¡Cómo pasa el tiempo!

1.

Este es uno de los muchos pueblos abandonados que jalonan nuestra geografía. Se encuentra específicamente en la provincia de Soria, pero podría ser también de la de Guadalajara, Teruel o Cuenca, dado que éstas, junto a la de Soria, concentran la mayor parte de pueblos abandonados en España.

Los pueblos abandonados son un testigo, una prueba material del paso del tiempo. Ese paso del tiempo no supone en este caso una mera transformación de las cosas. Se trata más bien del final de un tiempo, de una carretera que acaba, de una trayectoria que se cierra y no continúa, de una época que queda atrás para siempre. Muchas de las casas del pueblo fueron cerradas a cal y canto por sus pobladores, ya que esperaban poder volver algún día y encontrárselas como las dejaron, recuperando lo que allí quedó. Pero no. No fue así. Nadie más volvió. Quedaron abandonadas y con ellas la época a la que pertenecieron.

2

Y así se ha formado un pueblo abandonado que os invito a recorrer ahora virtualmente, a la espera de que vosotrxs mismxs lo hagáis algún día en el terreno (con todo el respeto que requiere, es decir, alterándolo lo menos posible) y de que compartáis vuestra experiencia con nosotrxs.

3.

El que estos pueblos sean un testigo de una época pasada supone que, en realidad, son un enganche, un eslabón entre el pasado y el presente. Es decir: su presencia es como una mano que nos tiende esa época para que nos acerquemos a ella y entendamos cómo se vivía entonces, quiénes vivían allí, por qué se fueron… De hecho, recorriendo sus calles, hoy cubiertas por una espesa hierba y atravesadas en ocasiones por derrumbes, o adentrándonos (con cuidado) en algunas de las casas o en la propia iglesia, nos da la sensación de que algunos de sus antiguos pobladores siguen ahí y, en cierto modo, nos miran e incluso se dirigen a nosotros.

4.

Esta sensación no se debe tanto a que seamos unos miedicas (que también), sino sobre todo al hecho de que nos encontramos en un escenario del que sólo faltan los actores; es como que han hecho un mutis y han dejado todo un poco como estaba, pero están ahí en cierto modo y pueden volver en cualquier momento.

5.

Pero no deberíamos asustarnos demasiado. A los fantasmas hay que saber tratarlos. En este caso estamos viendo que esos fantasmas no son más que las huellas que quedan de los que hasta hace poco poblaban el pueblo: sus rastros, sus estelas, casi hasta sus olores. Es normal que estén; de hecho, es su escenario: sus calles, sus plazas, su iglesia, su pueblo… Con cuidado y respeto, podemos asomarnos a esas huellas y casi casi hablar con ellos.

6.

En esta casa el dintel nos dice a qué año corresponde. ¿Lo veis? Efectivamente: 1778. Las paredes nos hablan de la técnica con que fueron construidas (tabiques de ladrillo, cubiertos con una capa de barro y enlucidos con una característica pintura azul) e incluso nos indican que al final también llegó la electricidad. Y el techo de la habitación de abajo (dedicada a alojar al ganado) alardea del virtuoso entrelazado de cañas sobre el que se apoyan los suelos de la estancia superior (en la que vivía la familia), hecho así para dejar pasar el calor del ganado y aportar uno de los sistemas más eficaces de calefacción tradicional.

Incluso nos encontramos con un objeto extraño (para nosotros). ¿Qué es? Un tacón de un zapato de mujer. Y allí, cerca de la entrada, cuando salimos, vemos un detalle asombroso: un motivo decorativo geométrico. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Con qué significado? Eso (como muchas otras cosas) creo que ya no nos lo pueden decir estos fantasmas: tendríamos que encontrar a los que allí vivieron, o a sus hijas e hijos y nietas y nietos, que seguro que, por lo menos algunos, andan por los pueblos (aún) habitados de la zona.

La experiencia ha sido de lo más estimulante. Y nunca la olvidaremos, a pesar de la acelerada degradación que vive el pueblo, como sugiere la comparación de una misma estructura (el horno de la panadería del pueblo) que fotografiamos en dos momentos diferentes (uno en 2009 y otro ahora, en 2013).

Y es que ese tiempo, esa época ya ha pasado. Lo único que podemos hacer, creo yo, es acercarnos y tomar esa mano que nos tienden sus fantasmas, sin temerlos pero respetándolos, preguntándoles y estudiándolos, para que nos cuenten. Así, se convierten en las personas que son (y han sido) en realidad y el enganche entre pasado y presente se fortalece.

14.Y es que, en realidad, todos formamos parte de la secuencia básica de tiempo-presente-tiempo-pasado, de ocupación-abandono. En este sentido, también hemos encontrado en este pueblo huellas de hogueras que, como las nuestras, han hecho otros en la plaza para calentarse cuando les ha caído la noche y han instalado su campamento de visitantes aventureros de fin de semana. En realidad, somos una parte más del eslabón, o, directamente, un eslabón más…

***

Fotografías de Jorge Rolland Calvo

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