Al-Hambra de Granada: sin palabras

Mucho se podría decir sobre la Alhambra de Granada, así como sobre la propia ciudad. Podríamos hablar de al-Ándalus, de almohades y nazaríes, de la cultura islámica en la Península ibérica medieval; de los artesonados, alicatados y yeserías, y de las formas geométricas, vegetales y epigráficas que se derivan de ellos (estrellas, lacerías, arabescos o atauriques, sebkas, inscripciones…); de obras de arte que conjugan edificios, jardines y estanques y juegan con colores, olores, sonidos y luces para impresionar al embajador o dignatario; de la llegada de nobles, sacerdotes y reyes católicos y la imposición de una nueva religión y forma de vida; de las fantasías despertadas en el siglo XIX en pensadores románticos como Washington Irving y Ángel Ganivet…

También podríamos extendernos, en otro orden de cosas, sobre el modo en que se nos presenta a los visitantes hoy en día el conjunto de monumentos de la Alhambra, y quejarnos al Patronato de la Alhambra y el Generalife de la falta absoluta de paneles explicativos sobre la historia del lugar, sus constructores y moradores, sobre sus espacios, usos y significados (quizás para que nos veamos obligados a comprar los servicios de las audioguías); o de la reconstrucción y restauración de todo el conjunto sin que quede claro cuáles son los restos originales y cuáles son los añadidos (como manda uno de los principios sagrados de la restauración); o de la masificación absoluta de las visitas, que nos recuerda los tiempos en los que obras únicas en la historia de la humanidad, como la cueva de Altamira (Cantabria), recibían millones de visitantes al año, como si de un parque de feria se tratara. En este sentido, da pena pensar que la Junta de Andalucía no devuelve a la población los impuestos que ésta paga ni el dinero que recauda (con entradas de 13 euros de media) en la forma de un patrimonio bien acondicionado y gestionado por profesionales rigurosos (que desde luego existen, como demuestran instalaciones tan innovadoras y serias como las del Museo de Arqueología de Almería, por ejemplo), y que no se cuide de dar una imagen de esta apasionante región distinta de la que ha venido tradicionalmente a representarla.

Y podríamos decir mucho más, pero lo cierto es que la visita a la al-Hambra (“la Roja”), como a la propia ciudad de Granada, nos deja ahora sin palabras, porque es uno de los lugares más espectaculares del mundo, tanto visto desde dentro como desde fuera.

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Todas las fotografías son de Jorge Rolland Calvo (junio de 2013).

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