Uno de los muchos castros asturianos

El territorio que ocupa hoy en día el Principado de Asturias, como el de otras regiones del norte y noroeste peninsular (incluyendo la Meseta norte), alberga un tipo peculiar de huellas de los grupos humanos que vivieron allí al final de la Prehistoria. Se trata de los castros. Éstos son los restos más famosos de la Prehistoria reciente de esas zonas, aunque, en realidad, se siguen estudiando desde hace muchos años porque queda aún mucho por saber sobre ellos y sus gentes.

Los castros, como sabéis, son un tipo de poblado “en altura”, es decir, ubicado en la cima de colinas o montes para defenderse mejor, para controlar el acceso a determinadas zonas (ricas en recursos o próximas a rutas de desplazamiento) y probablemente también para destacarse en el paisaje y mostrar su supremacía frente a otros poblados. Se desarrollan en el último periodo de la Prehistoria: la llamada Edad del Hierro, que corresponde al primer milenio antes de la era cristiana (I mil. AC).

En esta época aumentaron notablemente las relaciones y contactos entre distintas poblaciones humanas, como las de la Península, el Mediterráneo y la Europa atlántica, aparentemente para adquirir y comerciar con distintas materias primas y productos (y quizás también personas). El momento que marca el final de esta época es la expansión de Roma en torno al Mediterráneo, que supone la transformación (y no tanto el final) de muchas de las sociedades formadas en la Edad del Hierro; muchos castros, por ejemplo, se abandonan, otros se convierten en meros puestos para alojar tropas y otros pasan a ser grandes centros administrativos. ¿Qué fue de sus gentes? Bueno, eso ya es otra historia…

Durante los últimos días de julio he participado en la excavación de uno de estos castros. Es un castro muy pequeño, aunque dada la abundante maleza que lo cubre hoy en día resulta difícil señalar con precisión qué superficie abarca realmente (¿quizás una hectárea?). Este castro se encuentra cerca del pueblo de Vigaña, en el concejo de Miranda (cuya capital es Belmonte/Balmonte), en Asturias.

Mapa de localización de Vigaña (Miranda, Asturias)

El castro se está estudiando poco a poco desde hace cuatro años. El estudio de campo en arqueología (como también el de laboratorio) es un trabajo lento y meticuloso, y debemos valorarlo por lo que nos va dando día a día, con sus pequeños hallazgos y con las experiencias cotidianas que tenemos entre los y las que allí trabajamos. Adentrémonos desde el presente, a través de las brumas del tiempo, en este lugar y momento…

En la cima de la colina de este espeso bosque de avellanos y robles, poblado por vacas, jabalíes, osos y garrapatas (en un tenso equilibrio…), se abrió una cata que con el tiempo se ha ido ampliando, hasta cubrir un espacio de unos 60 m². Allí comenzaron a aparecer un montón de piedras que con la excavación ordenada y meticulosa empezaron a tomar sentido: era como una ventana al pasado que nos mostraba el espacio en el que vivieron y trabajaron algunas de las poblaciones de la Edad del Hierro en Asturias; aparentemente se trata, entre otras cosas, de una casa y un ámbito de trabajo de metal. Los cadáveres de sus pobladores no aparecen, de momento, por ningún lado, así que nos quedaremos sólo con este tipo de restos.

En realidad, el panorama en esta fase de los trabajos (más o menos inicial) es el del escenario que quedó cuando fue abandonado ese espacio: lo primero que aparece al levantar la capa vegetal es el derrumbe de las paredes de la casa y las sucesivas capas de desecho del trabajo metalúrgico, junto con otros desperdicios del poblado (probablemente restos de comida). En este sentido, los hallazgos más habituales han sido pequeñas gotas de fundición, fragmentos de crisoles (los cuencos de barro en los que se funde el mineral metálico -cobre y hierro-, bajo una hoguera muy potente), algunos objetos rotos (como imperdibles, agujas, piedras para machacar y cerámicas) y, sobre todo, muchos huesos de animales, como éstos:

Cuando se excava y se clarifica bien lo que va saliendo en este momento del trabajo de campo…

… hay que documentar muy bien todo, dando las x, y, z que tendrán los objetos y estructuras en un mapa que haremos más tarde, en el laboratorio, y tomando fotos:

De este modo queda bien claro cómo era el esqueleto de la casa que hemos exhumado, con las estructuras que se han conservado:

La excavación continúa, y van apareciendo nuevas estructuras y objetos, como este posible muro de otra cabaña, desplazado e inclinado por la erosión de la colina; como se ve, lo que encontramos no es sólo el escenario del abandono del lugar en el que se vivió, sino también las huellas de todo lo que ha pasado desde entonces.

Y así seguirán aflorando pedazos del pasado. Si os fijáis, hay algo violento en todo esto: los arqueólogos y arqueólogas abrimos la caja en la que, pese a la erosión, se han conservado las piezas que han quedado de la vida de las sociedades del pasado, y con ello destruimos. Es quizás inevitable, si queremos conocer, aunque en realidad hay técnicas menos agresivas (como la prospección)… Por eso mismo, el trabajo del arqueólogo conlleva una alta responsabilidad: no podemos destruir sin más; hay que asegurarse de que vamos a aprovechar esa destrucción para sacar algo en claro sobre el pasado, y eso nos exige ser rigurosos, coordinarnos y hacer saber a los demás lo que hacemos, para compartirlo. ¿No crees?

El año que viene me gustaría ir a esta u otra excavación para poder seguir contando más historias. De todas formas, si vosotrxs os animáis, ya que hay muchas excavaciones en las que la ayuda es muy bien acogida (aunque, quizás, además debería ser pagada), podréis volcar aquí vuestras experiencias y, así, entre todxs, podremos componer un cuadro cada vez más completo de la Historia.

Esta excavación, por lo demás, se enmarca en un gran proyecto de investigación dirigido por Margarita Fernández Mier, de la Universidad de León, dedicado al estudio de la formación de los paisajes agrarios y que abarca muchos periodos de la Historia, incluida la Edad Media (que se ha documentado, entre otros lugares, en una espléndida necrópolis o cementerio). Podéis ver aquí un vídeo en el que se habla sobre este proyecto y sobre muchas de las cosas que hemos tratado en esta entrada, y en el que también se puede captar claramente el ambiente en el que trabajamos los arqueólogos. Espero que os guste.

***

Todas las fotografías son de Jorge Rolland Calvo.

El mapa de localización del pueblo de Vigaña ha sido obtenido con el visor de IBERPIX (IGN).

El vídeo del G.I. Arqueología agraria procede de su web: http://arqueologiaagraria.wordpress.com/

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