grupos de las llanuras y los grandes valles, esconde mucha, mucha historia, y por eso no debemos desatenderla nunca, ni a ella con toda su flora y fauna, aguas y minerales, ni a sus gentes, ni al precioso y variado patrimonio histórico y etnográfico que guarda.

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Todas las fotografías han sido realizadas por Jorge Rolland Calvo.

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